lunes, 2 de mayo de 2005

Ese cielo nocturno anaranjado....

Por culpa del calor, esta noche me ha costado mucho conciliar el sueño. Eran las 5:00 AM cuando decidí levantarme a beber un poco de agua. A esas horas, ninguna luz del vecindario le hacía sombra a la noche. Y, sin embargo, una luz naranja me permitía encontrar los vasos y la botella de agua en la oscuridad. Entonces, ¿de dónde procedía ese siniestro resplandor? Pues del cielo.

Soy uno de esos tipos que disfruta observando el firmamento y no me hace ninguna gracia que el cielo de mi ciudad me lo impida. Tal vez penséis que la seguridad y el bienestar de la mayoría pesa más que un puñado de tipos raros. ¡Os equivocáis de punto a punto! El que el cielo quede manchado por nuestro alumbrado nocturno supone la demostración palpable del derroche energético más salvaje de todos los tiempos. Convertir la noche en día provoca graves transtornos en la fauna y la flora, y en las personas. El político es una animal de costumbres: se preocupa por el electorado en época de elecciones. Pretende contentar a la mayoría a cualquier precio. Uno de los temas delicados es la protección de las personas. Un tema supuestamente fácil de solucionar por las noches: se colocan cientos de farolas y listo. ¿Solucionado? ¡Pues no! Al ladrón le importa poco el alumbrado: le da igual robar de día que de noche. Mientras tanto, el artífice de la idea ha incrementado el gasto del erario público inútilmente.

En estos tiempos del Protocolo de Kyoto, la contaminación lumínica debería ser tomada mucho más en cuenta. Porque ese color naranja también son toneladas de dióxido de carbono.

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