lunes, 16 de abril de 2007

Con mal pie

Al despertar, te juro que pensé que iba a ser un buen día. Abro las ventanas y llueve. Ver la lluvia caer me deprime sobremanera y, por un momento, pensé en llamar al trabajo para avisar de que no iría. No lo hice porque soy un puto adicto al trabajo. Por eso y porque necesito el dinero para pagar mis vicios y necesidades.

Me duché, me vestí, desayuné y salí a la calle a ver qué tal se portaba el día conmigo. Por suerte, vivo a escasos 10 minutos de la oficina. Cuando ya veía cercano mi edificio, piso la inevitable baldosa hueca. Me mojé todo la pernera del pantalón. Maldije unas mil veces al tío que no hizo bien su trabajo y me cagué en el alcalde y en todos sus concejales.

Con esto, te puedes hacer una idea del cabreo que llevaba. ¡Y no eran ni las 9 de la mañana! Me paro en el paso de cebra y rumio mi cólera en silencio. En esas estaba cuando reparo en la presencia de un tío con bastón. Cincuenta y tantos, buena presencia, calvo y entrañable. Se parecía a mi abuelo. Y, además, sufría algún tipo de discapacidad visual. Un ciego, vamos. ¡Esto de ser políticamente correcto no veas cómo me jode! También observé que la alarma sonora para ciegos seguía sin ser reparada. Esta circunstancia, la jaqueca, la humedad del pantalón y un nuevo chaparrón procedente de la enésima nube perdida terminaron por sacarme de mis casillas.

Debía reducir la presión, o lo que es lo mismo, alguien debía pagar por mi enfado. Decidí que ese alguien sería el ciego. Y, por si no te lo había dicho antes, lucía orgulloso sus cupones y la máquina con la que autentificaba los mismos en caso de premio. En otras circunstancias, admiraría su capacidad de adaptación. En otros tiempos, hubiera sido arrinconado... puede que incluso abandonado a su suerte.

Pero hoy es hoy. Y, alguien debe pagar por mi pernera, por el chaparrón y por mi dolor de cabeza. En esas estaba cuando reparé que hizo ademán de intentar cruzar la carretera. Se detuvo justo a tiempo de evitar que un turismo se lo llevase por delante. ¡Esta es la mía! Digamos que le ayudo a cruzar y lo dejo abandonado a su suerte en medio de la calzada y entonces... ¡zas! un coche se lo lleva por delante.

Pronto me di cuenta de que no sería la mejor solución, puesto que habría testigos y mi acción no quedaría impune. Se me ocurrió que la opción más adecuada sería sugerir el momento más adecuado para cruzar. Le diría: "eh, ¡ya está en verde! Adelante, ya podemos cruzar". El tío, crédulo, cruzaría sin dudarlo y un vehículo pesado lo dejaría hecho papilla. De esta manera, podría olvidar mi mal humor y volvería a ser persona.

Ahora que ya lo tenía todo calculado podía poner en marcha mi plan. Le susurraría que ya puede pasar y ¡listo! Otro tío pagaría los platos rotos. Pero, como siempre afirmo, creo que nací en este mundo con la suerte dándome la espalda. No soy de los que consigue lo que quiere fácilmente. Así que podrás imaginarte que cuando quise intentarlo, el ciego ya había cruzado la calle y se encontraba a salvo de mí. En su lugar una escultural morenaza. Puedes imaginarte la cara que se le quedó cuando me escuchó susurrarle que podía cruzar sin miedo justo cuando un camión de gran tonelaje pasaba delante nuestro. Me gané una hostia bien dada... Eso terminó por relajarme, te lo puedo asegurar.

2 comentarios:

fabricaldreams dijo...

Tío me ha dado miedo la historia, ¿serías capaz?!

Ikari dijo...

Yo, no. No sería capaz. Pero, desgraciadamente, hay mucho cabronazo suelto por el mundo.