sábado, 26 de enero de 2008

Arquitecto del destino

Construyo edificios. Los diseño, estudio, fotografío, amo y olvido. Estoicas estructuras que soportan el paso del tiempo a la intemperie. No obstante, siempre tengo presente que los lugares donde hoy crecen mis criaturas estuvieron habitados por estructuras frágiles y quebradas.

Un buen día, sus dueños decidieron que ya no eran útiles. Los abandonaron a la enfermedad y la humedad, hasta que sus espaldas se curvaron y perforaron. La lluvia empapó sus venas y sembró de corrupción su alma.

Traicionados.

A principios del siglo XX, Jesús Quintana levantó un almacén en unos terrenos en desuso de una factoría hoy olvidada. Un equipamiento anodino de ladrillos rojos por piel y estructura de acero en los huesos. En su interior albergó de todo durante el tiempo que le tocó vivir: materias primas, seres humanos heridos, ratas, libros, lindano, venenos variados... Después de años de agitada existencia, una vez más, un humano decidió abandonarlo a su suerte. La criatura sufrió la ocupación de todo tipo de parásitos, diversos robos y varios intentos de desmembramiento. ¡La gente no sabe cómo entretenerse sin molestar!

Cuando la criatura se creyó por fin a salvo de los hombres, llegaron los especuladores y el boom inmobiliario.

Los ingenieros estudiaron al milímetro los pies de la criatura esperando encontrar cualquier excusa válida para echarlo abajo sin remordimientos de conciencia. Un giro inesperado del destino encaminó mis pasos hacia el viejo almacén. Mi vehículo sufrió un pinchazo en plena noche. Para ser exactos, el segundo del día. Nadie me esperaba en casa, así que opté por pasar la noche en el coche. Al despertar, nada más incorporarme abrí los ojos y lo vi. Todavía orgulloso de sí mismo, valiente incluso, acorralado por chalets y bulldozers. Salí del coche y me acerqué a él. Sentí cómo me observaba e, instantáneamente, me reconoció como un igual. Entré sin miedo y lo recorrí de cabo a rabo para aprender de él y su habilidad para seguir en pie durante más de un siglo.

Decidí que las excavadoras no serían los arquitectos del final de esta historia. Tardé un tiempo, pero logré salvarlo. Mutilado, trepanado, traicionado y pronto restaurado. Quiero pensar que ahora mira contento la lluvia.

2 comentarios:

ArmiSael dijo...

¿Conseguí salvarlo? Vaya, espero que esta historia tenga 2ª parte y nos cuentes que hizo para salvarlo :P

Ikari dijo...

Ya veremos.