domingo, 21 de junio de 2009

La bandera

Un buen día, ya hace unos cuantos años, dentro de nuestra organización surgió una idea: crear un símbolo para unir a todos los que son de nuestra misma condición. Hubo un Concilio, mil votaciones y hasta un concurso por votación popular para elegir exactamente qué objeto queríamos que nos representara dentro y fuera de nuestra particular sociedad.

Cuando ya todo parecía decidido, un tipo pensó que nos estábamos equivocando y propuso otra cosa. Ni los más sesudos estudiosos de nuestra Historia evitarán sorprenderse al estudiar cómo pudo ocurrir aquello. Estaba todo hecho y llegó ese señor con un trozo de tela y gritó:

- Ni símbolos, ni logotipos, ni chorradas... Nos hace falta una bandera.

Y cuando los miembros del Concilio le preguntaron entusiasmados cómo debe ser esa bandera, aquel tipo contestó:

- Blanca.

- ¿Por qué ha de ser blanca?

- Porque hemos perdido la batalla frente al enemigo debatiendo tonterías. Ellos han ganado y la raza humana ya nos ha olvidado.

Las Crónicas de aquella reunión bien podrían haber sido manipuladas, mas no la verdad. Aquel tipo nos señaló la verdad: debatíamos sobre una imagen sentados sobre las ruinas de nuestra civilización.

La Historia nos juzgará muy severamente, pero no es el objeto de este escrito. Este breve relato sobre lo que dio lugar a la guerra más cruenta jamás contada sólo pretende dejar constancia de aquellos días en los que discutíamos por una tontería, mientras los que no son de nuestra misma condición se agolpaban a las puertas de nuestras ciudades para saquear e invadir nuestros dominios. Nuestra gente moría y nosotros permanecíamos impertérritos votando si era adecuado o no el dibujo que un niño de cinco años hiciera de un perro arrancándole la cabeza a una deidad enemiga.

Huelga decir que nosotros perdimos. La mayoría de los que son de nuestra condición murieron en los primeros meses de contienda. Permanecimos ajenos a la guerra y a los que son de nuestra misma condición hasta que ya fue demasiado tarde. Sin duda elegimos bien: aquella bandera blanca, sin duda, simboliza perfectamente nuestro fracaso.