domingo, 5 de junio de 2005

Desintoxicación

Con el paso del tiempo, uno va adquiriendo una serie de rutinas diarias. Nos levantamos a una hora determinada por inercia o por culpa del despertador. Desayunamos y nos embarcamos en nuestros quehaceres. A veces, surge un elemento nuevo. Puede ser cualquier cosa: un periódico, un trabajo inédito de nuestro escritor favorito, un cambio en la dieta diaria, un paisaje, una chica, una máquina... Menos veces de las que pensamos, agregamos el nuevo descubrimiento a la lista de tareas sin que por ello disminuya el tiempo que dedicamos a los otros deberes. Lo más habitual es que arañemos minutos a esas rutinas instaladas. Poco a poco, aquello que no pueda rivalizar con el nuevo elemento será abandonado. No es fácil descubir qué desencadena este proceso aunque, en gran parte, el factor novedad es el principal culpable. Todos lo hemos vivido y lo viviremos más de una vez a lo largo de nuestra existencia. A mí me ha sucedido recientemente: cuando adquirí mi primer ordenador personal.

La llegada de la máquina a mi casa supuso una revolución a varios niveles. Al principio, nos vimos muy mal para manejarla hasta que comprendimos qué cosas no le gustaban al aparato (digan lo que digan los fabricantes, los portátiles no son como las torres). Los cuelgues estaban a la orden del día y no fueron pocas las veces que perdimos más de un archivo importante. Con el paso de las semanas, nos vimos seducidos por su capacidad ilimitada a la hora de proporcionarnos diversión y/o entretenimiento. Fue la época en la que internet entró en nuestro hogar a través de la banda ancha. Aquellas primeras semanas, dormimos poco y vimos menos televisión. Progresivamente, nos fuimos haciendo a él y llegamos a la siguiente conclusión: ¿cómo habíamos sido capaces de vivir hasta ahora sin ese invento?

Hace como tres semanas, mi portátil se negó a funcionar y tuve que llevarlo al taller. Se acabó el correo electrónico, postear en los 4 ó 5 foros en los que vivo, visitar mis páginas web favoritas, ojear otros weblogs y charlar con los amigos a través de ciertos programas de mensajería instantánea. La posibilidad de aprender y divertirse con el ordenador desde la comodidad del hogar se detuvo en seco en un instante. Si fuese adicto a internet, creo que habría reaccionado como Homer J. Simpson cuando supo que su hija Maggie estaba en camino. Menos mal que no lo soy. En fin, me iba a quedar sin ordenador por un tiempo y no podía hacer nada. ¡Qué asco!

Y, ¿ahora qué? ¿Cómo matar el tiempo?

En los primeros días creo que viví un periodo de descompresión. Empecé a acostarme más temprano y volví a disfrutar del aire libre. Redescubrí mis habilidades sociales y vislumbré un mundo sin mi ordenador personal. En resumidas cuentas, en poco más de dos semanas había regresado al estado previo: a la época en la que mi casa resistía estoicamente al empuje de las nuevas tecnologías. Desde luego, sabía que tarde o temprano volvería a sentarme frente a la pantalla tft. Esta certeza me llevó a pensar en la cantidad de tiempo que perdía navegando en la red. ¡
Una metamorfosis en toda regla! Desintoxicado.

Y justo cuando las prisas por recuperar mi portátil habían desaparecido, éste regresó a mí. Según me dijeron en la tienda de informática, un problema con la BIOS había causado la avería. Así, en un momento, me vi devuelto a la vorágine de las actualizaciones y de los parches de seguridad del sistema operativo. Además tenía que ponerme al día con los foros, los correos electrónicos, mis propios trabajos, mis webs favoritas... Otra vez sometido.

Alguien me dijo una vez que me había convertido en esclavo de mi ordenador. Al pulsar el botón de encendido del portátil comprendí que mi amigo tenía toda la razón. Debía tener más en cuenta la metamorfosis de mi punto de vista y no bajar la guardia nunca más para evitar caer en viejas costumbres.

Con la firme intención de no traicionar mi nueva filosofía, dediqué una hora a revisar los correos electrónicos atrasados. De repente y sin darme tiempo a reaccionar, empecé a sangrar por la nariz. Nunca hasta entonces había sufrido una hemorragia nasal espontánea (sí por traumatismos en varias ocasiones) y eso me dejó pensativo por unos minutos. Una extraña idea surgió en mi cabeza mientras observaba absorto el pañuelo ensangrentado: ¿será cosa de la máquina?

vampir

Por mi bien, más me vale dejar a un lado la informática. Tengo que aprender a vivir más a ras de suelo, donde la vida camina y se relaciona con su entorno. O, tal vez, debería mirar hacia arriba: justo donde termina el horizonte.

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