lunes, 12 de septiembre de 2005

Septiembre

Julio, Agosto y Septiembre. Tres meses. Un trimestre. Noventa días que dan para mucho, si los aprovechamos como es debido. Y, sobre todo, noches cortas que invitan a cometer locuras. No son semanas para pensar, desde luego.

Durante estos días cálidos leemos menos, vemos menos la televisión y oímos mucho menos la radio. Escuchamos más música, estudiamos mucho más a fondo al paisanaje... Sin duda, por efecto del calor y las hormonas.

Con la llegada de la época estival, los medios de comunicación se ven obligados a modificar sus productos. Los periódicos incluyen más pasatiempos en sus páginas y amplían, hasta límites insostenibles, el número de columnas destinadas a los chismorreos de la prensa rosa. Las emisoras de radio aligeran su programación rellenando horas y horas con refritos de otras temporadas y mucha, mucha publicidad.

¡Ah! ¡Y la televisión! Odiada y detestada a partes iguales por espectadores y críticos. A lo largo del curso, las cifras de audiencia aseguran el triunfo o el fracaso de una cadena y de su parrilla de programación. A tenor de las mismas, los espacios más populares son los especializados en higadillos y basura, los espacios rosi-negro-amarillos para entendernos. Los programas menos vistos, los programas educativos (documentales, reportajes científicos...). En resumidas cuentas, todo aquello que obligue al espectador a adoptar una actitud activa es automáticamente considerado un fracaso de audiencia. La dictadura del share ha retirado de las pantallas toda una pléyade de buenos programas (desde series con repartos de prestigio hasta concursos millonarios).... El share (y los beneficios) es lo único que importa. Si un formato no se mantiene por encima del 20% de cuota de pantalla, será retirado.

Pero, ¿qué sucede el verano? La televisión pierde el poco juicio que le quedaba. Las parrillas se llenan de filmes repetidos y de series con más multidifusiones que las películas de Cine de Barrio. Se estrenan algunos productos, sí, pero sin poner toda la carne en el asador: sin promocionarlos en condiciones, en horarios intempestivos... Aunque a veces les sale bien: ahí está el caso de CSI Las Vegas.

También, por desgracia, es fácil toparse con películas temáticas extrañas en plena canícula estival. Me refiero no sólo a telefilmes sobre familias desestructuradas, adolescentes problemáticos (que se emiten durante todo el año) sino también a películas navideñas. Si nos detenemos en estas últimas, si fueran buenos trabajos, no habría pegas. Después de todo, ver la nieve caer en nuestras pantallas en pleno mes de agosto puede contribuir a refrescar el ambiente (al menos, en el hemisferio norte). Pero no, no me estoy refiriendo a ¡Qué bello es vivir! o Cuento de Navidad. Estoy pensando en infumables telefilmes de sobremesa, cuyos actores hacen lo que pueden para sobrellevar una historia simple a más no poder. Son trabajos audivisuales exhibidos bajo la etiqueta "Para todos los públicos", por lo tanto, en teoría el público infantil puede verlos sin peligro. En la práctica, si unos padres se sientan con sus hijos a ver uno de estos trabajos, los adultos experimentarán sopor, naúseas, y vergüenza ajena.

El nuevo curso ya ha comenzado. Vuelta a los programas mañaneros rosinegros, grandes pelmazos y demás subproductos. También habrá tiempo para el Equipo A, Los Vigilantes de la playa y el Coche Fantástico. Un panorama inmejorable, ¿no? Mejor si apagamos la televisión. De vez en cuando, deberíamos cometer alguna locura, ¿verdad?

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