martes, 25 de noviembre de 2014

Usa la cabeza

Elegir el vagón de metro en hora punta es como el amor: un acto de fe y un deporte de riesgo. Lo practico todos los días con resignada entrega y no siempre salgo indemne de la empresa. Dado que hoy puede ser un gran día, he decidido enfrentarme a mis demonios y hacerme valientemente con un asiento dentro de esa lata de sardinas con ruedas.

Como quien espera a su amada, toda una recua de humanos aguarda en los andenes la llegada de los carruajes que nos llevarán a nuestras respectivas fiestas. Sin embargo, es bien temprano para celebraciones. A las nueve de la mañana me reúno con un editor para la posible publicación de mi primer libro de poemas. Estoy muy nervioso y excitado. Me consume la impaciencia y no veo la hora de tomar por fin el metro y llegar a la cita. ¡Ya suena! Escucho el chirriar de sus ruedas en los raíles al enfilar la última curva. La iluminación del andén sube y el convoy se detiene despacio.

Las puertas se abren. Con algo de extrañeza, entro sin darme de codazos con nadie. El vagón va bastante vacío y quedan asientos de sobra para todos. Aún en la puerta, descarto la idea de sentarme y me quedo de pie en un rincón cerca de la salida. Desde la estación de Erandio, quince minutos para llegar a destino.

El tren arranca. Al poco, una cantidad nada desdeñable de pasajeros empieza a entrar trastabillando en nuestro vagón. Es una estampida en toda regla provocada por un encantador de olores. Esta clase de pasajeros son capaces de hacer bailar su apestoso olor a sobaco hasta alcanzar las mismísimas fosas nasales de sus víctimas. De esta manera consiguen el asiento que quieren y, en cuanto culminan su objetivo, cesan pacíficamente. Igual que la paz regresa a la sabana una vez que el cazador ha cazado a su presa.

Trece minutos por delante y nada que hacer, excepto observar a los demás pasajeros e imaginar historias. Por ejemplo esta joven de pelo tricolor, auriculares gigantes, collar de perro, chaqueta de cuero y botas Martens de imitación que viaja de pie a mi lado. Para llamar su atención, le compondría unos sonetos tan explícitos y sexuales que abandonaría para siempre al pusilánime de Álex Ubago. Sí: desde mi posición, puedo escuchar cómo ese cantante le susurra a voz en cuello sus llorosas estrofas al oído. O, aquella señora de cuarenta y pocos, gafas de sol, collar de perlas y pendientes a juego y abrigo de piel. Escogió un asiento de pasillo y, sin duda, oculta algo bajo esa anacrónica prenda. ¿A comienzos de septiembre y con abrigo de invierno? ¿Por qué no una gabardina? Sin duda, algo esconde. Tengo que decidir el qué. ¿Un arma blanca, tal vez? O, ¿quizás viaja desnuda? Quizá va a reunirse con su amante en el hotel Carlton y por eso viste sus mejores galas. O es una terrorista internacional del arte que ha quedado con sus secuaces en Deusto para realizar una performance con cierta pasarela de Calatrava.

Analizo, absorto, la verosimilitud de todas esas posibilidades, cuando el metro se detiene en la parada de San Ignacio y la chica de la melena tricolor abandona el vagón. El vacío no tarda mucho tiempo en ser ocupado por una rubia guapísima. Veinte años. Melena hasta los hombros. Complexión delgada. Con curvas. Riñonera. Pantalón corto de color caqui, camiseta blanca de algodón y unas deportivas algo gastadas por el uso. Huele muy bien y no parece una encantadora de olores. Ya no echo de menos a Álex Ubago.

Se percata de mi mirada escrutadora y me saluda con un pícaro "hola". No quiero ser antipático y le saludo sonriendo tímidamente con descaro. El tren arranca y ella se me cae literalmente encima. Con esa excusa, iniciamos un diálogo. Me cuenta que es una turista recién llegada y me pide indicaciones para llegar al Palacio Foral. Le sugiero salir del metro en Moyúa, por la calle Diputación, y seguimos hablando de otros temas más interesantes. Con el traqueteo del vagón, las paradas y las reanudaciones de la marcha, la conversación se va animando y le confieso que he caído presa de su hechizo. Me contesta con una sonrisa tan deslumbrante que me olvido por completo de escucharla. Poco importa: esa chica tiene algo, un no sé qué que qué se yo que me hace suspirar y corresponder a sus sonrisas con las mías elevadas al cuadrado. Cada palabra suya que sale de su boca es una flecha directa a mi corazón. ¿Quién lo habría pensado? ¡En el metro! Aquí estamos, ella y yo. Mi cerebro se niega a racionalizar la situación. ¡Viva la irracionalidad! Envalentonado por la comunicación no verbal, la aparente reciprocidad y el vaivén de la lata de sardinas, voy reduciendo la distancia entre los dos hasta que mi boca prueba su valía. ¡Sabe a fresa! El tacto húmedo y cálido de su lengua con la mía resucita viejas esperanzas. Cierro los ojos y saboreo lentamente la intensidad del momento.

Pierdo la noción del tiempo y el espacio. La megafonía del vagón anuncia la próxima estación: Moyúa, la parada de la chica. A los pocos segundos, el tren se detiene. Nuestros labios se separan perezosamente y la chica se apea con fastidiosa rapidez. Me siento muy tentado de acompañarla adonde sea que vaya. ¡Al cuerno mi futuro como poeta reconocido! Sin embargo, me quedo clavado en la puerta mirando cómo se aleja. Al llegar a las escaleras, se para en el primer escalón. Se gira. Nos miramos. Me guiña un ojo y exclama:


- ¡Ahora que tengo tu teléfono puedes llamarme cuando quieras!


Se cierran las puertas y el tren arranca. Un par de estaciones más y habré llegado. Sigo en una nube y me da igual que todo el pasaje me esté mirando muerto de envidia. Me siento henchido y pleno de confianza en mí mismo. Meto mis manos en los bolsillos mientras recuerdo las últimas palabras de la rubia. La sonrisa se me congela.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Mi buhardilla

 Bilbao, a 3 de noviembre de 2014.



Querido amigo:

Aprecio muchísimo sus cartas. En esta época de unos y ceros, la tradición epistolar manuscrita se está perdiendo y me resulta muy grato encontrar a otra persona que también luche por mantener viva esta costumbre. Sin embargo, tendrá que disculpar que recurra en esta ocasión al frío ordenador para escribir unas líneas. Hace unos días, me lesioné la mano derecha y aún me cuesta sobremanera sujetar la estilográfica.

Recuerdo de memoria su anuncio en el periódico: “Se busca piso céntrico en Bilbao para intercambio durante el verano”. Proponía unas vacaciones diferentes a aquel que aceptara sus condiciones. No imaginé que seríamos tan pocas las personas que se pondrían en contacto con usted y que sería yo, con el correr de los meses, quien se ganaría finalmente su confianza. En su última misiva, describió con todo lujo de detalles todos los recovecos y usos de su pequeña casa de dos pisos y desván en el barrio marinero de Cimavilla, en el casco antiguo de Gijón. No sabe cuánto le envidio.

Sé que le gustó mucho mi piso de la calle Correo. Como bien sabe, vivo y paso consulta en un vetusto inmueble de tres alturas construido en el siglo XIX. Por mucho encanto que conserve la finca, ésta presenta algunas incomodidades. No obstante, con el presupuesto adecuado se pueden hacer maravillas. Y eso hice con mi buhardilla. Hacía décadas que su anterior dueño se había hecho con las dos manos del último piso. Gracias a mi talento natural, me lo cedió sin oponer mucha resistencia y pude emplear todo el dinero que quise hasta dejarlo por completo a la medida de mis necesidades. En unos pocos meses, lo convertí en un piso de cuatro amplias y luminosas habitaciones, dos baños completos y un aseo, una sala de estar espaciosa, una cocina funcional y un despacho elegante. Además, invertí una parte sustancial del presupuesto en insonorizarlo y aislarlo convenientemente. Bien sabe usted que no hay nada peor que escuchar lo que sucede en el piso de abajo o en los edificios contiguos.

Cuando emprendí la reforma de mi recién adquirido hogar, descubrí para mi estupor que había que cambiar toda la estructura del tejado por culpa de una plaga de voraces termitas. Aproveché la coyuntura y con algo de diplomacia, conseguí convencer a la comunidad de propietarios para que me permitiera abrir en el tejado unas cuantas claraboyas. De esta forma, gané en luz natural. Además, se renovó toda la instalación eléctrica, de gas y de fontanería, se cambió la distribución de espacios, suelos y ventanas y se eliminó toda la madera comprometida de las estructuras. Escogí muebles sencillos y funcionales, y opté por un parqué de roble claro mate para todos los suelos. Para las paredes, elegí pintarlas de blanco roto. Para los techos, un blanco inmaculado. Mandé alicatar parte de la cocina y los baños con unas baldosas y baldosines de un inequívoco gusto minimalista extremadamente fáciles de limpiar. Reconozco que me quedé muy satisfecho con la reforma.

Si durante la estancia en mi hogar le surge la necesidad, puede utilizar sin reparos mi despacho. Es una estancia de la que me siento particularmente orgulloso. De vez en cuando, realizo en ella mis pequeños proyectos. Al verme cargar con las sierras, el plástico para embalar y los sacos de cemento y cal, algún vecino habrá que me considere aficionado al bricolaje casero. Entre usted y yo, no andaría nada desencaminado.

De entre todos las habitaciones disponibles, decidí instalar mi cuarto de trabajo y despacho en la habitación abuhardillada contigua al dormitorio principal. Es una forma de asegurarme tener muy a mano un baño y una cama. No me devané los sesos para seleccionar el mobiliario: una mesa sencilla con cajones, una silla, un diván y un cómodo sillón de cuero negro. No hace falta más. Me resulta mucho más útil la habitación casi desnuda que atestada de muebles. En la pared que separa mi dormitorio del despacho, colgué una pésima copia a escala del Guernica que yo mismo pinté en mi juventud. Me paso las horas muertas mirándolo sentado en mi sillón de cuero negro. En mi despacho no se oye nada en absoluto. Ni el más mínimo ruido proveniente de la calle o del edificio de al lado. Silencio absoluto. Me siento en paz. Contemplo el cuadro y la pared, y recuerdo lo mucho que disfruté levantándola yo mismo. Ladrillo a ladrillo. Aunque le quité cuarenta centímetros de superficie útil al piso, mereció la pena. Nunca está de más incrementar la capacidad aislante de la lana de roca, el eco-aislamiento y las cámaras de aire. Habrá quien opine que es completamente innecesario. Pero usted y yo sabemos que se equivocan: cuarenta centímetros de espacio tras un tabique vienen a pedir de boca para atesorar recuerdos. Como el cadáver del anterior dueño de mi buhardilla, por ejemplo. Era un anciano odioso, egoísta y maleducado. Guardaba este tesoro en pleno casco viejo y se negó a vendérmelo aunque le ofreciera el triple de su valor de mercado. No tuve más remedio que drogarlo para someterlo y hacerme con el piso. Durante los meses que duró la obra, lo mantuve inconsciente en mi antigua casa y nadie lo echó de menos. Lo desperté la primera noche que pasé en mi nuevo hogar, justo en el momento de emparedarlo vivo tras la pared. Envuelto en su sudario de plástico, susurraba con aliento trabajoso que lo soltara, que lo dejara vivir, que a cambio me daría todo lo que quisiera. Casi se desmaya de nuevo cuando, con sus ojillos vidriosos, se percató del contenido de las otras cinco bolsas de plástico que le acompañarían en su última morada. Juntos, los seis, hicieron posible mi actual residencia. En pago por sus servicios, los guardaré siempre en mi corazón.

¡Oh! ¡Cuántos recuerdos! Tuve que mudarme porque mi antigua casa se me estaba quedando pequeña. Sobrará espacio en mi nuevo piso durante mucho, mucho tiempo. Y, como nunca la vendí, si la nostalgia me invade, puedo volver siempre que quiera a mi antigua casa a jugar con todos mis souvenires. Algún día se la describiré con todo lujo de detalles y también le contaré las historias de mis recuerdos más queridos.

Hacía mucho que no me sentía tan vivo al recordar viejos tiempos. Supongo que a usted le habrá pasado alguna vez lo mismo. No veo el momento de contemplar y estudiar todas las habitaciones de su casa. Y sobre todo, sus esculturas. Tengo muchas ganas de que me explique con detalle sus técnicas porque, por lo que deduzco de sus cartas, es todo un experto en plastinación. Cuando se hospede en mi casa, espero que disfrute de mi hogar tanto como yo ardo en deseos de hacerlo del suyo.

Sin más, quedo a la espera de sus próximas y ansiadas cartas.




Fdo.: Un verdadero admirador.