jueves, 4 de febrero de 2010

Pereza

Tras el choque, el conductor borracho parecía más incoherente que nunca. Quizá creyó al salir de su tugurio favorito que el día se mostraría benévolo con él.

Las muestras que el borrachuzo ése había robado de la escena del crimen y guardado en el bolsillo interior de su chaqueta habían quedado seriamente contaminadas. Tanto que ni él mismo las aceptaría bajo ningún pretexto.

Fue entonces, mientras se arrastraba como podía para alejarse de su coche en llamas, cuando tuvo un momento de lucidez. Cansado, se tumbó boca arriba sobre el frío asfalto. Ahí tirado, mirando aquel extraño cielo naranja, decidió.

Mientras su sangre luchaba por salirse de su cuerpo, el antaño risueño policía pensó que lo mejor era rendirse. El crepitar de su vehículo ardiendo, los gritos de dolor de la pareja que acababa de atropellar, las sirenas lejanas, el humo tóxico... Nada de eso le importaba a estas alturas. Se moría o más bien quería morirse.

El otro había vencido. Demasiado tarde para desandar lo andado.

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