domingo, 21 de enero de 2007

Cielos anaranjados

Ya no recuerdo la última vez que disfrute de la visión de un cielo estrellado en condiciones. Desde las ciudades, apenas unas pocas estrellas consiguen vencer al resplandor naranja. Así las cosas, mirar al cielo ha perdido gran parte de su atractivo. Es más, las nuevas generaciones ni saben cómo es realmente el firmamento estrellado. Nos hemos esforzado tanto en borrar la natural oscuridad de la noche que parece imposible deshacer lo andado.

El causante de todo esto, la contaminación lumínica. Ésta se produce cuando la luz dirigida hacia arriba se refleja en la atmósfera. La pregunta del millón: ¿hay que sacrificar los cielos para alumbrar nuestras calles? La respuesta es un NO rotundo. Se alumbra mal, y esto es lo debe ser resuelto.

Perder las estrellas es un síntoma de un problema mucho más grave de lo que pueda parecer a simple vista. Es la punta del iceberg de un mal que nos afecta desde cuatro puntos de vista:

1.- Supone un despilfarro económico. Por ejemplo, en Cataluña antes de la Ley de Ordenación Ambiental del Alumbrado para la protección del medio nocturno, se malgastaban 2.000 millones de pesetas al año. Con anterioridad a la promulgación de dicha Ley, en Figueras se modificó el alumbrado y se logró un ahorro medio del 44% del consumo energético.

2.- La contaminación lumínica se traduce en emisiones de dióxido de carbono. Generar un 1kW/h de energía con petróleo, supone la emisión de 0'60 kilogramos de dióxido de carbono a la atmósfera. Por tanto, una reducción de la contaminación lumínica y, por tanto, del consumo energético, nos permitirá reducir estas emisiones causantes del efecto invernadero.

3.- El resplandor del alumbrado trastorna la fauna y flora nocturnas. Las luces de nuestras ciudades aleja de sus hábitats naturales a multitud de especies de insectos y a sus depredadores, perturba sus hábitos nocturnos y dificulta los ciclos de vigilia y sueño tanto de la fauna como de la flora...

4.- Molestias graves al ciudadano. Peligrosos deslumbramientos en carretera o luz intrusa procedente de las luminarias entrando en nuestros hogares, por mencionar un par de ejemplos.

Podemos reducir la contaminación lumínica mediante sistemas de alumbrado más eficientes, más eficaces y menos agresivos con el ecosistema nocturno. Nuestra calidad de vida mejoraría, sin duda.

Desde luego, recuperaríamos las estrellas. Las constelaciones y todo lo que se mueve ahí arriba forma parte de nuestro pasado y nuestro bagaje cultural. Y, no es algo de lo que debiéramos desprendernos.

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