miércoles, 27 de febrero de 2008

Pleitesía

El silencio acompaña mis pasos. Las estrellas marcan el rumbo a seguir mientras vigilo el camino para evitar caer en las trampas del destino.

Repudio el pasado y me alejo de lo que me hace daño. Vagando por la tierra, protegido por un silente ejército de nubes.

Quiero vivir de este modo para recuperar la pureza que me hizo digno de mi propia identidad.

martes, 26 de febrero de 2008

A cielo abierto (IV)

Una mañana soleada del mes de abril tuvo lugar un hecho incuestionable que cambió nuestra forma de ver el mundo. Una antigua compañía lanzó al mercado un artículo de consumo para las masas. A pesar de la tímida acogida y de las escasas ventas iniciales, hoy en día prescindir de dicho artilugio ocasionaría grandes pérdidas, tanto económicas como sociales.

Aunque no es el momento para entrar en detalles sobre el mismo, sí diré que lo usamos todos a diario, tanto para trabajar como para divertirnos. Nos hemos acostumbrado tanto a usarlo que pensar en otras alternativas hoy en día resulta utópico. A decir verdad, creo que ni siquiera existen en el mercado. Quizá esté dando más pistas de las que quisiera. No importa. Trato de esbozar el escenario en el que nos encontramos en la actualidad proporcionando los detalles justos y necesarios.

Aquella mañana salió a la venta. En los primeros tres meses, apenas se vendieron unos pocos cientos. Pero una inteligente campaña orquestada a través de Internet, inclinó la balanza a favor del nuevo invento. Existían otros aparatos con prestaciones similares, pero éste los barrió a todos. En seis meses, este gadget adquirió la categoría de mito al encontrársele múltiples usos insospechados. Se convirtió en el equivalente tecnológico de la popular navaja suiza. Un año después y en un tiempo récord, las administraciones públicas internacionales lo convirtieron en estándar cuando ya había logrado hacerse un hueco en los bolsillos de todos. Los analistas aseguran que la predisposición del Consorcio a facilitar licencias de fabricación a precios asequibles supuso el espaldarazo definitivo a su producto, así como un mecanismo efectivo para sortear futuras demandas antimonopolio. Esta estrategia fue la clave de su éxito, dicen.

Diez años después, nadie concibe la vida diaria sin este artilugio. Las escuelas de negocio, desde hace relativamente poco tiempo, analizan y debaten con sus alumnos la hoja de ruta diseñada por el Consorcio para lanzar su producto estrella. Suelen centrarse únicamente en esos pocos años, despreciando los casi 75 años de historia del Consorcio.

La que fuera pequeña empresa de componentes electrónicos ha sabido conjugar su apuesta clara por la expansión y el cuidadoso trato dispensado a sus clientes y proveedores. Resulta insólito que fuera una de las primeras cooperativas del país. Es curioso, también, que las decisiones de la cúpula directiva se tomen por mayoría absoluta o que el presidente del consejo de administración y fundador del grupo muriera hace unos 25 años. Significativo, sí. Pero nada raro… a primera vista.

En ese tiempo, el Consorcio se ha convertido en una compañía transnacional. En los últimos meses las cosas no parecen irles demasiado bien. La competencia ha unido fuerzas, graves catástrofes medioambientales han causado pérdidas importantes y no parece que el nuevo consejo de administración tenga muy claro adónde quiere llegar. Se rumorea que el presidente del consejo está abocando la empresa a la ruina para despedazarla en partes más lucrativas. ¿Especulaciones sin fundamento o realidades como puños?

No sé cómo acabará todo esto. Con los años, el Consorcio se ha granjeado muchas enemistades. Al menor signo de debilidad, atacarán con todos sus efectivos. Aguardaremos expectantes los acontecimientos venideros. Las sorpresas a lo largo del camino harán divertida la espera.

martes, 12 de febrero de 2008

Una mancha en la pared

Hace más o menos dos meses, compré un diminuto cubículo de nueva construcción. Al firmar el contrato, pensé que jamás lo terminaría de pagar. Sin embargo, deseché rápidamente aquel pensamiento y me abandoné a la felicidad puesto que, a partir de ese instante, poseía un lugar donde caerme muerto.

Una semana después, organicé una cena con mis amigos para estrenar el piso. Logramos un ambiente muy curioso con las cajas de cartón a la luz de las velas. Mi primera fiesta en mi casa. ¡Todo un hito en mi corta vida!

Tres semanas después, encontré en una de las paredes de mi habitación una mancha. Aquel día, el primer viernes de julio para ser exactos, tenía que madrugar bastante. Encendí las luces de mi habitación y allí estaba, justo frente a mí, a poco más de un metro de distancia en la pared más grande del único dormitorio del apartamento. En frío, sin el primer café de la mañana, no le di ninguna importancia puesto que apenas sobrepasaba el tamaño de una moneda de 2 euros. Al regresar a casa, ya bien entrada la noche, observé estupefacto que había crecido hasta afectar una superficie del tamaño de mi puño.

Olía mal, como a humedad, negruzca e irregularmente circular. Decidí delimitar los límites de la mancha con un rotulador para comprobar si se expandía o no con el transcurso de las horas. No sería la primera vez que una impresión visual resulta errónea. Cuando desperté al día siguiente, aquella especie de parásito había continuado invadiendo la superficie del tabique. El tamaño de aquella cosa negruzca superaba ya los veinte centímetros de diámetro.

Llamé al seguro del hogar y un perito se presentó un par de horas después. No hizo gran cosa, la verdad. Levantó un acta en la que reflejo la incidencia y su causa más probable: filtraciones de agua procedentes de la terraza, debidas a las intensas lluvias de los últimos días. Al escuchar sus palabras me arrepentí de haber comprado el apartamento en el último piso. En su opinión, el seguro de la comunidad de vecinos debía correr con los gastos de la reparación. Añadió, también, que tuviera paciencia…

Pasó una semana sin que tuviera noticias del seguro. El mes de julio transcurría caluroso y la mancha detuvo su avance. Se me ocurrió esconderla tras un cuadro. Camuflarla me alivió. Empezaba a ver en aquella filtración a un extraño compañero de piso del que es imposible deshacerse. Me fui a dar un paseo y, al volver a casa, las vi: manchas negruzcas del tamaño de mi puño en cada pared de la sala de estar.

No podía creérmelo. Todas las manchas habían aparecido en el centro exacto de cada tabique. Revisé el resto del apartamento y me quedé helado al entrar en mi habitación y ver el cuadro caído en el suelo. En mi ausencia, la mancha se había extendido aún más. Una idea surgió de repente: ¿algún bromista entraba en el apartamento y se dedicaba a enguarrar mis paredes?

Decidí pasar la noche fuera. Llamé a mis colegas y nos fuimos por ahí. No es éste el momento más adecuado para contar nuestras correrías puesto que no le interesan a nadie. Sólo diré que olvidé lo que sucedía en casa en brazos de una amable extraña.

Regresé muy tarde (o muy temprano según se mire). Me fui directamente a la cama. Necesitaba dormir, descansar. Llevaba durmiendo como dos o tres horas cuando un olor nauseabundo me despertó. Encendí las luces y la vi. La que fuera una anodina mancha de humedad había alcanzado el metro y medio de diámetro. Su superficie, un círculo perfecto, era negra como el carbón. Un anillo marrón rodeaba la mancha. Y, ese olor a podrido…

Sin pensármelo dos veces, cogí cuatro cosas, las metí en una bolsa de deporte y me marché de allí, no sin antes horrorizarme al comprobar como las demás manchas también habían alcanzado un aspecto y tamaño similar a la inquilina de mi habitación.

Lo que estoy contando me ocurrió hace bien poco y los sentimientos están a flor de piel. Aquel fue un verano extraño en el que apenas trabajé. Me habría preocupado mucho de haber tenido tiempo para ello.

Unas dos semanas después de abandonar precipitadamente mi cubículo, recibí una llamada del presidente de la comunidad de vecinos. Por lo visto, el seguro se había puesto en contacto con él para realizar un peritaje de lo que sucedía en mi apartamento. Había escuchado rumores y quería verlo con sus propios ojos.

Quedamos para hacer la inspección (así lo llamó) aquella misma tarde. Confieso que no tenía ni ganas de volver, pero ahí estaba. El presidente me esperaba en el portal. Un saludo de cortesía, charla intrascendente en el ascensor y llegar. Abrí la puerta. El olor se había intensificado tanto que ni quisimos pasar dentro. Acto seguido, hizo un par de llamadas y me aseguró que "esto no podía ser" y que "el seguro de la comunidad correrá con los gastos". Palabras, palabras... pensé.

Días después supe que la empresa encargada de la limpieza, desinfección y reparación del desastre se había desecho de todas mis cosas. No me importó ni lo más mínimo. Únicamente deseaba vender el apartamento y marcharme a otro lugar. Una tarde me llamaron para confirmarme que ya podía volver a casa. Sin muchas ganas, regresé al apartamento. Abrí la puerta y la ausencia de olores me recibió con los brazos abiertos. Suelos de madera nuevos y paredes blancas recién pintadas. ¡No podía creérmelo! ¡De vuelta en casa!

En tres días, me volví a instalar. Me traje unos sacos de dormir y material de acampada. Me daba igual no tener muebles, ya habría tiempo de comprarlos. Decidí dormir en la sala de estar. Mi dormitorio me traía demasiados malos recuerdos. Dormí de un tirón casi toda la noche, hasta que una extraña sensación me desveló. En la oscuridad, me sentí extraño. Observado. Encendí la linterna que tenía cerca y apunté el haz de luz hacía donde creía que había alguien.

Entonces lo vi: un enorme ojo en la pared me miraba. Me levanté incrédulo y nervioso. No sé cómo, aquel disco ocular segregaba una especie de lubricante que le permitía deslizarse con libertad y seguirme con su mirada. Corrí hacia el interruptor más cercano y encendí las luces: en todas las paredes del salón los ojos gigantes me miraban.

Salí de allí como alma que lleva el diablo cuando escuché: ¡bienvenido a casa!

No he vuelto a pisar aquel lugar. Casi todos mis amigos, familiares y conocidos que han entrado al apartamento para comprobar mis palabras han vuelto con las manos vacías y me han tachado de loco. Y, aunque mi colega está harto de tenerme en su sofá, no creo que vuelva a vivir solo. Aunque, bien pensado, en aquel apartamento nunca lo estuve.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Estadísticas del Caos

Como el sistema de estadísticas de El Caos en frío comenzaba a dar signos de agotamiento, he decidido resetearlo. Tres años de datos borrados, tirados a la papelera. ¡Qué le vamos a hacer! ¡A empezar de nuevo!

lunes, 4 de febrero de 2008

Formateando

¡Buenas!

He dedicado los dos últimos días a formatear el portátil. Un troyano había decidido construirse una cómoda y cálida madriguera en el disco duro. Como no me va esa clase de inquilinos, opté por formatear. Ha costado tiempo pero ya está hecho.

¡Un saludo!