miércoles, 31 de diciembre de 2014

La luz hurtada*

La acidez del cielo mató al rey. Cumbres de granito arisco guardan el abrupto valle secreto, sepultado bajo un manto de perennes nubes coléricas. La irrespirable e inhóspita atmósfera cubre el bosque muerto que bebía los vientos por el lago que yace a sus pies. La lluvia lleva la muerte consigo. Los huesos siembran la tierra. La desesperanzada roca asila las últimas voluntades de la superficie caída. Subterráneas, nuevas castas erigen imperios. Quizá ellas canten loas por la cosmogonía muerta. Un llanto por una civilización de mamíferos casquivanos.

*Relato publicado originalmente en Palabra Obligada el 30 de diciembre de 2014.

Cuánto aprendo contigo

Bilbao, a 31 de diciembre de 2014


Hola, Pablo:

Esta idea tuya de cartearnos a mano es un puntazo, aunque siempre estás con lo mismo.

Desde que te conozco buscas pareja desesperadamente. Tu chica te dejó hace cuatro años y te has dedicado en cuerpo y alma a buscar una sustituta. Has probado muchas cosas. Te dejaste barba unos meses porque se ha puesto de moda, pero no te funcionó. Durante el verano, te rasuraste el cráneo. Y tampoco atrajiste a ninguna mujer interesante, aunque estoy segura de que así irías muy fresquito. ¿Te pondrías cremita en la cabeza para que no se te quemara, verdad? También te apuntaste a inglés y te hartaste a los dos días porque no soportabas ni un minuto más estar rodeado de críos. El yoga fue el punto culminante de esta serie de absurdas intentonas. ¡Me parto contigo! ¡Soy incapaz de imaginarte adoptando todas esas posturitas!

Voy a ser totalmente sincera. ¡No te he visto relajado en la puta vida, Pablo! ¿Cómo no vas a acabar con triple hernia discal tras una semana haciendo yoga si siempre estás tenso? Apuesto a que ni tan siquiera te planteas pasártelo bien y disfrutar haciendo lo que sea. ¿Te has visto guapo con barba o con la cabeza afeitada? Seguro que ni tú te veías bien, pero decidiste intentarlo por si sonaba la flauta. Como veo que eres un fanático del cine romántico, te voy a iluminar con mi sabiduría femenina para que dejes de hacer el tonto.

Escogiste todas esas actividades porque esperabas conocer a ese alguien especial que llevas años buscando. Tu terca búsqueda de una sustituta es lo que hace que te pierdas toda la diversión por el camino. ¡No te paras a oler las rosas, mamón! Deberías haberte apuntado a todas esas clases para enriquecerte como persona. Si cambias de imagen, hazlo porque quieres verte mejor. Me cuentas que, en cuanto terminen las fiestas, vas a probar suerte con los bailes de salón porque alguien te ha dicho que se liga mucho y estás deseando confirmárselo. Si al final te apuntas, haz el favor de pasártelo bien para que nadie te quite lo “bailao”.

Si no has encontrado a nadie aún es porque tu “método” apesta. Estar receptivo y disponible no es la panacea. Eres encantador, pero tu actitud habla mal de ti. De acuerdo, todos tenemos malas experiencias. No te lo conté, pero creí haber conocido a un chico interesante hace unas semanas y resultó ser un celoso de mucho cuidado. ¡Ya ves! En todas partes cuecen habas.

Cambiando de tema, ¿nos apuntamos a tirarnos en paracaídas el mes que viene? Seguro que con un buen salto, te relajas del todo. ¡Venga! Será divertido. Ya me dirás.

¡Buen fin de año!


Un beso.

martes, 30 de diciembre de 2014

Destino

Cuando Y-17 despertó aquella mañana, ignoraba que los acontecimientos de las próximas horas transformarían su existencia por completo. X-83 abrió sus ojos una hora después. Había tomado la decisión de declararse hoy mismo a Y-17, antes de que él y X-29 se conocieran.

Unos meses atrás, X-83 estaba enamorada de Y-113. Pasaban demasiado tiempo juntos. Sobre todo, manteniendo relaciones sexuales sin fines reproductivos. A pesar de nuestros denodados esfuerzos, esa relación continuaba funcionando. En este punto del informe, debemos indicar que, como solución final a nuestro experimento, queríamos que los humanos Y-17 y X-83 acabaran juntos. Para alcanzar dicho objetivo, primero había que romper el binomio X-83/Y-113. Y, para ello, ideamos complicadas estrategias, empleamos máquinas multiplexoras dimensionales, hormonas de todo tipo y multitud de sustancias químicas sin precisar, manipuladores de estructuras a nivel subatómico, rectificadores de espacio-tiempo y varias impresoras mentales para modificar y falsear recuerdos. No sin esfuerzo, logramos que X-83 abandonara a Y-113, y éste, por fin, pudo emprender una carrera triunfal en el mundo del espionaje industrial, tal y como teníamos previsto.

Tras la ruptura, comenzamos el proceso de reconstrucción de la psique de X-83. Cuando decidimos que el momento oportuno había llegado, sembramos en sus mentes una afición común (la obra de un escritor de culto). Después, escogimos una fecha en el calendario y programamos un evento al que ambos pudieran acudir. A continuación, diseñamos un bonito día de mayo. El cielo azul claro y sin nubes. Los rayos de nuestro sol acariciaban con calidez los orgánulos receptores. Naturalmente, los dos acudieron a la firma de libros que su autor preferido “había organizado”. X-83 llegó primero y aguardó su turno en la fila. Manipulamos la ley de la gravedad para hacer que su cartera se cayera del bolso justo en el instante en el que Y-17 llegaba. Éste la recogió y se la entregó. La sonrisa simétrica y despistada del sujeto masculino conquistó al sujeto femenino. Eso no fue difícil: para provocar un flechazo al instante, basta conocer el funcionamiento del subconsciente y saber cómo actuar sobre ciertas glándulas.

X-83 se enamoró sin remedio. Pero, ¿e Y-17? Este humano siempre nos ha resultado bastante esquivo. De recién nacido, su afán por descifrar las razones ocultas tras el drástico cambio de escenario en el que se hallaba envuelto le abstraía por completo. Estaba tan concentrado que no se percató ni de su propio nacimiento hasta años después. Hoy en día sigue siendo el mismo a pesar de nuestros esfuerzos en la modulación de su conducta mediante compuestos químicos e ingeniería cuántica.

Por mucho que nos esforzáramos con la planificación, ni el precioso lunar de la mejilla izquierda de X-83, ni sus ojos verde esmeralda producto de un cuidado cruce entre sujetos diseñados específicamente con esa y otras cualidades muy deseables para la especie, ni su franca e intensa sonrisa llamaron la atención de Y-17 en el grado deseado. Sin embargo, aquel encuentro “fortuito” sí fue lo suficientemente agradable para la pareja como para que intercambiaran sus números de teléfono. A la semana siguiente, se citaron en un local de comidas de alta calidad. Durante la ingesta de nutrientes, monitorizamos e intervinimos sus procesos cerebrales para conseguir un binomio X-83/Y-17, es decir, un recíproco enamoramiento. Contra todo pronóstico, fallamos. Aun así, sin intervención por nuestra parte, los sujetos decidieron quedar periódicamente. Al fin y al cabo, estar juntos les generaba un incremento irresistible de endorfinas.

Con la bonanza de las condiciones meteorológicas, los sujetos incrementaron la frecuencia y duración de sus encuentros en función de las horas de luz disponibles. Tanto X-83 como Y-17 habilitaron más tiempo para sus aficiones comunes. Asistieron a conciertos, conferencias y representaciones teatrales. Día sí y día también, disfrutaron de piscina, montaña y playa. Sabemos que para X-83 fue una dura prueba el tener tan cerca a Y-17, puesto que su enamoramiento por él se incrementaba a cada minuto que pasaba en su compañía. Una noche, al salir de la filmoteca, Y-17 le habló por primera vez de X-29. Como efecto secundario de nuestra ingeniería de caminos neuronales, el sujeto masculino había decidido crearse un perfil en una web para conocer yunta. Así fue como Y-17 y X-29 entraron en contacto.

Nosotros podemos alterar nuestra posición respecto a la flecha del tiempo. Experimentamos absolutamente todo en un mismo y único instante. X-83 e Y-17 no pueden. El resto de la humanidad, tampoco. Si pudieran, sus destinos tomarían otras rutas y no malgastarían su tiempo.

Al término de sus respectivas jornadas laborales, los sujetos X-83 e Y-17 regresaron a sus casas. Después de nutrirse abundante y saludablemente, indujimos en ellos un estado de profundo letargo. Durante la fase REM, realizamos una serie de pruebas de diagnóstico y les introdujimos pequeñas modificaciones a nivel celular. Al recuperar la consciencia, ambos se sintieron en forma. Se ducharon y se vistieron. El sujeto femenino invertía, en condiciones normales, unos cinco minutos en llegar a la casa de Y-17. Y éste tardaría diez minutos en llegar al lugar de su cita con X-29. Dado que la primera vivía tan cerca, diseñamos una carrera de obstáculos para retrasar su marcha: teletransportadores dopantes ocultos para hacerle recorrer el mismo trecho las veces que hiciera falta sin que se percatara de nada, familias con guapos bebés saliéndole al paso, y manifestaciones por causas diversas.

Entre tanto, Y-17 cogió el ascensor en lugar de las escaleras. Programamos al humano para que sintiera una querencia por el ejercicio físico y un desprecio por los espacios reducidos. No obstante, las posibles consecuencias indeseadas de acudir sudoroso y maloliente al encuentro con X-29 le obligaron a reconsiderar aquel hábito tan fuertemente arraigado. Al pulsar el botón de la planta baja, Y-17 activó el mecanismo que convertía aquella cabina en una improvisada máquina del tiempo temporal. Durante el descenso, contempló proyectados en las paredes diversos momentos vividos en compañía de X-83. También la mostraba a solas o con su familia y amigos. Pusimos a disposición de Y-17 aspectos inéditos de X-83 que siempre habían permanecido fuera de su alcance. Con brusquedad, el ascensor se detuvo en la planta baja. El sujeto no podría recordar de manera consciente toda aquella nueva información. Sin embargo, le dejaría una huella indeleble en su subconsciente que surtiría efecto en cuanto X-83 se le declarase. Pensativo, salió del ascensor. Caminaba hacia la escalera que conducía al portal cuando su móvil vibró. Era X-29.

Como suelen decir en la Tierra, la vida es un juego de azar. Nosotros ni tenemos todas las cartas ni nos guardamos ases en la manga. En este experimento, controlamos únicamente los destinos de X-83 e Y-17. La vida de X-29 la dirigen otros. Ellos condicionaron a su sujeto para que llegara con una hora de antelación al lugar de la cita y dispusiera de tiempo para leer la novela que ese mes llevaba siempre consigo. Se sentó en un sofá junto a la ventana y, justo en el instante en que iba a retomar la lectura, apareció Y-31. Le preguntó si pensaba a quedarse mucho tiempo en el sofá. Ella le contestó que todo el tiempo que hiciera falta e iniciaron un inofensivo combate dialéctico. Cuando ambos se aburrieron, se presentaron. Y-31 le preguntó por el libro que X-29 tenía sobre sus piernas. Con entusiasmo, le contestó que se trataba de una novela sobre androides y ovejas eléctricas. Y-31, que conocía muy bien aquella obra, se sentó a su lado y comenzó a hablarle acerca de su autor y su lisérgica biografía. En cuestión de minutos, X-29 se olvidó de Y-17. A veces es así de fácil. Les deseó lo mejor y colgó el teléfono.

Hace tiempo que modulamos a nuestro sujeto masculino para utilizar el humor como mecanismo de defensa. Mientras bajaba las escaleras, trajimos a su memoria todas las ocasiones en las que sus relaciones con otros sujetos femeninos terminaron de forma similar. En una centésima de segundo, decidió olvidarse de todas las cromosomas X del mundo y salir a dar un paseo. Como aún tenía el teléfono en la mano, pensó en llamar a X-83 y dar una vuelta con ella. Salía por la puerta buscando su número cuando chocó con alguien. Cuando Y-17 recuperó la compostura, reconoció de inmediato al sujeto femenino y, por primera vez, la vio con otros ojos. Con el tiempo, ellos lo llamaron destino. Nosotros, con sorna, libre albedrío.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Borrón

Ascendemos lentamente las rampas de la carretera que conduce al cerro. Vivimos en una pequeña ciudad levantada a sus pies. Llegar hasta la explanada de su cima con nuestros coches y furgonetas apenas nos lleva diez minutos. Hace calor en esta noche de finales de agosto. Somos unas cincuenta personas. Todos, familia y amigos. Traemos guantes, cizallas, cortacables, tenazas, sierras, y, por si acaso, el juego de llaves maestras de siempre y el instrumental habitual.

La carretera hace curva a la derecha y entramos en la urbanización abandonada. Hace unos años, un promotor de la capital llegó a nuestra ciudad para disfrutar de unas vacaciones. Dos meses después, supimos que se había reunido con el alcalde para negociar en secreto la construcción de unos chalets en lo alto del cerro. Para lograr sus fines, sobornó a todo el que se interpuso en su camino. El cerro entero fue recalificado: dejó de ser suelo rústico y se convirtió en suelo urbano. De nada sirvieron nuestras numerosas movilizaciones. Tampoco las alegaciones. Ni las denuncias. El ayuntamiento aprobó la licencia de construcción. Con el paso de las semanas, los prados fueron excavados, nivelados y parcelados. Se levantaron aceras y se asfaltaron caminos rurales, comunales de toda la vida, para facilitar la circulación de caros todoterrenos privados. Y pronto llegó el alumbrado. No habían levantado ni una sola casa cuando encendieron el centenar largo de modernas luminarias LED, supuestamente ecológicas. Las encendían durante toda la noche aunque allí no viviera nadie. Para evitar robos, según decían. Aquel siniestro y frío resplandor blancuzco, que podíamos ver con facilidad desde nuestras casas, nos recordaba constantemente quiénes ostentaban el poder y el lugar que ocupábamos nosotros.

El alcalde creía que el dinero fluiría para siempre y acometió muchos proyectos. Incluso, contra el criterio técnico, externalizó la gestión del alumbrado público. Naturalmente, el concurso estaba amañado para que lo ganara el mismo promotor que estaba erigiendo los chalets del cerro. Cuando éste se hizo con el contrato, cambió todas las luminarias e instaló el mismo alumbrado LED que en la urbanización.

La crisis provocada inicialmente por la burbuja inmobiliaria se llevó por delante los sueños de muchos. Los que se llenaron los bolsillos estafando a ciudades enteras, en cambio, desaparecieron del mapa. Ni qué decir tiene que tanto el promotor como el alcalde pusieron tierra de por medio. Se formó un consejo ciudadano para gobernar la ciudad. Entre otras decisiones, con el poco dinero disponible, se trazó un plan de emergencia. En un par de años y con algunos sacrificios, saldremos a flote.

Y aquí estamos, en la urbanización abandonada. Mientras unos descargan el material y los niños juegan despreocupados, el resto vamos hasta el cuadro eléctrico principal. Bien provistos de cizallas, alicates, guantes gruesos y linterna, empezamos a cortar todos los cables. ¿Para qué mantener encendidas esas farolas inútiles? ¿Para alumbrar el monte? Es ridículo. Cortamos el último y se hizo la oscuridad.

Aunque no puedo ver las caras de mis compañeros, por sus risas y sus palabras deduzco que sonríen, que están satisfechos y felices con lo que acabamos de hacer. Que una sentencia judicial favorable a nuestra ciudad por fin declarara ilegal toda esta urbanización y que una excavadora fuera a derribar lo poco que se había construido, no iba a privarnos de cortar nosotros mismos los cables que mantenían con vida el corazón de este monstruo.

Esta noche la meteorología nos acompaña. Mis compañeros han terminado de descargar y montar los instrumentos que hemos subido a la explanada: varios telescopios y prismáticos de diferentes tipos y aberturas. Hasta hoy, el brillo del oropel nos ha estado robando la salud y las estrellas. Casi sin darnos cuenta. Unos días atrás, terminamos de sustituir todo el contaminante alumbrado LED blanco y lo reemplazamos por luminarias más ecológicas y tenues. Sólo quedaba el cerro.

Poco a poco, la vista se va adaptando a la oscuridad reinante.


- ¿Qué ves? - le pregunto a un niño de diez años que por primera vez observa a través de un telescopio.

- ¡Parece una bola de algodón! – me contesta entusiasmado.

- Ese borrón que ves es una galaxia que está muy lejos, muy lejos, muy lejos, muy lejos.

- ¡Hala!


Que no nos deslumbren.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Negro

Aquella tarde se presentaba la última novela del escritor José Rojo. Después de diez años publicando con gran éxito la serie de libros protagonizada por una astrofísica metida a detective privado, Rojo había decidido abandonar su personaje estrella y crear otro que lo mantuviera en el candelero unas cuantas décadas más.

Aunque llovía, hacía calor para ser noviembre. La Librería Cámara, el lugar escogido para la presentación, era un establecimiento muy conocido y frecuentado por una selecta clientela. Aunque había vivido días mejores, este negocio se mantenía en pie organizando eventos como éste para atraer savia nueva. Los dueños habían transformado el antiguo escaparate en un rincón muy coqueto ideal para presentaciones de libros. El autor invitado se podía sentar en un cómodo sofá y atender a los periodistas y a los fans. Cuando llegué, el conocido escritor ya había empezado a presentar su nueva criatura al mundo.

En honor a la verdad, entre las rendidas admiradoras, unos cuantos periodistas y algún curioso, apenas una veintena de personas asistimos al evento. Las últimas novelas protagonizadas por Alba Blanco recibieron bastantes críticas desfavorables. La obra conservaba su popularidad entre los lectores aunque las historias ya no engancharan tanto. A pesar de ello, todos los libros de la Saga Troyana se seguían vendiendo tan bien como la primera: “Un cuásar en la morgue”. En ella, Rojo narraba los inicios de la astrofísica como detective privado. Al poco de terminar su formación en criminología, la sección secreta de la policía especializada en la resolución de casos particularmente truculentos y extraños solicita la ayuda de Blanco para que colabore en la detención del asesino de la singularidad. La aplicación del método científico y su particular sexto sentido la ayudarán a atrapar a los criminales a tiempo para observar algún fenómeno astronómico.

Sin embargo, Alba Blanco ya es historia. Un José Rojo sonriente posaba con su nueva criatura: “Una travesura sin color”. Con aquel trabajo, Rojo pretendía dar un golpe de efecto a su carrera. Para ello, escogió la historia de un comisario cincuentón, alcohólico y recién enviudado que se enfrenta al rompecabezas de su vida: resolver un crimen que aparentemente no lo es y un robo que tampoco es lo que parece. En un más difícil todavía, el autor decidió comenzar a contar la historia por el final. Todo un ejercicio de estilo del que José Rojo salió bien parado y que le reconcilió con la crítica más reacia.

Al término de la presentación, se celebró una fiesta en la cafetería de la Alhóndiga. Se retiraron las mesas y las sillas para dejar espacio a los numerosos invitados. Desde el escenario, un dj mezclaba sus creaciones sin que sus decibelios enmascararan las pequeñas conversaciones que surgían aquí y allá. Risas, miradas y susurros acompañaban a nuestro anfitrión mientras saludaba y charlaba con todos los presentes. Los camareros iban y venían con sus bandejas bien cargadas de bebidas alcohólicas de todos los colores. Decidí acercarme al mostrador para pedir un café. Mientras lo esperaba, se me acercó un José Rojo exultante:

- ¡Hola! No está permitida la entrada a blogueros. Pero contigo, haré una excepción.

- ¡Vete a tomar culo! 

- ¡Jajaja! ¿Qué tal va la web? ¿Te va tan de puta madre como dicen?

- La verdad es que sí - contesté con modestia -. Cuatro millones de visitas individuales al mes colocan mi sitio como el más visitado y el tercero en volumen de negocio. No puedo quejarme. Gano más que suficiente para mis caprichos. "Una travesura sin color" es jodidamente buena, por cierto.

- ¡Gracias! La semana que viene, cuando me entrevistes, te lo firmo durante la sesión de fotos. Ya sabes que estoy encantado de atender a todos mis admiradores. ¿Sabes? - comenzó a hablar mirando a la multitud -. En fiestas como ésta, se me ocurren la mayor parte de mis historias de crímenes.

- Muy apropiado - contesté socarrón y sarcástico.

- Sabes que me cuesta mucho desconectar. Rodeado de políticos, banqueros, periodistas, cutres blogueros, modelos y fans, no puedo evitar pensar que cualquiera de ellos podría ser un asesino en serie. 

- Para ser un capullo, has salido muy bien parado sin Alba.

- Como otros muchos hombres y mujeres de ciencia de este país, ha tenido que emigrar para proseguir sus estudios y labrarse un futuro mejor. Me la imagino en Mauna Kea combatiendo los síntomas del mal de altura mientras investiga las galaxias más lejanas. Puedo hacerla volver a la criminología cuando quiera... Te confesaré algo: mi editor me montó un pollo después de leer “Los asterismos ubicuos”, la última de Alba. ¡Incluso me amenazó con ir a juicio si no escribía una nueva entrega de la Saga Troyana! Cambió de idea en cuanto leyó los primeros capítulos de “Una travesura sin color”.


Mientras me contaba con todo lujo de detalles los pormenores de la gestación de su última novela, lo intrincada y dura que fue la investigación de campo y, sobre todo, lo mucho que agradecía a sus fans incondicionales que siguieran comprando sus obras y productos relacionados, no apartó la mirada del escenario. Se interrumpió de repente y sonrió:

- Veo a la musa de mi próxima historia, campeón. ¡Nos vemos! – y salió al encuentro de una rendida fan de veinticuatro años dispuesta a hacer lo que fuera por su autor favorito.


Por fin llegó mi taza de café. Con mucho cuidado, logré sortear todos los obstáculos y acercarme al escenario sin verter ni una sola gota. El dj seguía pinchando su música sin que, aparentemente, nadie le prestara atención. Cerca de su posición, la editorial había dispuesto, en una larga mesa, numerosos ejemplares de la Saga Troyana y de "Una travesura sin color". Siempre me ha fascinado la facilidad con que Rojo escoge el título adecuado para sus obras y su habilidad para diseñar él mismo las portadas de sus novelas. Estaba a punto de dar el primer sorbo al café, cuando alguien me dio un toque en el hombro. Me giré. Era un hombre alto, delgado, de unos cuarenta y tantos años, con gafas de pasta negra y traje oscuro. Tras los saludos de rigor, se presentó como Joaquín Negro. Su nombre no me sonaba de nada. Conozco a toda la profesión y aquel tipo me era completamente desconocido. Me invitó a que lo acompañara a un rincón donde podríamos charlar tranquilamente.

- Parece que se ha congraciado de nuevo con la crítica - dije para romper el hielo.

- Rojo vendería a su madre con tal de seguir ganando pasta.

- ¿Se conocen o simplemente detesta que haya dado carpetazo a la Saga Troyana?

- No me cae bien.

- Soy todo oídos - contesté fingiendo curiosidad.

Me miró expectante unos segundos, y continuó:

- Soy el autor de todas las novelas de José Rojo - sentenció.

- ¿Que el autor de “Los juncos marrones” y “Albedo azul” contrata a un negro para que escriba sus obras? ¡Ja!

- Los fans sois unos putos incrédulos. Rojo y yo nos conocimos hace algunos años en un encuentro para escritores en ciernes muy cerca de aquí. Nos presentaron y nos caímos bien. Hablamos de nuestros escritores favoritos, las obras que nos gustaban y lo mal que nos caía Roberto Beige: ambos detestábamos sus novelas negras y su falta de talento. Nos hicimos amigos. Unos meses después, quedamos en un café no muy diferente a éste para ojear nuestras obras antes de enviarlas a una editorial. Reconozco que hasta entonces, no había leído nada suyo. No estaba preparado para algo tan...

- ¿Bueno? - dije seco.

- Todo lo contrario. Sus personajes eran planos y no había historia. Se la rechazarían sin contemplaciones. Él, en cambio, se deshizo en elogios hacia mi trabajo. Para él, mi “Basalto” era una obra revolucionaria. Me auguró un futuro prometedor. Nos convencimos mutuamente para acudir en persona a la editorial y entregar nuestros manuscritos. Fue en ese momento, cuando intercambió las obras. Al cabo de un mes, recibí una carta en la que me notificaban que habían rechazado mi novela. Llamé por teléfono a Rojo para contarle las malas noticias y quedar con él en la cafetería de siempre. Llegó exultante.

- ¿Cómo te diste cuenta del cambiazo?

- Cuando abrí un ejemplar autografiado de “Un cuásar en la morgue”. Así supe que su ópera prima era mi “Basalto”.

- ¿Por qué no lo denunciaste?

- Conservaba en mi poder todos los borradores de mi trabajo y podía demostrar fehacientemente quién era el autor de la primera novela de José Rojo. Para evitar un escándalo, la editorial me ofreció un trato.

- ¡No me lo creo! ¿Por qué me cuentas todo esto?

- Por diversión, supongo. He escrito todas las novelas de José Rojo. Él quería que siguiera escribiendo más crímenes del asesino de la singularidad. Para tocar los cojones, decidí crear al Inspector Bruno. ¿No te parece que todos hemos salido ganando? Ahora usted, don bloguero importante, también es cómplice de nuestra pequeña trama. Si cantas, la editorial no dudará. - Se levantó del sillón y buscó a Rojo con la mirada. - Son muy buenos protegiendo sus secretos.


Me quedé allí sentado con mi café helado mirando cómo Negro se dirigía al encuentro de Rojo. Intercambiaron saludos corteses, unas risotadas, un largo abrazo y una conversación susurrada al oído. Ambos me miraron y me dedicaron un guiño de confianza.

Ciego

Ignoro los cantos de sirena. Sólo importa el destino. Por si se desvaneciera bajo mis pies, no pierdo de vista la senda. Hasta que el camino desaparece y yo con él.

martes, 25 de noviembre de 2014

Usa la cabeza

Elegir el vagón de metro en hora punta es como el amor: un acto de fe y un deporte de riesgo. Lo practico todos los días con resignada entrega y no siempre salgo indemne de la empresa. Dado que hoy puede ser un gran día, he decidido enfrentarme a mis demonios y hacerme valientemente con un asiento dentro de esa lata de sardinas con ruedas.

Como quien espera a su amada, toda una recua de humanos aguarda en los andenes la llegada de los carruajes que nos llevarán a nuestras respectivas fiestas. Sin embargo, es bien temprano para celebraciones. A las nueve de la mañana me reúno con un editor para la posible publicación de mi primer libro de poemas. Estoy muy nervioso y excitado. Me consume la impaciencia y no veo la hora de tomar por fin el metro y llegar a la cita. ¡Ya suena! Escucho el chirriar de sus ruedas en los raíles al enfilar la última curva. La iluminación del andén sube y el convoy se detiene despacio.

Las puertas se abren. Con algo de extrañeza, entro sin darme de codazos con nadie. El vagón va bastante vacío y quedan asientos de sobra para todos. Aún en la puerta, descarto la idea de sentarme y me quedo de pie en un rincón cerca de la salida. Desde la estación de Erandio, quince minutos para llegar a destino.

El tren arranca. Al poco, una cantidad nada desdeñable de pasajeros empieza a entrar trastabillando en nuestro vagón. Es una estampida en toda regla provocada por un encantador de olores. Esta clase de pasajeros son capaces de hacer bailar su apestoso olor a sobaco hasta alcanzar las mismísimas fosas nasales de sus víctimas. De esta manera consiguen el asiento que quieren y, en cuanto culminan su objetivo, cesan pacíficamente. Igual que la paz regresa a la sabana una vez que el cazador ha cazado a su presa.

Trece minutos por delante y nada que hacer, excepto observar a los demás pasajeros e imaginar historias. Por ejemplo esta joven de pelo tricolor, auriculares gigantes, collar de perro, chaqueta de cuero y botas Martens de imitación que viaja de pie a mi lado. Para llamar su atención, le compondría unos sonetos tan explícitos y sexuales que abandonaría para siempre al pusilánime de Álex Ubago. Sí: desde mi posición, puedo escuchar cómo ese cantante le susurra a voz en cuello sus llorosas estrofas al oído. O, aquella señora de cuarenta y pocos, gafas de sol, collar de perlas y pendientes a juego y abrigo de piel. Escogió un asiento de pasillo y, sin duda, oculta algo bajo esa anacrónica prenda. ¿A comienzos de septiembre y con abrigo de invierno? ¿Por qué no una gabardina? Sin duda, algo esconde. Tengo que decidir el qué. ¿Un arma blanca, tal vez? O, ¿quizás viaja desnuda? Quizá va a reunirse con su amante en el hotel Carlton y por eso viste sus mejores galas. O es una terrorista internacional del arte que ha quedado con sus secuaces en Deusto para realizar una performance con cierta pasarela de Calatrava.

Analizo, absorto, la verosimilitud de todas esas posibilidades, cuando el metro se detiene en la parada de San Ignacio y la chica de la melena tricolor abandona el vagón. El vacío no tarda mucho tiempo en ser ocupado por una rubia guapísima. Veinte años. Melena hasta los hombros. Complexión delgada. Con curvas. Riñonera. Pantalón corto de color caqui, camiseta blanca de algodón y unas deportivas algo gastadas por el uso. Huele muy bien y no parece una encantadora de olores. Ya no echo de menos a Álex Ubago.

Se percata de mi mirada escrutadora y me saluda con un pícaro "hola". No quiero ser antipático y le saludo sonriendo tímidamente con descaro. El tren arranca y ella se me cae literalmente encima. Con esa excusa, iniciamos un diálogo. Me cuenta que es una turista recién llegada y me pide indicaciones para llegar al Palacio Foral. Le sugiero salir del metro en Moyúa, por la calle Diputación, y seguimos hablando de otros temas más interesantes. Con el traqueteo del vagón, las paradas y las reanudaciones de la marcha, la conversación se va animando y le confieso que he caído presa de su hechizo. Me contesta con una sonrisa tan deslumbrante que me olvido por completo de escucharla. Poco importa: esa chica tiene algo, un no sé qué que qué se yo que me hace suspirar y corresponder a sus sonrisas con las mías elevadas al cuadrado. Cada palabra suya que sale de su boca es una flecha directa a mi corazón. ¿Quién lo habría pensado? ¡En el metro! Aquí estamos, ella y yo. Mi cerebro se niega a racionalizar la situación. ¡Viva la irracionalidad! Envalentonado por la comunicación no verbal, la aparente reciprocidad y el vaivén de la lata de sardinas, voy reduciendo la distancia entre los dos hasta que mi boca prueba su valía. ¡Sabe a fresa! El tacto húmedo y cálido de su lengua con la mía resucita viejas esperanzas. Cierro los ojos y saboreo lentamente la intensidad del momento.

Pierdo la noción del tiempo y el espacio. La megafonía del vagón anuncia la próxima estación: Moyúa, la parada de la chica. A los pocos segundos, el tren se detiene. Nuestros labios se separan perezosamente y la chica se apea con fastidiosa rapidez. Me siento muy tentado de acompañarla adonde sea que vaya. ¡Al cuerno mi futuro como poeta reconocido! Sin embargo, me quedo clavado en la puerta mirando cómo se aleja. Al llegar a las escaleras, se para en el primer escalón. Se gira. Nos miramos. Me guiña un ojo y exclama:


- ¡Ahora que tengo tu teléfono puedes llamarme cuando quieras!


Se cierran las puertas y el tren arranca. Un par de estaciones más y habré llegado. Sigo en una nube y me da igual que todo el pasaje me esté mirando muerto de envidia. Me siento henchido y pleno de confianza en mí mismo. Meto mis manos en los bolsillos mientras recuerdo las últimas palabras de la rubia. La sonrisa se me congela.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Mi buhardilla

 Bilbao, a 3 de noviembre de 2014.



Querido amigo:

Aprecio muchísimo sus cartas. En esta época de unos y ceros, la tradición epistolar manuscrita se está perdiendo y me resulta muy grato encontrar a otra persona que también luche por mantener viva esta costumbre. Sin embargo, tendrá que disculpar que recurra en esta ocasión al frío ordenador para escribir unas líneas. Hace unos días, me lesioné la mano derecha y aún me cuesta sobremanera sujetar la estilográfica.

Recuerdo de memoria su anuncio en el periódico: “Se busca piso céntrico en Bilbao para intercambio durante el verano”. Proponía unas vacaciones diferentes a aquel que aceptara sus condiciones. No imaginé que seríamos tan pocas las personas que se pondrían en contacto con usted y que sería yo, con el correr de los meses, quien se ganaría finalmente su confianza. En su última misiva, describió con todo lujo de detalles todos los recovecos y usos de su pequeña casa de dos pisos y desván en el barrio marinero de Cimavilla, en el casco antiguo de Gijón. No sabe cuánto le envidio.

Sé que le gustó mucho mi piso de la calle Correo. Como bien sabe, vivo y paso consulta en un vetusto inmueble de tres alturas construido en el siglo XIX. Por mucho encanto que conserve la finca, ésta presenta algunas incomodidades. No obstante, con el presupuesto adecuado se pueden hacer maravillas. Y eso hice con mi buhardilla. Hacía décadas que su anterior dueño se había hecho con las dos manos del último piso. Gracias a mi talento natural, me lo cedió sin oponer mucha resistencia y pude emplear todo el dinero que quise hasta dejarlo por completo a la medida de mis necesidades. En unos pocos meses, lo convertí en un piso de cuatro amplias y luminosas habitaciones, dos baños completos y un aseo, una sala de estar espaciosa, una cocina funcional y un despacho elegante. Además, invertí una parte sustancial del presupuesto en insonorizarlo y aislarlo convenientemente. Bien sabe usted que no hay nada peor que escuchar lo que sucede en el piso de abajo o en los edificios contiguos.

Cuando emprendí la reforma de mi recién adquirido hogar, descubrí para mi estupor que había que cambiar toda la estructura del tejado por culpa de una plaga de voraces termitas. Aproveché la coyuntura y con algo de diplomacia, conseguí convencer a la comunidad de propietarios para que me permitiera abrir en el tejado unas cuantas claraboyas. De esta forma, gané en luz natural. Además, se renovó toda la instalación eléctrica, de gas y de fontanería, se cambió la distribución de espacios, suelos y ventanas y se eliminó toda la madera comprometida de las estructuras. Escogí muebles sencillos y funcionales, y opté por un parqué de roble claro mate para todos los suelos. Para las paredes, elegí pintarlas de blanco roto. Para los techos, un blanco inmaculado. Mandé alicatar parte de la cocina y los baños con unas baldosas y baldosines de un inequívoco gusto minimalista extremadamente fáciles de limpiar. Reconozco que me quedé muy satisfecho con la reforma.

Si durante la estancia en mi hogar le surge la necesidad, puede utilizar sin reparos mi despacho. Es una estancia de la que me siento particularmente orgulloso. De vez en cuando, realizo en ella mis pequeños proyectos. Al verme cargar con las sierras, el plástico para embalar y los sacos de cemento y cal, algún vecino habrá que me considere aficionado al bricolaje casero. Entre usted y yo, no andaría nada desencaminado.

De entre todos las habitaciones disponibles, decidí instalar mi cuarto de trabajo y despacho en la habitación abuhardillada contigua al dormitorio principal. Es una forma de asegurarme tener muy a mano un baño y una cama. No me devané los sesos para seleccionar el mobiliario: una mesa sencilla con cajones, una silla, un diván y un cómodo sillón de cuero negro. No hace falta más. Me resulta mucho más útil la habitación casi desnuda que atestada de muebles. En la pared que separa mi dormitorio del despacho, colgué una pésima copia a escala del Guernica que yo mismo pinté en mi juventud. Me paso las horas muertas mirándolo sentado en mi sillón de cuero negro. En mi despacho no se oye nada en absoluto. Ni el más mínimo ruido proveniente de la calle o del edificio de al lado. Silencio absoluto. Me siento en paz. Contemplo el cuadro y la pared, y recuerdo lo mucho que disfruté levantándola yo mismo. Ladrillo a ladrillo. Aunque le quité cuarenta centímetros de superficie útil al piso, mereció la pena. Nunca está de más incrementar la capacidad aislante de la lana de roca, el eco-aislamiento y las cámaras de aire. Habrá quien opine que es completamente innecesario. Pero usted y yo sabemos que se equivocan: cuarenta centímetros de espacio tras un tabique vienen a pedir de boca para atesorar recuerdos. Como el cadáver del anterior dueño de mi buhardilla, por ejemplo. Era un anciano odioso, egoísta y maleducado. Guardaba este tesoro en pleno casco viejo y se negó a vendérmelo aunque le ofreciera el triple de su valor de mercado. No tuve más remedio que drogarlo para someterlo y hacerme con el piso. Durante los meses que duró la obra, lo mantuve inconsciente en mi antigua casa y nadie lo echó de menos. Lo desperté la primera noche que pasé en mi nuevo hogar, justo en el momento de emparedarlo vivo tras la pared. Envuelto en su sudario de plástico, susurraba con aliento trabajoso que lo soltara, que lo dejara vivir, que a cambio me daría todo lo que quisiera. Casi se desmaya de nuevo cuando, con sus ojillos vidriosos, se percató del contenido de las otras cinco bolsas de plástico que le acompañarían en su última morada. Juntos, los seis, hicieron posible mi actual residencia. En pago por sus servicios, los guardaré siempre en mi corazón.

¡Oh! ¡Cuántos recuerdos! Tuve que mudarme porque mi antigua casa se me estaba quedando pequeña. Sobrará espacio en mi nuevo piso durante mucho, mucho tiempo. Y, como nunca la vendí, si la nostalgia me invade, puedo volver siempre que quiera a mi antigua casa a jugar con todos mis souvenires. Algún día se la describiré con todo lujo de detalles y también le contaré las historias de mis recuerdos más queridos.

Hacía mucho que no me sentía tan vivo al recordar viejos tiempos. Supongo que a usted le habrá pasado alguna vez lo mismo. No veo el momento de contemplar y estudiar todas las habitaciones de su casa. Y sobre todo, sus esculturas. Tengo muchas ganas de que me explique con detalle sus técnicas porque, por lo que deduzco de sus cartas, es todo un experto en plastinación. Cuando se hospede en mi casa, espero que disfrute de mi hogar tanto como yo ardo en deseos de hacerlo del suyo.

Sin más, quedo a la espera de sus próximas y ansiadas cartas.




Fdo.: Un verdadero admirador.

viernes, 31 de octubre de 2014

Citas

- Esta web asegura que conocer hombres nunca ha sido tan fácil. Como propaganda es efectiva y te aseguro que no es publicidad engañosa. La he probado, Nerea. Venga, apúntate.



Respiro hondo y accedo a la enésima recomendación de Carmen.



- A ver de qué va esto. Te registras, se suben un par de fotos, se rellena el cuestionario y, ¡listo! Vale, ¡va! A ver qué pongo... Me llamo Nerea. Tengo 30 años. Soy empleada de... de banca. Mido 1'65 metros, peso a ti qué te importa, constitución normal... ¿Aficiones? Umm... Me gusta nadar, hacer esquí acuático, la escalada libre, la esgrima, la petanca, el juego del pulgar, el póquer y el tres en raya. Eh, Carmen, ¿qué crees que debería poner donde me pide que describa al hombre que estoy buscando?

- Describe tu tipo ideal de hombre. ¡Más sencillo, imposible!

- Me refiero a qué funcionaría mejor para atraer a más tíos.

- ¡Joder! Pues, sé poco específica.

- No sé qué poner exactamente.

- Escribe algo genérico. No sé: alto, delgado, musculoso, viajero, muy listo, con barba, escalador como tú...

- ¡Ja, ja! Sabes que no hago nada de eso. Mi único deporte de riesgo es salir con vosotras de vez en cuando y trabajar muy duro como dependienta del Zara.

- ¡Eso da igual! En cuanto vean tus fotos...

- Esas sí son de verdad. Bueno, con algún retoque leve.

- En cuanto te conozcan, les dará igual que no practiques la escalada. Estarán encantados y deseosos de hablar contigo. Un par de mentirijillas no van a ninguna parte. Ya conocerán tus secretos si se hacen merecedores de ello. ¡Venga! Pulsa guardar y tu perfil estará disponible en la web. Ya verás cómo te llueven los admiradores.

- ¿Tú crees? Mira cómo son los perfiles de estas chicas. Casi todas son súperguapas.

- Ya y también hay callos malayos y orcos. Y casi todas han subido fotos de viajes a Tailandia y al Nepal. ¿Y qué? Se han registrado muchas chicas en esta web, sí. Pero hay hombres de sobra para todas. Eres resultona y conocerás a muchos hombres ahí, seguro. Además, ese rollo desesperado atraerá a un montón de tíos.





No puedo reprimir una mueca de triste desaprobación. En mi vida, no es oro todo lo que reluce. Pero estoy satisfecha. Cuando quiero conocer a una persona, me gusta ser yo misma. Valoro mucho la sinceridad y no me gusta nada mentir. Tiendo a desconfiar de primeras y conocer gente a través de las redes sociales me repele. Con lo fácil y sencillo que fue con mi ex-novio. Lo conocí en fiestas de Vitoria. Él iba con sus amigos y yo había ido a la ciudad donde hacen la ley con los míos. Chocamos el uno contra el otro cuando él entraba en el café Dublín y yo salía de él. Íbamos un poco achispados, pero eso no nos impidió disculparnos con extremada educación. Casi sin darnos cuenta, nos quedamos mirándonos embobados y sonrientes, encantados de estorbar en la estrecha entrada del café. Por mucho que nos gritaran y empujaran, nos quedamos unos minutos ahí sonriéndonos como idiotas. Ni me di cuenta de que ambos habíamos dejado tirados a nuestros respectivos amigos para quedarnos charlando hasta las tantas. Así de sencillo. Así de fácil. Estuvimos juntos diez años. Buenos años. Hasta que un buen día me dejó por otra. ¡Cosas que pasan! Ya he llorado más que suficiente y ahora quiero conocer gente nueva, arriesgarme y ver con qué me encuentro. No estoy desesperada aunque Carmen lo piense.





- ¿Tú crees?

- Sigues estando buena. Mirarán esas fotos tuyas y les dará igual que trabajes en el Zara o en Bankia. ¿Qué crees? ¿Que ellos no meten trolas en sus perfiles? Mira el perfil de este tipo, por ejemplo. Normalillo. Treinta y tantos. Fíjate cómo son las fotos que ha colgado: ¡todo Photoshop! Y fíjate cómo éste otro se describe así mismo: ¡qué manera más descarada de darse autobombo! Todos son de lo más normal del mundo y todos mienten.

- De lo más normales... ¡Mira cómo está éste! ¡Qué bueno está! Es como a mí me gustan: alto, guapo, parece simpático, con barba...

- Sí, justo como a ti te gusta.




Espero que a Nerea le vaya bien en esta página web. Reconozco que a mí no me ha ido demasiado bien. Todos los que me han metido ficha son unos cerdos mentirosos. Van buscando sexo solamente. Ya he tenido mi dosis de eso y ahora quiero algo duradero. Por más que busco, no encuentro nada a mi altura. Da igual que sean feos que tíos de revista. Tarde o temprano, se van. ¡Qué asco! No sé. Quizá bajo esta fachada de optimismo sea una amargada. Sin embargo, espero que a Nerea le salga bien y conozca a un buen tío. Ha estado muy jodida estos últimos meses. Es lo que tiene quedarse con el primer tipo del que te enamoras: no estás curtida y todo queda magnificado bajo el estigma de la primera vez para todo. Conoció al idiota de su ex siendo una cría y se han separado hace nada. No sé si es muy consciente de que esos tipos altos que mira embobada en la página web, todos esos guapos barbudos sonrientes, tienen vidas de los más insulsas. La mayoría son unos jodidos sosos. Todos ellos, los feos y los guapos, pueden romperle el corazón en cualquier momento, tanto si tiene cuidado como si no. En fin... Que conozca a alguien nuevo de una vez, pero que no se haga tampoco demasiadas ilusiones. Las expectativas son unas hijas de puta. ¡Que pase página y aprenda eso también de una vez!



- Me gusta.

- Hazle una petición de conversación. Pero tampoco te hagas ilusiones, eh.

- ¡Ay! ¡Se me ha adelantado! ¿Qué le digo?

- Ahora te toca a ti. Yo ya he hecho bastante.

- ¡Gracias por nada!

- ¡Ja! Lo harás bien. Se empieza con un hola. Lo que venga después, es cosa vuestra.

- Está bien.





Espero que Carmen no se equivoque. Y mientras escribo mi primer hola en una web de contactos, experimento de nuevo esa sensación de nerviosismo y alegría, esas cosquillas en el estómago. A ver qué tal sale.

jueves, 23 de octubre de 2014

Hoy voy a conocer a mi padre

Supe que era él la mañana que leí su esquela en el periódico. Entre mis rutinas diarias, la lectura pormenorizada de las notas necrológicas me ayudaba a arrancar por las mañanas. Al contrario que a la mayoría de la gente, esa sección del periódico me espabilaba y me hacía recordar cuán corta es la vida. Sin embargo, mientras leía aquella esquela, un sentimiento de pesar, rabia y tristeza me invadió por completo.

En realidad, no conocía a mi padre. Mi madre apenas me contó nada sobre él y lo que encontré durante mis investigaciones tampoco me ayudó a esclarecer las razones de su huida. Sólo sabemos que mi padre nos abandonó la mañana de mi tercer cumpleaños. Dejó una escueta nota en la que decía que se iba a por tabaco, tarta y cerveza. Nada más. Ninguna explicación.

De camino a la oficina me crucé con cinco funerarias, un estanco, dos panaderías, tres cafeterías, un bar y media docena de pastelerías. Cada uno de esos establecimientos, que antes no me decían nada en absoluto, ahora me hablaban de mi padre. ¿Por qué se marchó? ¿No era feliz con nosotros? ¿Se enamoró de otra persona? En la nota necrológica, su familia le recordaba como un padre ejemplar, un enfermo de hepatitis crónica que sobrellevaba su grave enfermedad con tesón y un amante y cariñoso esposo. Le echarán mucho de menos, decía la esquela. Ni una palabra acerca de mí o de mi madre, cosa normal por otra parte.

El funeral de cuerpo presente sería esa misma tarde, a las siete, en una conocida iglesia. Me pasé toda la jornada reflexionando sobre los pros y los contras de acudir o no al funeral. ¿Debería asistir a las exequias del finado o no? ¿Cómo me sentiría en el funeral rodeado de sus seres queridos? Y sobre todo, ¿debía contárselo a mi madre? En el momento de dar el pésame a la familia, ¿les podría decir algo de corazón que los reconfortara, o me saldría por la boca en forma de amargas palabras toda la bilis acumulada por el odio todos estos años? ¿Debía revelarles mi existencia y la de mi madre, así como los pormenores de la fuga de mi padre, o debería dejarlo estar? O más inquietante aún, ¿sabrían ellos de nuestra existencia por boca de mi padre y callaron, o éste se llevó el secreto a la tumba? Decidí dejarlo en manos del azar. Después de tantos años, iba a conocer a mi padre. ¡Eso es lo que importaba! Y allí, en función de los acontecimientos y mis sensaciones, me decantaré por arruinar su bonito recuerdo o ser cómplice de su infamia.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Nimbus*

Bajo este cielo hostil, las hormigas me hacen cosquillas. Si pudiera, reiría. Trato de concentrarme. Boca arriba, a merced de los elementos, miro las nubes. Hay muchas donde escoger. Un cumulonimbus con forma de almohada me recuerda tiempos mejores. Y aquel otro parece una lápida. Y aquella otra, también. El cielo hoy es un cementerio.

El viento vence por K.O. a un sol que se ha dejado ganar y agita la hierba a mí alrededor en señal de victoria. ¡Qué arrogante! ¡Qué asco! Siento frío. Si pudiera, temblaría. Tengo sueño. Si pudiese, dormiría. Está a punto de llover. No falta mucho.

 *Relato publicado originalmente en Palabra Obligada el 24 de septiembre de 2014.

lunes, 26 de mayo de 2014

Ensayo fugaz sobre la moda juvenil*

El tiempo puede convertir cualquier objeto,hasta las cosas más absurdas y peregrinas, en ordinaria cotidianidad. El vestuario de Woody Allen en “Sueños de seductor”, por ejemplo: el paso de las décadas ha transformado las camisas de leñador y las gafas de pasta que el autor de “Annie Hall” lucía en aquel filme en artículos imprescindibles para el más común de los pijos. Podemos aplicar el mismo principio a cualquier otro ropaje que el supremo dios del Tiempo decida traer de nuevo a nuestros días. Así, una buena capa de polvo y el fluir de la incansable arena, obrarán el milagro de la metamorfosis y olvidaremos cualquier atisbo hortera que dicha prenda pudiera desprender. Es como si ingresase en protección de testigos, cambiara de identidad y la elevásemos a la categoría de Tótem de la Modernidad con Mayúsculas. Todo fluye, va, viene y vuelve. Excepto las hombreras. O, quién sabe…

* Relato publicado originalmente en Palabra Obligada el 21 de mayo de 2014.

domingo, 23 de marzo de 2014

Con vosotras aprendí...

El amor romántico es la mentira suprema. El gran embuste. Una estafa de proporciones colosales fabricada con despiadado esmero por una Humanidad sumida en el autoengaño colectivo. La vida es gris y triste, poquísimas veces colorida y donde abundan las decepciones y las trolas. Esforzarse en ver las cosas de otro modo es hacerles el juego, y no estoy para perder el tiempo con nada ni nadie.

Todo es mentira. Haceos rápido a la idea u os expondréis a grandes decepciones. Yo aprendí la lección por las malas gracias a vosotras, mis chicas: las que nunca llegaron, las que se fueron antes de llegar, las pocas que me aceptasteis por un tiempo en vuestras vidas, las muchísimas que me rechazasteis sin contemplaciones y las que, simplemente, pasabais por aquí y decidisteis quedaros como amigas. A todas vosotras, mi eterno agradecimiento.

Todas tenéis razón: la vida puede ser preciosa, llena de color y todo es posible. Cualquiera puede encontrar el amor todas las veces que quiera siempre que esté preparado. Si la cosa funciona, tendrás a alguien con el que enfrentarte al mundo y salir victoriosos del empeño. Puede que decidáis tener descendencia juntos y que vuestros hijos, tarde o temprano, se avergüencen de vosotros. Sí, la vida puede ser maravillosa y todo podría cambiar en cualquier momento. Dar un paso, tropezar con una mirada interesante o un escote vertiginoso, y... ¡Zas! ¡La vida se transforma por completo y sin remedio! Puede que de una forma que ni siquiera seas capaz de imaginar. Es posible que te des de bruces con una fuente de mayores dosis de sufrimiento y frustración de las que puedes tolerar y, aun así, continúes adelante porque lo que acabas de encontrar es cuantitativamente mejor que no tener nada.

La vida está llena de posibilidades. Lo aprendí de vosotras porque no os hartáis de decirlo continuamente. He probado casi de todo con tal de daros la razón. Da igual que salga todas las noches o que no salga en absoluto. Poco importa que beba y me destroce el hígado o que abrace Los Doce Pasos. Tampoco funcionaron mis incursiones en el veganismo y otras modas alimentarias de dudoso valor nutricional. También fue un fracaso total mostrarme muy activo en las redes sociales e interactuar con intensidad con todas las mujeres interesantes que el azar puso en mi camino. Un año me apunté a clases de inglés porque, según me decíais muchas de vosotras, aprendiendo idiomas se liga. Ahora hablo algo de inglés, sé decir muchos tacos, pero no conseguí ni un teléfono, ni un facebook, ni nada. Algunas de vosotras me sugeristeis amablemente que me apuntara a bailes salón, y descubrí que no sólo soy penoso ligando sino que también poseo una rara descoordinación general que me incapacita para bailar merengue y lambada, así como para jugar al baloncesto. Por supuesto, tampoco ligué. También me apunté a yoga: aguanté una semana y después solicité la baja médica para recuperarme del principio de triple hernia discal. Por supuesto que, mientras torturaba mi cuerpo con aquellas horribles posturitas, tampoco conocí a nadie que mereciera la pena. Parece que nada funciona y mira que me empeño. Ni siquiera atraje a ninguna chica cuando me hice asceta. He probado el hipnotismo, libros de autoayuda para ligar, páginas web de contactos... ¡Hasta homeopatía! ¡Y nada! ¡Ojo! No lo he probado todo aún, con lo que el próximo remedio podría ser el definitivo. O puede que tampoco.

Siempre existirá alguien mejor que yo. Esa es, sin duda, la lección más importante que aprendí con todas vosotras: invariablemente, tarde o temprano, surgirá un hombre que se ajuste mejor que yo a vuestros requerimientos y preferencias. Si estáis conmigo, en algún momento aparecerá un tipo más alegre o más triste que yo, o más joven o más viejo, o mucho más delgado o mucho más gordo, o que os preste más atención que yo o mucha menos, o que sea más listo o muchísimo más bobo que yo... Así ad infinitum. En suma, un hombre idóneo y más deseable que yo. Y, antes de darme cuenta, os hartaréis de mí y saldréis en pos de alguien que se afeita la cabeza porque está de moda y/o se deja barba porque es lo más. O, aún peor: hartas por completo de mi tediosa prosa, os arrojaréis a los brazos del primer poeta que os componga odas y sonetos dedicados a glosar vuestra inmortal belleza. Según parece, componer versos es una cualidad muy apreciada, casi tanto como dejarse barba o afeitarse la cabeza. En la lucha por vuestro amor, nada puedo hacer para vencer al poeta mojabragas de turno.

Dicho todo esto, apostillo sin rimar:

Ni os busco,
ni os espero.

Ni aguardo turno,
ni os rindo culto.

Ni suplico,
ni me arrastro.

Ni tampoco me abandono
a los cantos de tu arisco recuerdo.

Sonrío. Y basta.

viernes, 21 de febrero de 2014

Banco *

Es verano. Hace calor, pero no demasiado. Sopla una ligero viento que relaja el ambiente y levanta las faldas lo suficiente como para disfrutar mejor del paisaje. Estoy tumbado boca arriba en un banco del parque. El viento juguetón sigue a lo suyo mientras dirijo mi mirada hacia el imperturbable cielo azul. Tengo muchas cosas en la cabeza. A falta de otras señales claras o una Zarza Ardiendo, le pido consejo al cielo. ¿Debería besarla o no? ¿Debería evitar todo pensamiento lujurioso o todo lo contrario? ¿Me desea o todo está en mi cabeza? Por suerte o por desgracia, el cielo no contesta. Ni falta que hace, ¿o sí? ¡Yo qué sé! Al sol se está muy bien. ¡Qué bien se está aquí! ¡Qué calorcito más agradable! No quiero pensar en nada más. Cierro los ojos.

- Hola.
- ¡Hola!
- ¿Llevas mucho tiempo esperando?

Le contesto que no mucho. Sonrío. Ella también sonríe. Sonreímos. ¿Quién necesita zarzas ardiendo ahora?

 * Relato publicado originalmente en Palabra Obligada el 21 de febrero de 2014.