miércoles, 11 de septiembre de 2013

El aburrimiento

El aburrimiento sabe mucho de ordenar cajones. Pensar en la palabra aburrimiento, por ejemplo, evoca el aburrimiento mismo. El aburrimiento es la clase de sustantivo al que cuesta un mundo encontrar una expresión similar porque es imposible encontrar un sinónimo de aburrimiento que nos aburra más que el aburrimiento.

El aburrimiento sabe mucho acerca del contenido de nuestro cajón de los calcetines. El aburrimiento es ese pesado del que huimos cambiándonos de acera. Sin embargo, el aburrimiento no entiende de cambios de acera: el aburrimiento sale a tu encuentro como quien sale a dar un paseo sin más plan que caminar y disfrutar del paisaje.

El aburrimiento conoce nuestros gustos musicales. Es capaz de acertar cuántas veces hemos escuchado una canción en concreto, ésa que sólo escuchamos cuando estamos aburridos. También sabe cómo nos gusta tener ordenados nuestros discos y libros. E incluso se permite el lujo de innovar buscando nuevas y aburridas formas de ordenar.

El tedio es otra forma de aburrimiento. El tedio raya con el asco, también con el asco puto. Sin embargo, el tedio no es el objeto del presente artículo.

El aburrimiento dispersa el pensamiento consciente y nos desvía de nuestros objetivos y metas. Nos aparta de quienes queremos. El aburrimiento mata el amor.

¿Conoce el aburrimiento nuestros miedos? Probablemente sí, porque el aburrimiento está dotado de un fino olfato con el cual adivina cuándo somos especialmente vulnerables. El aburrimiento practica el vudú sin necesidad de tetrodotoxina ni muñecos. El aburrimiento elimina las piedras del camino.

El aburrimiento no es un oso divertido.

El aburrimiento nunca estuvo allí y, sin embargo, dejó huella. Y sacó fotografías para inmortalizar el momento. El aburrimiento mandó esculpir esculturas en las que esculpir su aburrido rostro repetido un aburrido y enorme número de veces sólo para aburrir aún más a quienes admirasen dichas esculturas.

El aburrimiento se siente en los huesos. ¿Puede ser aburrida la meteorología? Jamás.

El aburrimiento es tiempo mal empleado, fatalmente gestionado y pésimamente ejecutado.

Acaso, ¿no es verdad que el aburrimiento nos impulsó a alejarnos de apartadas orillas en las que se respiraba amor? El aburrimiento no entiende ni sabe ni comprende. El aburrimiento aborrece la lectura de tiras cómicas. El aburrimiento odia a Calvin y Hobbes.

El aburrimiento escondió las llaves de Isabel en el fondo del mar para que ésta se decidiera a practicar submarinismo. El submarinismo nunca es aburrido. Observar las estrellas tampoco. El aburrimiento odia los cielos estrellados despejados y sin contaminar.

El aburrimiento cree en los ojalá a pies juntillas. Ojalá no le salga una novia, ojalá llueva y no salga a pasear, ojalá un meteoro de kilómetro y medio aquí y ahora para que pase algo. El aburrimiento no comprende los ojalá. Yo tampoco.

El aburrimiento apuesta siempre en contra. El aburrimiento es la sucesiva concatenación de obras y sucesos que no conducen a ninguna parte y cuyo punto de partida carece de interés. El aburrimiento no es interesante.

El aburrimiento se interroga a sí mismo y se aburre. Desconoce la función terapéutica de la risa. El aburrimiento es una nota monocorde y aburrida. El aburrimiento también es una pésima melodía pésimamente interpretada.

El aburrimiento es.
El aburrimiento era.
El aburrimiento fue.
El aburrimiento será.

El aburrimiento sale de marcha con el tedio y no ligan. Ninguno. Jamás.

El aburrimiento es un rebaño de ovejas. El aburrimiento es un aroma característico. El aburrimiento es un experto químico que maneja con astucia toda clase de sustancias para potenciar su acción entre sus víctimas. El aburrimiento es un bloqueo, una página en blanco, un muro.

El aburrimiento es repetición de una repetición de una repetición. Siempre es lo mismo y se reitera hasta la saciedad. El aburrimiento es una mala digestión. El aburrimiento, no obstante, no es un corte de digestión. Una vez superadas, las indigestiones son una bonita historia que contar. Y contar historias, nunca es aburrido. O no suele serlo: depende del cuentista y del cuento. El aburrimiento es, sobre todo, un mal cuentista.