domingo, 27 de noviembre de 2011

La confesión es buena para el alma

Yo quería dar un inocente paseo por el monte y tú querías quedarte sola en tu sofá nuevo.
Te saqué a rastras de tu apartamento con una sonrisa y la promesa de un entretenimiento 100% ecológico. Todo iba bien hasta que tropecé y me caí de una manera poco elegante mientras tú te reías de mí a mandíbula batiente. Intenté levantarme y no pude. Observé fastidiado que me había fracturado el maléolo izquierdo. Tú, al intentar ayudar, te caíste también y te rompiste el maléolo derecho. ¡Cojonudo! Al menos, tu accidente fue más estúpido que el mío y tuve el decoro y la decencia de no reírme.

Nos arrastramos los dos como pudimos hasta una roca cercana lo suficientemente grande como para poder sentarnos los dos. Me limpiaste las heridas y estudiaste el alcance de nuestras lesiones. Y, ya que sangrábamos bastante, me instruiste en el procedimiento ancestral para la aplicación de un torniquete. Lo bordé: el torniquete que te hice era funcional, cómodo; para foto, vamos. El tuyo no resultó ser tan bueno ya que al poco comencé a sentirme mareado ante la no tan ligera pérdida de sangre que aún persistía. Puede que me lo hicieras tan mal por el shock que sufrías o porque, mientras apretabas tu cinturón sobre mi maltrecha pierna, estabas más preocupada de llamar a emergencias para que te sacasen de aquí que por hacerme un buen trabajo.

Seguro de que no se presentaría una ocasión mejor, aproveché la situación y confesé lo que realmente sentía por ti. Y es que.... te odio. Te odio desde siempre y te traje aquí con la intención de tirarte por ese acantilado que tanto te gusta. Te detesté desde la primera vez que te vi: tú tan tuya poniéndome una multa por exhibicionismo en vía pública, y yo tan mío... La verdad es que aquel día hacía tanto calor que, para combatir la canícula, tuve que quitarme la camiseta y quedarme en bermudas. Sin embargo, las ordenanzas municipales son tan poco amigables que anteponen su legalidad antes que la lucha de un hombre por evitar oler a humanidad.

Al escuchar mis palabras, tu rostro se quedó petrificado. Puede que por el shock por la fractura de tu pierna o por presenciar un accidente tan estúpido como el nuestro, tú también necesitases aliviar el alma confesando algo que te corroía por dentro. Procediste a recordar con pelos y señales el día en que nos conocimos: tú patrullabas las calles mirando con desdén distraído a las masas de paseantes cuando mi estupendo torso semidesnudo y sin depilar llamó poderosamente tu atención. Te puse tanto que decidiste aplicarme el código contra las conductas incívicas en vía pública a rajatabla sólo para obtener mis datos y pedirme una cita posteriormente. Me habrías llevado esposado de allí encantada sólo que yo fui un caballero y no opuse ninguna resistencia.

Así nos conocimos. Sobre una roca, allí, en un marco 100% ecológico y con la ayuda en camino ya muy cercana. Ateridos de frío por el shock provocado por las fracturas. Juntos tú y yo. Sinceros. Yo te odio y tú deseas arrancarme la ropa y llevarme a tu cama en cuanto me ponga a tiro. Quizá el planeta, harto de tanto mal gusto, abrió el grifo del cielo y empezó a llover torrencialmente, quién sabe si para borrar del mapa tanta tontería. No lo consiguió. ¡Qué lástima!