jueves, 26 de diciembre de 2013

Deseos

Encontrar motivos para escribir estas líneas ha requerido grandes dosis de pereza. Porque admitámoslo: ¿qué sería de mí sin la pereza? ¿Qué sería de la pereza sin grandes dosis de mí? Y, ¿qué sería de las grandes dosis sin un buen vaso de precipitados que las mida?

La pereza nunca me abandona. Me hace compañía en el coche o cuando paseo introspectivamente... Siempre puedo contar con ella. Sin embargo, la pereza no es ninguna musa de boca insinuante, ni tampoco calienta mis pensamientos, ni tampoco me inspira ni contribuye a hacer de mí una persona que respire mejor.

Esto me recuerda que respirar se me da tan bien como dormir. Soy tan bueno durmiendo que podría suplantar sin problemas a La Bella Durmiente. Duermo por afición, durante mi tiempo libre, no por trabajo. Además, ¿quién querría pagarme un sueldo por dormir profesionalmente?

Así que, de momento, continuaré durmiendo en mi tiempo libre hasta que decida tomarme unas buenas vacaciones o me haga amante de una mujer que me quiera. Porque sí: quiero ser amante. Es mi sueño de toda la vida. De pequeño no quería ser ni astronauta, ni bombero, ni profesor, ni escritor, ni futbolista, ni cocinero de sustancias ilegales... Siempre que me preguntaban qué quería ser de mayor, respondía: quiero ser amante. Quiero amar, quiero repartir amor, ser prolijamente afectivo, quiero repartir caricias y besos por las pieles del mundo. Quiero ser camello del amor, quiero acallar gemidos y susurros tras un torrente de acciones y sensaciones que retroalimente aún más esos gemidos y susurros que pretendo acallar. También quiero querer y sudar. Y besar. Y mirar.

Me sobran cualidades y predisposición. También pereza, pero esto último no viene al caso. O sí. ¡Yo qué sé!


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