domingo, 3 de junio de 2007

Pensamientos en tiempos difíciles

Una llamada telefónica alertó a la policía horas antes de que todo sucediera. Nadie se lo esperaba y nadie concedió el más mínimo crédito a las palabras que el interlocutor gritaba al otro lado del hilo telefónico. No obstante, aquel escepticismo inicial pronto cesó y dio paso al miedo.

Primero, las comunicaciones con el exterior se cortaron misteriosamente. Después, en cuanto las televisiones del mundo ofrecieron las primeras imágenes de las tierras devastadas, las altas instancias reaccionaron y comenzaron a organizar el plan de evacuación. A pesar de los desvelos de aquel interlocutor anónimo por avisar a tiempo a las autoridades, el pánico cundió en las calles. Las gentes corrieron de aquí para allá para refugiarse, huyendo de un peligro innombrable, tratando de salvar la vida.

En medio de todo aquel caos, encontré un libro tirado en el suelo. Me había refugiado en un callejón huyendo de la muchedumbre enloquecida, para tratar de aclarar mis pensamientos y meditar el siguiente paso. En un sucio charco, aquel volumen ajado y descolorido por la humedad llamó mi atención. Se trataba de uno de esos best-sellers en edición de bolsillo. Un título rimbombante, un autor del montón, y una historia trillada contada de la manera más tópica posible. Seguro de ello, lo ojeé hasta que empezó a deshacerse entre mis dedos. Iba a tirarlo a una papelera (absurdo pensamiento donde los haya en un momento como éste), cuando una hoja sobresalió de entre las páginas del libro: una fotografía marcaba el comienzo del último capítulo. El primer párrafo estaba subrayado y decía así:

“Estaba en casa. Aquella tierra extraña me resultó familiar el día que llegué aquí. Iba de paso y terminé encontrando mi hogar perdido. Y, de paso a ella. No podía imaginarme tal suerte para un pobre pecador como yo”.

El resto ya no podía leerse.

Aquel párrafo debió significar mucho para alguien. Es probable que ese libro de bolsillo fuese su posesión más preciada. Perdí el hilo de mis pensamientos al escuchar una nueva explosión a pocos kilómetros de donde me encontraba. Sentí nuevamente ese miedo y esa ansiedad. Las ganas de salvar el pellejo a toda costa. Todo mi mundo había saltado en pedazos hacía unos pocos minutos. Debía salvar la vida, pero en el fondo sabía que lo tendría muy difícil. Igual que toda aquella masa cobarde que huía a pie con lo puesto.

La humedad rezumando de mis manos, me hizo volver al callejón. El libro era irrecuperable puesto que el agua había borrado gran parte de su contenido y estropeado el resto (el párrafo subrayado se salvó gracias a la foto). Si sobrevivo a esto, pensé, encontraré un ejemplar y lo leeré. Será como una especie de terapia.

Saqué la fotografía y arrojé aquella masa de papel, cartón y agua a la papelera. Después de todo, debemos salvar el planeta. La foto no era nada del otro mundo: un hombre y una mujer abrazados delante de lo que parecía ser una especie de castillo situado cerca de una playa. Ambos parecían felices y el sol iluminaba la escena con sus cálidos rayos. No parecía que nada pudiera separarlos. Al dorso, escrito a mano: " Yoko y yo en Garachico (19-9-2007)".

Este bonito recuerdo y el libro que lo contenía habían terminado en un charco, en un callejón oscuro e ignoto. Se acercan tiempos difíciles y los objetos materiales son un lastre. Sin embargo, deshacerse de un bonito recuerdo de esta manera me pareció de muy mal gusto. Decidí guardarme la fotografía en el bolsillo y salir de allí pitando. Debía encontrar un atajo y un medio de transporte para alejarme de la zona rápidamente. Además, algo en aquella imagen me resultaba tremendamente familiar. Aunque no sabía qué exactamente, decidí que quería sobrevivir para tener tiempo de averiguarlo.