viernes, 27 de junio de 2008

Llueve

Quería volver. Escogí un día de Julio creyendo que la benévola meteorología estival me permitiría disfrutar de la arquitectura local. Hacía varios años que no visitaba aquella localidad tan cercana a mi lugar de residencia. Las calles empedradas, el trajín del escaso tráfico rodado por el casco medieval, las vetustas esculturas de personajes olvidados... Salvo por la creciente suciedad de las fachadas, la ciudad permanecía tal cual la recordaba.

Recorrí todas y cada una de las laberínticas callejuelas medievales hasta llegar a la plaza principal. Recientemente, ésta había sido reconstruida tras una explosión de gas en la que, afortunadamente, sólo hubo daños materiales.


Las primeras gotas de lluvia me sorprendieron recordando la polémica suscitada por la reforma que, según recuerdo, no fue del gusto de todos. En un abrir y cerrar de ojos, el sirimiri inicial transmutó en lluvia torrencial acompañada de abundante aparato eléctrico. No tuve más remedio que refugiarme en una de las muchas cafeterías de la plaza.

Pedí un descafeinado a una de las camareras y me senté a esperar en una mesa vacía situada junto a un enorme ventanal con vistas a la plaza. Desde mi improvisada atalaya, podía ver a la gente corriendo de aquí para allá para resguardarse de la repentina lluvia.

Saqué de la mochila el libro que llevaba siempre conmigo y escogí un pasaje cualquiera al azar.
Fuera, la lluvia continuaba tiñendo de humedad las grises calles. Dentro, me distraían las múltiples conversaciones ajenas. Conocía de memoria cada página de la novela y eso, se quiera o no, predispone a dejarse llevar por elementos externos. Hastiado por el ruido, abandoné la lectura y cogí un periódico de la barra para echarle un vistazo. Fue entonces cuando, de entre toda la marea de voces, distinguí una risa en particular. Miré en dirección a la puerta y allí estaba ella. Aunque habían pasado diez años desde nuestro último encuentro, ella no había cambiado nada en absoluto (yo no podía decir lo mismo de mi persona).

Apenas unos pocos metros nos separaban y, aunque yo trataba de llamar su atención mediante gestos, ella continuaba sin verme. Fue entonces cuando reparé en el joven que la acompañaba. Era bastante alto y bien parecido. Apenas hablaban: únicamente, aguardaban silenciosos el final del aguacero para reanudar la marcha. De vez en cuando, se susurraban palabras o intercambiaban caricias y besos. Mejor mantenerse alejado, me dije. En ese instante y sin que pudiera evitarlo, recordé de golpe toda nuestra vida en común y nuestra ruptura. Fue especialmente dolorosa cierta mañana de abril en la que la que desperté y ella no estaba a mi lado.

Por alguna razón que se me escapa, verla feliz me
revolvió las tripas. No pude evitar sumirme en un pozo de amargura y terminé enredado en unos pensamientos tan delirantes como deprimentes: "mejor no desear nada para evitar que te rompan el corazón", "no puedo tener nunca lo que quiero", "asco de vida", "nunca seré feliz"... Elucubraciones sin sentido fruto de este extraño ataque de celos tan repentino como pasajero.

Afortunadamente, aquel acceso de estupidez duró lo que dura un suspiro. Coincidencia o no, decidí ir
a saludarla y el sol salió de nuevo. Dos metros escasos... Lorenzo empieza a calentar con fuerza. Un metro... La plaza se vuelve a llenar de niños, bicicletas y paseantes. Veinte centímetros... Y la pareja sale de la cafetería para perderse en una de las callejuelas cercanas.

Mejor así, pensé. Seguro que se habría alegrado de verme. No obstante, nunca lo sabremos.

domingo, 15 de junio de 2008

[Meme] Tu anuncio favorito

Creo que ya me tocaba dar alguna señal de vida. Aunque tengo algunas historias en la recámara, prefiero actualizar el blog con este meme publicitario. Desde Fabricaldreams preguntan: ¿cuál es mi spot publicitario favorito? En este momento, me ha venido éste a la cabeza.

Aunque el concepto ha envejecido bastante con el paso del tiempo, el spot sigue funcionando.

¡A más ver!