lunes, 8 de agosto de 2011

Escritura automática

Cogió el bolígrafo con torpeza, cerró los ojos y se dejó llevar.

Garabatear sin mucho fundamento para matar el aburrimiento. Líneas, rayas, alguna curva... Pensó en las pocas ganas que tenía de permanecer en aquel lugar ahora que el trabajo había concluido. Noche avanzada en el polígono. Naves industriales abandonadas a su suerte, ratas, algunas parejas, ocupas y demás fauna nocturna.... En cuanto sus compañeros llegaran al punto de encuentro, lo dejaría para siempre. Abandonaría la profesión y se dedicaría al noble arte de birlar carteras a los turistas. ¿Nunca es tarde, verdad?

Cuando a punto estuvo de vencerle la impaciencia, sintió una fuerza inspiradora guiando su mano con pulso firme. Sin embargo, no duró mucho. Pronto la Musa aflojó el ritmo y se fue por donde vino, quién sabe si hastiada por la compañía o muerta de sueño.

Efímera amante, indistinta de tantas. Vuelta al tedio y al frío de la noche.

Aburrido y dispuesto a marchar, abrió los ojos y contempló curioso aquel conjunto de símbolos. Había comenzado a intentar descifrar aquellos desvaríos automáticos cuando una bala le atravesó el cráneo.

Sangre y sesos, barrocos ornamentos para un improvisado abstracto del moribundo.

En aquel testamento involuntario se podía leer: "debiste aprender a leer y escribir cuando tuviste ocasión, fotógrafo".

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