sábado, 31 de diciembre de 2005

2006

Desde el caótico Caos en frío, me gustaría desear a todos mis lectores un feliz y próspero año nuevo. Que el 2006 os traiga cosas buenas, que os trate bien y que encontréis lo que estáis buscando.
¡Un abrazo!

sábado, 24 de diciembre de 2005

Navidades....

Son fechas éstas un poco raras para todos. Hace frío, llueve a menudo y da pereza salir de nuestros cálidos hogares. Gastamos más dinero de lo habitual en fruslerías que creemos necesitar y disfrutamos de la compañía de nuestros seres queridos.

Por otro lado, un buen montón de organizaciones benéficas se esfuerzan en hacernos recordar que somos afortunados por vivir con tantas comodidades (ése es el mensaje y no otro). Somos unos pocos, el resto no tienen nada. No soy creyente, y nadie puede acusarme de ser solidario con ninguna causa. Tiendo a pasar de todo y de todos. La navidad es sólo un momento del año más. Veo la navidad más como unos días del año en los que puedo conseguir trabajo con la misma facilidad que en verano. Sin más.

¿Qué cosas detesto de estos días? Veamos... Me pone enfermo la falsedad con la que las campañas publicitarias se empeñan en convercernos a todos de lo buenos que son, sobre todo en navidad (el resto del año da igual). ¿Quién no está harto de los spots alienantes sobre colonias y perfumes? Todos necesitamos colonias en navidad, el resto del año podemos ser unos guarros sin que nuestras relaciones sociales se resientan. Ah, luego están los muñecos: las barbies son para las niñas y los niños únicamente pueden divertirse con videojuegos o con soldados de jueguetes. Sin olvidar la solidaridad. El resto del año podemos ser todo lo cabrones que queramos con los demás mientras en navidad dejemos de serlo.

Es normal que no vea con buenos ojos toda esa bondad de laboratorio audiovisual. Tampoco me sirve la excusa religiosa. Hace tiempo que aparté las creencias a ciegas de mi vida, y no me va mal. Sólo estoy hilando incoherencias sin mucho sentido, pero sentía que tenía que ponerlas aquí. Pero no os engañéis. Yo también he caído en la trampa de los regalos, el consumo desmedido (bueno, no tanto por suerte para mi economía), las comidas familiares...

Pienso pasármelo bien, como hago siempre. Haced lo mismo vosotros. Viviréis más.

lunes, 28 de noviembre de 2005

Innecesario

Si su mirada me encuentra, sonríe.
Cuando la observo y ella me mira, sonreímos como tontos.

Mas, ¿tanta sonrisa nos conduce a alguna parte?
Mejor si intercambiásemos besos, caricias y abrazos. ¿Verdad?

Pero no hay tiempo...

Sólo el justo para esas tímidas sonrisas y miradas furtivas.
Con esas acciones, está todo dicho entre nosotros.

miércoles, 16 de noviembre de 2005

Algo

(...)

- ¡Debiste llamarme antes!
- Lo siento. Cumplía órdenes del jefe.
- Yo soy el supervisor de este servicio y nadie parece hacerme ningún caso. El mundo se desmorona a mi alrededor.
- Ya que le hemos llamado, evite la catástrofe.
- ¡Es demasiado tarde! ¡Ya no puedo hacer nada! No tiene remedio.
- ¿Está seguro? ¿No puede solucionarlo?
- Estoy completamente seguro. Ya nada puede salvarla.
- ¡Eh! ¡Usted! Venga aquí. Tire a la basura su intento de tarta número 2 y vuelva a empezar.
- ¡Sí, señor!
- El supervisor del departamento de Repostería debería asignar estas tareas para que esto no vuelva a repetirse. Por suerte, aún estamos a tiempo de cumplir con el pedido. De lo contrario, me habría asegurado de que usted no volviera a entrar en un restaurante... ni siquiera para comer.

(...)

Un día cualquiera en una pastelería de ficción.

miércoles, 12 de octubre de 2005

Sin título

Pierdo el tiempo, lo sé. Más allá de cualquier intuición, ¿adónde me conduce todo esto?

Mi vida es un continuo ir y venir a ninguna parte. Cada paso que doy, cada proyecto... Todo lo que hago me lleva al próximo error que cometeré.

Invierto grandes cantidades de tiempo en metas absurdas, en proyectos que no interesan a nadie... ni siquiera a mí.

Los estudiosos llaman a toda esa sucesión de fracasos y equivocaciones “periodo vital”. Por tanto, nuestros errores conforman nuestras vidas. Mi vida.

Todo se reduce a la suma de nuestras faltas, de nuestras equivocaciones y malas elecciones…

Al final, decrepitud y muerte. Sólo eso, y nada más.

domingo, 2 de octubre de 2005

Oh... un cambio

A menudo olvido que nada dura eternamente.
Dicen que lo bueno, si es breve, dos veces bueno.
¡Menuda tontería!

Detesto que las buenas rachas no duren tanto como querría.
Es triste que todo lo que suba tenga que bajar.

Pero, si te haces a la idea, y te adaptas a los cambios... ¡vaya!
Nada podrá echarte abajo.

lunes, 12 de septiembre de 2005

Septiembre

Julio, Agosto y Septiembre. Tres meses. Un trimestre. Noventa días que dan para mucho, si los aprovechamos como es debido. Y, sobre todo, noches cortas que invitan a cometer locuras. No son semanas para pensar, desde luego.

Durante estos días cálidos leemos menos, vemos menos la televisión y oímos mucho menos la radio. Escuchamos más música, estudiamos mucho más a fondo al paisanaje... Sin duda, por efecto del calor y las hormonas.

Con la llegada de la época estival, los medios de comunicación se ven obligados a modificar sus productos. Los periódicos incluyen más pasatiempos en sus páginas y amplían, hasta límites insostenibles, el número de columnas destinadas a los chismorreos de la prensa rosa. Las emisoras de radio aligeran su programación rellenando horas y horas con refritos de otras temporadas y mucha, mucha publicidad.

¡Ah! ¡Y la televisión! Odiada y detestada a partes iguales por espectadores y críticos. A lo largo del curso, las cifras de audiencia aseguran el triunfo o el fracaso de una cadena y de su parrilla de programación. A tenor de las mismas, los espacios más populares son los especializados en higadillos y basura, los espacios rosi-negro-amarillos para entendernos. Los programas menos vistos, los programas educativos (documentales, reportajes científicos...). En resumidas cuentas, todo aquello que obligue al espectador a adoptar una actitud activa es automáticamente considerado un fracaso de audiencia. La dictadura del share ha retirado de las pantallas toda una pléyade de buenos programas (desde series con repartos de prestigio hasta concursos millonarios).... El share (y los beneficios) es lo único que importa. Si un formato no se mantiene por encima del 20% de cuota de pantalla, será retirado.

Pero, ¿qué sucede el verano? La televisión pierde el poco juicio que le quedaba. Las parrillas se llenan de filmes repetidos y de series con más multidifusiones que las películas de Cine de Barrio. Se estrenan algunos productos, sí, pero sin poner toda la carne en el asador: sin promocionarlos en condiciones, en horarios intempestivos... Aunque a veces les sale bien: ahí está el caso de CSI Las Vegas.

También, por desgracia, es fácil toparse con películas temáticas extrañas en plena canícula estival. Me refiero no sólo a telefilmes sobre familias desestructuradas, adolescentes problemáticos (que se emiten durante todo el año) sino también a películas navideñas. Si nos detenemos en estas últimas, si fueran buenos trabajos, no habría pegas. Después de todo, ver la nieve caer en nuestras pantallas en pleno mes de agosto puede contribuir a refrescar el ambiente (al menos, en el hemisferio norte). Pero no, no me estoy refiriendo a ¡Qué bello es vivir! o Cuento de Navidad. Estoy pensando en infumables telefilmes de sobremesa, cuyos actores hacen lo que pueden para sobrellevar una historia simple a más no poder. Son trabajos audivisuales exhibidos bajo la etiqueta "Para todos los públicos", por lo tanto, en teoría el público infantil puede verlos sin peligro. En la práctica, si unos padres se sientan con sus hijos a ver uno de estos trabajos, los adultos experimentarán sopor, naúseas, y vergüenza ajena.

El nuevo curso ya ha comenzado. Vuelta a los programas mañaneros rosinegros, grandes pelmazos y demás subproductos. También habrá tiempo para el Equipo A, Los Vigilantes de la playa y el Coche Fantástico. Un panorama inmejorable, ¿no? Mejor si apagamos la televisión. De vez en cuando, deberíamos cometer alguna locura, ¿verdad?

miércoles, 24 de agosto de 2005

Certezas

Una tarde de verano en una ciudad grande y populosa. El sol acaricia los rostros de los peatones. Una suave brisa alivia en parte las altas temperaturas. Para los sufridos habitantes de la ciudad ha llegado el momento de abandonar la acogedora sombra de los árboles. Es hora de escapar, de aventurarse bajo los rayos del astro rey. Ya pueden caminar, pasear, jugar y besarse porque el aire ya no quema.

Dos hombres caminan en sentidos opuestos por la misma acera.
El más joven, un veinteañero larguilucho y desgarbado, camina mientras escucha música. El otro habla con alguien a través de un manos libres. Ambos avanzan distraídamente por la misma avenida, pensando en sus cosas sin percatarse realmente del mundo que les rodea y los acoge. Porque esos rayos cálidos procedentes del sol podrían matarlos, un conductor borracho podría subirse a la acera y llevárselos por delante... Sería una pena manchar una tarde tan bonita como ésta con un horrible accidente.

Pero estas cosas ocurren a diario... Y nada, ni siquiera un día de verano, puede evitar que la crudeza haga acto de presencia. Poco importa quiénes seamos (jóvenes, viejos, niños u hombres de negocios). Todos caeremos.

martes, 9 de agosto de 2005

Movimiento

Estas piernas ya no caminan.
Este corazón ya no late.

Mis piernas no sirven para nada.
Mi corazón no bombea sangre.

Mis piernas no me acercan a ti.
Mi corazón aún recuerda.

No puedo moverme. ¿Para qué?
Mis piernas son incapaces de acercarme a ti.

Tú no quieres tenerme cerca.
Ya nada importa

sábado, 9 de julio de 2005

Primeros reproches (I)

Piénsalo bien antes de actuar. Las consecuencias pueden ser muy graves.
No te estoy sermoneando, simplemente me preocupo por ti. Lo ignoras pero eres mi mejor inversión. Cada paso que dabas, allí estaba yo. ¿Por qué?
Un día te vi sentada en un banco del parque cercano a tu oficina y llamaste mi atención. Eras un rostro entre la multitud. Desde entonces, no te quito ojo de encima.

En tu vida ha habido moscones, yo he espantado a la mayoría sólo por ti. Ninguno de ellos te merece.

¿A qué viene ese reproche? ¿Acaso no debí hacerlo? ¿Te gusta sufrir? Ya veo...

Seguro que alguna vez te has preguntado para qué sirve ese interruptor extra de tu habitación. Sí, ese que nunca te atreves a pulsar. Puedo asegurarte que con él no encenderás ninguna luz.

domingo, 5 de junio de 2005

Desintoxicación

Con el paso del tiempo, uno va adquiriendo una serie de rutinas diarias. Nos levantamos a una hora determinada por inercia o por culpa del despertador. Desayunamos y nos embarcamos en nuestros quehaceres. A veces, surge un elemento nuevo. Puede ser cualquier cosa: un periódico, un trabajo inédito de nuestro escritor favorito, un cambio en la dieta diaria, un paisaje, una chica, una máquina... Menos veces de las que pensamos, agregamos el nuevo descubrimiento a la lista de tareas sin que por ello disminuya el tiempo que dedicamos a los otros deberes. Lo más habitual es que arañemos minutos a esas rutinas instaladas. Poco a poco, aquello que no pueda rivalizar con el nuevo elemento será abandonado. No es fácil descubir qué desencadena este proceso aunque, en gran parte, el factor novedad es el principal culpable. Todos lo hemos vivido y lo viviremos más de una vez a lo largo de nuestra existencia. A mí me ha sucedido recientemente: cuando adquirí mi primer ordenador personal.

La llegada de la máquina a mi casa supuso una revolución a varios niveles. Al principio, nos vimos muy mal para manejarla hasta que comprendimos qué cosas no le gustaban al aparato (digan lo que digan los fabricantes, los portátiles no son como las torres). Los cuelgues estaban a la orden del día y no fueron pocas las veces que perdimos más de un archivo importante. Con el paso de las semanas, nos vimos seducidos por su capacidad ilimitada a la hora de proporcionarnos diversión y/o entretenimiento. Fue la época en la que internet entró en nuestro hogar a través de la banda ancha. Aquellas primeras semanas, dormimos poco y vimos menos televisión. Progresivamente, nos fuimos haciendo a él y llegamos a la siguiente conclusión: ¿cómo habíamos sido capaces de vivir hasta ahora sin ese invento?

Hace como tres semanas, mi portátil se negó a funcionar y tuve que llevarlo al taller. Se acabó el correo electrónico, postear en los 4 ó 5 foros en los que vivo, visitar mis páginas web favoritas, ojear otros weblogs y charlar con los amigos a través de ciertos programas de mensajería instantánea. La posibilidad de aprender y divertirse con el ordenador desde la comodidad del hogar se detuvo en seco en un instante. Si fuese adicto a internet, creo que habría reaccionado como Homer J. Simpson cuando supo que su hija Maggie estaba en camino. Menos mal que no lo soy. En fin, me iba a quedar sin ordenador por un tiempo y no podía hacer nada. ¡Qué asco!

Y, ¿ahora qué? ¿Cómo matar el tiempo?

En los primeros días creo que viví un periodo de descompresión. Empecé a acostarme más temprano y volví a disfrutar del aire libre. Redescubrí mis habilidades sociales y vislumbré un mundo sin mi ordenador personal. En resumidas cuentas, en poco más de dos semanas había regresado al estado previo: a la época en la que mi casa resistía estoicamente al empuje de las nuevas tecnologías. Desde luego, sabía que tarde o temprano volvería a sentarme frente a la pantalla tft. Esta certeza me llevó a pensar en la cantidad de tiempo que perdía navegando en la red. ¡
Una metamorfosis en toda regla! Desintoxicado.

Y justo cuando las prisas por recuperar mi portátil habían desaparecido, éste regresó a mí. Según me dijeron en la tienda de informática, un problema con la BIOS había causado la avería. Así, en un momento, me vi devuelto a la vorágine de las actualizaciones y de los parches de seguridad del sistema operativo. Además tenía que ponerme al día con los foros, los correos electrónicos, mis propios trabajos, mis webs favoritas... Otra vez sometido.

Alguien me dijo una vez que me había convertido en esclavo de mi ordenador. Al pulsar el botón de encendido del portátil comprendí que mi amigo tenía toda la razón. Debía tener más en cuenta la metamorfosis de mi punto de vista y no bajar la guardia nunca más para evitar caer en viejas costumbres.

Con la firme intención de no traicionar mi nueva filosofía, dediqué una hora a revisar los correos electrónicos atrasados. De repente y sin darme tiempo a reaccionar, empecé a sangrar por la nariz. Nunca hasta entonces había sufrido una hemorragia nasal espontánea (sí por traumatismos en varias ocasiones) y eso me dejó pensativo por unos minutos. Una extraña idea surgió en mi cabeza mientras observaba absorto el pañuelo ensangrentado: ¿será cosa de la máquina?

vampir

Por mi bien, más me vale dejar a un lado la informática. Tengo que aprender a vivir más a ras de suelo, donde la vida camina y se relaciona con su entorno. O, tal vez, debería mirar hacia arriba: justo donde termina el horizonte.

martes, 3 de mayo de 2005

Qué vida más triste... la de un suicida de ficción

Últimamente me aburro tanto que he sopesado la idea de arrojarme por la ventana. Seguramente no moriría. Quizá me rompería las piernas o la cadera y eso ya sería toda una novedad. Con eso me conformaría.

Quebrar la rutina. Tal vez un viaje me ayude a escapar de este particular infierno. Porque ya no puedo más. Mis enemigos me acechan ocultos en la espesura. No tengo armas, sólo mi coche. Elegir una ruta y ponerme en marcha. No conozco otro antídoto para este mal.

Acampar en el monte. Disfrutar del silencio o de los insectos musicales. Levantar la mirada y observar el cielo. No sé qué veo en esas estrellas, pero seguro que es algo bueno.

lunes, 2 de mayo de 2005

Ese cielo nocturno anaranjado....

Por culpa del calor, esta noche me ha costado mucho conciliar el sueño. Eran las 5:00 AM cuando decidí levantarme a beber un poco de agua. A esas horas, ninguna luz del vecindario le hacía sombra a la noche. Y, sin embargo, una luz naranja me permitía encontrar los vasos y la botella de agua en la oscuridad. Entonces, ¿de dónde procedía ese siniestro resplandor? Pues del cielo.

Soy uno de esos tipos que disfruta observando el firmamento y no me hace ninguna gracia que el cielo de mi ciudad me lo impida. Tal vez penséis que la seguridad y el bienestar de la mayoría pesa más que un puñado de tipos raros. ¡Os equivocáis de punto a punto! El que el cielo quede manchado por nuestro alumbrado nocturno supone la demostración palpable del derroche energético más salvaje de todos los tiempos. Convertir la noche en día provoca graves transtornos en la fauna y la flora, y en las personas. El político es una animal de costumbres: se preocupa por el electorado en época de elecciones. Pretende contentar a la mayoría a cualquier precio. Uno de los temas delicados es la protección de las personas. Un tema supuestamente fácil de solucionar por las noches: se colocan cientos de farolas y listo. ¿Solucionado? ¡Pues no! Al ladrón le importa poco el alumbrado: le da igual robar de día que de noche. Mientras tanto, el artífice de la idea ha incrementado el gasto del erario público inútilmente.

En estos tiempos del Protocolo de Kyoto, la contaminación lumínica debería ser tomada mucho más en cuenta. Porque ese color naranja también son toneladas de dióxido de carbono.

sábado, 30 de abril de 2005

Probando! Un, dos, tres...

Hola!
Este texto es simplemente una prueba para estrenar este espacio, nada más. No le busques tres pies al gato, porque no se los encontrarás ni con lupa. Lo más probable es que acabe borrándolo y lo sustituya por una sesuda reflexión sobre la forma que adquieren las nubes en el cielo.
No obstante y, por si acaso, gracias por estar ahí.