lunes, 30 de abril de 2007

El valor pedagógico de una imagen desenfocada (versión definitiva)

Uno se hace muchas preguntas acerca del mundo en el que vive. Es una forma como otra cualquiera de aprender. Interrogarnos sobre lo que vemos, oímos o sentimos nos permite avanzar. Es una cualidad presente en nuestra especie desde siempre. Así, hace unos pocos cientos de años, Platón se percató de que no siempre lo que vemos es estrictamente verdadero (el mito de la caverna). Con Kant, descubrimos que sólo somos capaces de percibir el mundo. Es decir: nuestra anatomía y nuestras experiencias vitales condicionan nuestra manera de ver del mundo. Desde entonces, nos hemos esforzado para saber cómo es realmente el universo donde vivimos.

Entre las muchas herramientas que el ser humano ha fabricado, el telescopio es una de las más importantes. Con él, podemos ver más lejos. Y, no sólo eso: al observar el cielo mediante este instrumento, realizamos un viaje en el tiempo puesto que vemos los objetos como fueron, no como son. Con el paso de los siglos, mejoramos los telescopios e inventamos otros instrumentos para estudiar en otras longitudes de onda del espectro electromagnético. De esta forma, empezamos a ver lo que se nos escapaba a la par que progresaba adecuadamente la construcción de telescopios más grandes y poderosos en emplazamientos más idóneos para el estudio de los cielos. Hasta llegar al día de hoy, en el que baterías de telescopios en tierra y en el espacio interrogan al viejo universo para obtener respuestas.


Imágenes desenfocadas

Excepto el Sol, las estrellas están tan lejos de nosotros que, por mucho que incrementemos el diámetro de nuestros telescopios, jamás las veremos como algo más que puntitos en la oscuridad de la noche.

Hace muchos años que comencé a interesarme por la astronomía. El cielo está lleno de objetos atractivos: nebulosas, planetas, estrellas dobles, galaxias… Pero, no nos engañemos: las coloristas fotografías que todos hemos visto alguna vez y que inundan los libros de texto y muchas páginas web son fruto de un arduo trabajo posterior. Una imagen de Saturno o de una galaxia lejana, por ejemplo, habrá sido tratada mediante alguna herramienta informática para resaltar los colores y aumentar el contraste. Pero no siempre es así: ver ciertos detalles de la atmósfera de Júpiter sólo es cuestión de práctica. No obstante, para deleitarse con los cráteres de la luna o los anillos de Saturno, no es necesario tener experiencia alguna.

Empecé en esto de niño. Me quedaba embobado mirando las estrellas o cualquier documental relacionado con este mundillo. Con los años, conocí a mucha gente con las mismas inquietudes que yo. Y, entre todas ellas, me topé con un profesor. En la actualidad está jubilado, pero continúa siendo conocido en mi ciudad por su encomiable labor como divulgador de la astronomía entre estudiantes y adultos. A lo largo de estos últimos años, ha recibido varios homenajes y premios por su trayectoria.

Hace ya más de 20 años que consiguió fundar un observatorio astronómico escolar. Como material de apoyo, reunió varios planetarios de sobremesa, maquetas transparentes de telescopios, básculas para conocer tu peso en otros mundos, un planetario, diapositivas, libros, revistas, etc…

Solía recibir visitas concertadas de estudiantes y adultos. Las sesiones diurnas, incluían charla explicativa, sesión de planetario y una observación del sol. Después de resolver las dudas de los presentes, la visita se daba por concluida. Los que asistían de noche, disfrutaban de un programa un tanto diferente. Tras la visita de rigor por el planetario y demás parafernalia, se subía al observatorio. Les explicaba cómo mover la cúpula (había que girarla manualmente, puesto que carecía de motores), algunas cuestiones relativas a la óptica del telescopio y sobre los objetos que iban a observar a continuación. Y, al término de las explicaciones, las palabras cesaban. El profesor atenuaba poco a poco las luces del observatorio hasta que las tinieblas se adueñaban del recinto por completo. De esta manera, creaba el ambiente adecuado y facilitaba a los presentes la adecuada adaptación a la oscuridad.

El primer plato, la Luna. Siempre mejor en cuarto creciente o en menguante, nunca en fase de Luna llena. Apuntaba el telescopio, centraba el objeto, enfocaba y, antes de permitir observar a los estudiantes, comprobaba si sus profesores la veían bien o mal. Sólo cuando todos ellos la observaban más o menos nítida, permitía a los chavales mirar a través del telescopio. De esta manera, se aseguraba un enfoque más o menos óptimo para todos, aunque más de uno mirase la Luna sin verla realmente bien. Después, tocaba Júpiter o Saturno. Con estos planetas, aplicaba el mismo procedimiento. A continuación y para finalizar la visita, solía apuntar el telescopio hacia la estrella más brillante del cielo nocturno en ese momento y procedía a desenfocarla ligeramente a propósito para que a los ojos de los observadores neófitos se viera “más espectacular”. De esta manera, tenían la falsa impresión de ver rayos saliendo del ilusorio disco estelar. Reconozco que la gente quedaba impresionada. Y, por supuesto, nadie se daba cuenta de nada.


La importancia del enfoque

¿Para qué sirve el enfoque? Sirve para ver nítido un objeto a través de un instrumento óptico, ya sea un telescopio, unos prismáticos o una cámara fotográfica. Precisamente, de un enfoque incorrecto deriva una imagen borrosa.

Con un telescopio, nuestros ojos hacen las veces de película fotográfica: tienes que enfocar para ver bien. Pero todos los ojos no son iguales. Para A, un observador sin afecciones oftalmológicas, una imagen puede estar nítida. Pero B, que padece miopía, no verá nítido el objeto que A ve correctamente. Y, por tanto, necesitará para observarlo enfocado, retocar la imagen con el mecanismo de enfoque del telescopio. No parece tan difícil de explicar, ¿no? Sin embargo, para este profesor tal cuestión debía de constituir por sí sola una misión imposible. O, eso, o le podían las prisas y la impaciencia.

En opinión del que esto escribe, enseñar a enfocar es importante. Tenemos que explicar el funcionamiento del mecanismo de enfoque del telescopio. De lo contrario, será como ponerle delante de un televisor: verá las imágenes y pasará de una a otra sin más. Al enfocar, le obligamos a detenerse a pensar, a buscar, a sintonizar mejor la imagen para una correcta recepción. Sólo así le sacará partido a la observación. El enfoque por “término medio” que emplea este profesor no es, en modo alguno, una solución satisfactoria para todos. Puede ser efectiva si no te preocupa demasiado la experiencia que estés proporcionando a todos los visitantes. Además, empleando este “método” se discrimina a los observadores que padezcan algún problema de visión.

Tal vez, enviar la imagen recogida por el telescopio a un monitor de televisión o a una pantalla de proyección sea una buena alternativa aunque ésta supusiese privar al visitante de la experiencia de observar de primera mano, sin más intermediarios que el telescopio.


Desenfocando estrellas

Podríamos hacer la vista gorda (valga la expresión) por el empleo de este particular sistema de enfoque para todos. No obstante, lo que no debemos pasar por alto son sus famosas estrellas desenfocadas a propósito.

Para empezar, ¿sirve para algo observar visualmente estrellas con el telescopio? Cualquiera que lleve un tiempo en este mundillo dirá que una estrella, aunque emplees el telescopio más grande, seguirá siendo un puntito en la oscuridad de la noche. Por más que la miremos, seguirá siendo un objeto anodino, salvo que utilices técnicas indirectas al alcance únicamente de las grandes instalaciones profesionales.

Poner el cielo al alcance de cualquier curioso o de las futuras generaciones es, sin duda, una actividad loable. Cientos de asociaciones y multitud de instituciones enseñan cada día lo que sucede ahí arriba. Mostrando verdades más allá de creencias y supercherías. Por esta razón, sigo sin comprender por qué un profesor se desliga de la noble obra para mostrar estrellas desenfocadas a propósito. Sin duda, el efecto es notable. Pero es, sobre todo, falso e irreal.

Con esa estrategia busca llamar la atención. El impacto de lo espectacular. Como el timador que emplea trucos de manos para atraer al incauto a sus redes. Podría prescindir de ellos si, por ejemplo, eligiera mostrarles alguna estrella doble o, quizá, una nebulosa llamativa. Pero él diría: “¡Buena idea! ¡Ah, qué lástima! Tendría que explicarles que esos colores tan bonitos y esas formas asombrosas sólo se registran en las fotografías. Sería romper la ilusión”.

Con esta artimaña, este profesor se hizo con un nombre en el mundillo. Manipulaba hábilmente a los visitantes para hacerles creer que vivían una experiencia astronómica real traicionando los valores que, como profesor, debió defender. Cuando colaboraba con él, traté de hacerle ver lo erróneo de su conducta, que desenfocar estrellas no es el camino. Cuando me tocaba atender a algún grupo de neófitos, antes de comenzar la observación, les mostraba el mecanismo de enfoque del telescopio y su funcionamiento. De esta forma, les aseguraba una experiencia más gratificante.

Si alguno de los presentes me pedía ver alguna estrella brillante con el telescopio, me negaba lo más educadamente posible aduciendo que no verían nada espectacular. Más tarde, el viejo profesor se reunía con el grupo, y siempre había alguien que pedía de nuevo lo mismo. Entonces, él les concedía su deseo.

Con ademanes de salvador tomaba el control del telescopio. Todo terminaba con alguna estrella desenfocada haciendo las delicias de los presentes… y, yo con cara de póquer. Sólo podía quedarme ahí, apartado y derrotado, escuchando las voces de los asombrados visitantes ante lo que habían visto sus ojos. Le daban las gracias al profesor y regresaban a sus casas tan contentos. Lástima que gracias a este profesional de la enseñanza, la experiencia vivida fuese tan irreal como mirar el mundo a través de unas gafas mal graduadas o como contemplar las sombras dentro de la caverna.

Versiones previas de este texto, aquí, aquí y aquí .

Breve ausencia

Pensé que sería diferente, que el proceso se dilataría semanas, y que tardaría un tiempo largo en regresar por estas frías tierras. Mas, no es así y ya estoy de vuelta.

Regresé.
La incidencia, parcheada satisfactoriamente... que no es poco. Ahora, seguiré adelante con mis planes.

El frío me invade y, paradójicamente, el caos apacigua mi mente inquieta.

¡Gracias por todo!

domingo, 22 de abril de 2007

Dos años

En poco más de una semana, el 30 de abril para ser exactos, esta bitácora cumplirá 2 años de vida. En este tiempo, con mayor o menor fortuna, he dado rienda suelta a mi dudoso talento literario y he aprendido muchas cosas sobre la vida y las mujeres, he conocido a mucha gente y he sufrido decepciones. La vida es un continuo aprendizaje. Es así, y no tiene remedio. Mientras no funde mi propio club de lucha, todo irá bien.

Es posible que, durante un tiempo indeterminado, deje un tanto abandonado este frío y caótico lugar. No es nada grave, no es un problema de salud ni mucho menos. Tampoco creo que mi ausencia se dilate en exceso.

Necesito desconectar un tiempo... Aprovecharé esas semanas para darle un respiro a mi herramienta de trabajo. Acudiré al servicio técnico y, más pronto que tarde, volveré presto y dispuesto a continuar sembrando este gélido espacio de caóticas líneas de texto.

Ya ves que la razón de mi futura ausencia es una bagatela.


En fin.... ¡Gracias por seguir ahí!

lunes, 16 de abril de 2007

Con mal pie

Al despertar, te juro que pensé que iba a ser un buen día. Abro las ventanas y llueve. Ver la lluvia caer me deprime sobremanera y, por un momento, pensé en llamar al trabajo para avisar de que no iría. No lo hice porque soy un puto adicto al trabajo. Por eso y porque necesito el dinero para pagar mis vicios y necesidades.

Me duché, me vestí, desayuné y salí a la calle a ver qué tal se portaba el día conmigo. Por suerte, vivo a escasos 10 minutos de la oficina. Cuando ya veía cercano mi edificio, piso la inevitable baldosa hueca. Me mojé todo la pernera del pantalón. Maldije unas mil veces al tío que no hizo bien su trabajo y me cagué en el alcalde y en todos sus concejales.

Con esto, te puedes hacer una idea del cabreo que llevaba. ¡Y no eran ni las 9 de la mañana! Me paro en el paso de cebra y rumio mi cólera en silencio. En esas estaba cuando reparo en la presencia de un tío con bastón. Cincuenta y tantos, buena presencia, calvo y entrañable. Se parecía a mi abuelo. Y, además, sufría algún tipo de discapacidad visual. Un ciego, vamos. ¡Esto de ser políticamente correcto no veas cómo me jode! También observé que la alarma sonora para ciegos seguía sin ser reparada. Esta circunstancia, la jaqueca, la humedad del pantalón y un nuevo chaparrón procedente de la enésima nube perdida terminaron por sacarme de mis casillas.

Debía reducir la presión, o lo que es lo mismo, alguien debía pagar por mi enfado. Decidí que ese alguien sería el ciego. Y, por si no te lo había dicho antes, lucía orgulloso sus cupones y la máquina con la que autentificaba los mismos en caso de premio. En otras circunstancias, admiraría su capacidad de adaptación. En otros tiempos, hubiera sido arrinconado... puede que incluso abandonado a su suerte.

Pero hoy es hoy. Y, alguien debe pagar por mi pernera, por el chaparrón y por mi dolor de cabeza. En esas estaba cuando reparé que hizo ademán de intentar cruzar la carretera. Se detuvo justo a tiempo de evitar que un turismo se lo llevase por delante. ¡Esta es la mía! Digamos que le ayudo a cruzar y lo dejo abandonado a su suerte en medio de la calzada y entonces... ¡zas! un coche se lo lleva por delante.

Pronto me di cuenta de que no sería la mejor solución, puesto que habría testigos y mi acción no quedaría impune. Se me ocurrió que la opción más adecuada sería sugerir el momento más adecuado para cruzar. Le diría: "eh, ¡ya está en verde! Adelante, ya podemos cruzar". El tío, crédulo, cruzaría sin dudarlo y un vehículo pesado lo dejaría hecho papilla. De esta manera, podría olvidar mi mal humor y volvería a ser persona.

Ahora que ya lo tenía todo calculado podía poner en marcha mi plan. Le susurraría que ya puede pasar y ¡listo! Otro tío pagaría los platos rotos. Pero, como siempre afirmo, creo que nací en este mundo con la suerte dándome la espalda. No soy de los que consigue lo que quiere fácilmente. Así que podrás imaginarte que cuando quise intentarlo, el ciego ya había cruzado la calle y se encontraba a salvo de mí. En su lugar una escultural morenaza. Puedes imaginarte la cara que se le quedó cuando me escuchó susurrarle que podía cruzar sin miedo justo cuando un camión de gran tonelaje pasaba delante nuestro. Me gané una hostia bien dada... Eso terminó por relajarme, te lo puedo asegurar.

martes, 3 de abril de 2007

Inversiones temporales

Pierdes el tiempo analizando las ocasiones perdidas. Lo peor de todo es que no tienes nada mejor que hacer con el tiempo que se te ha dado. Bueno, se me ocurren unas cuantas cosas. Aunque estoy seguro de que terminarías desperdiciándolas por miedo a equivocarte, a ser rechazado, o peor aún, a que te quieran.