domingo, 20 de mayo de 2012

Letras y sueños

El cuentista diletante juntaba letras con astucia y sin preocupaciones hasta que un buen día descubrió que su obra cobraba vida. Tendía al pragmatismo y al empirismo y juzgaba con severa objetividad su obra. Por tal motivo, creía que alguien había descubierto el falso fondo en el que escondía sus cuadernos y se había dedicado en cuerpo y alma a gastarle una broma pesada.

Sin embargo, dos hechos le hicieron ver cuán equivocado estaba.

Un niño, el hijo pequeño de una familia que vivía a dos manzanas de su casa, canturreaba a voz en cuello que las piedras tienen vida. La noche anterior había escrito un poema protagonizado por una desdichada piedra que trataba de regresar al lugar donde nació. Dando un paseo por el viejo parque de la ciudad, escuchó a una pareja de jubilados hablar sobre lo mucho que les gustaría que una jovencita les susurrase recetas de cocina al audífono. Dos días antes, había terminado de escribir un lúbrico relato erótico protagonizado por una joven repostera y un anciano decrépito.

Ya no cabía duda alguna: amparadas en la oscuridad del secreto, de sus palabras nacían sueños y anhelos que traspasaban los muros y prendían en las mentes de sus vecinos. Descubrir que sus palabras tenían el poder de manipular a las personas lo llenó de pavor y durante meses no escribió nada.

Y hace bien poco se armó de valor y comenzó un nuevo cuento. Se esforzó por describir en él con pelos y señales cómo le gustaría que fuera el mundo y sus gentes. Esperaba que su historia transformara el mundo para siempre y se acostó deseando que, por una vez, sus deseos se hicieran realidad.