miércoles, 24 de agosto de 2005

Certezas

Una tarde de verano en una ciudad grande y populosa. El sol acaricia los rostros de los peatones. Una suave brisa alivia en parte las altas temperaturas. Para los sufridos habitantes de la ciudad ha llegado el momento de abandonar la acogedora sombra de los árboles. Es hora de escapar, de aventurarse bajo los rayos del astro rey. Ya pueden caminar, pasear, jugar y besarse porque el aire ya no quema.

Dos hombres caminan en sentidos opuestos por la misma acera.
El más joven, un veinteañero larguilucho y desgarbado, camina mientras escucha música. El otro habla con alguien a través de un manos libres. Ambos avanzan distraídamente por la misma avenida, pensando en sus cosas sin percatarse realmente del mundo que les rodea y los acoge. Porque esos rayos cálidos procedentes del sol podrían matarlos, un conductor borracho podría subirse a la acera y llevárselos por delante... Sería una pena manchar una tarde tan bonita como ésta con un horrible accidente.

Pero estas cosas ocurren a diario... Y nada, ni siquiera un día de verano, puede evitar que la crudeza haga acto de presencia. Poco importa quiénes seamos (jóvenes, viejos, niños u hombres de negocios). Todos caeremos.

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