miércoles, 31 de diciembre de 2014

La luz hurtada*

La acidez del cielo mató al rey. Cumbres de granito arisco guardan el abrupto valle secreto, sepultado bajo un manto de perennes nubes coléricas. La irrespirable e inhóspita atmósfera cubre el bosque muerto que bebía los vientos por el lago que yace a sus pies. La lluvia lleva la muerte consigo. Los huesos siembran la tierra. La desesperanzada roca asila las últimas voluntades de la superficie caída. Subterráneas, nuevas castas erigen imperios. Quizá ellas canten loas por la cosmogonía muerta. Un llanto por una civilización de mamíferos casquivanos.

*Relato publicado originalmente en Palabra Obligada el 30 de diciembre de 2014.

Cuánto aprendo contigo

Bilbao, a 31 de diciembre de 2014


Hola, Pablo:

Esta idea tuya de cartearnos a mano es un puntazo, aunque siempre estás con lo mismo.

Desde que te conozco buscas pareja desesperadamente. Tu chica te dejó hace cuatro años y te has dedicado en cuerpo y alma a buscar una sustituta. Has probado muchas cosas. Te dejaste barba unos meses porque se ha puesto de moda, pero no te funcionó. Durante el verano, te rasuraste el cráneo. Y tampoco atrajiste a ninguna mujer interesante, aunque estoy segura de que así irías muy fresquito. ¿Te pondrías cremita en la cabeza para que no se te quemara, verdad? También te apuntaste a inglés y te hartaste a los dos días porque no soportabas ni un minuto más estar rodeado de críos. El yoga fue el punto culminante de esta serie de absurdas intentonas. ¡Me parto contigo! ¡Soy incapaz de imaginarte adoptando todas esas posturitas!

Voy a ser totalmente sincera. ¡No te he visto relajado en la puta vida, Pablo! ¿Cómo no vas a acabar con triple hernia discal tras una semana haciendo yoga si siempre estás tenso? Apuesto a que ni tan siquiera te planteas pasártelo bien y disfrutar haciendo lo que sea. ¿Te has visto guapo con barba o con la cabeza afeitada? Seguro que ni tú te veías bien, pero decidiste intentarlo por si sonaba la flauta. Como veo que eres un fanático del cine romántico, te voy a iluminar con mi sabiduría femenina para que dejes de hacer el tonto.

Escogiste todas esas actividades porque esperabas conocer a ese alguien especial que llevas años buscando. Tu terca búsqueda de una sustituta es lo que hace que te pierdas toda la diversión por el camino. ¡No te paras a oler las rosas, mamón! Deberías haberte apuntado a todas esas clases para enriquecerte como persona. Si cambias de imagen, hazlo porque quieres verte mejor. Me cuentas que, en cuanto terminen las fiestas, vas a probar suerte con los bailes de salón porque alguien te ha dicho que se liga mucho y estás deseando confirmárselo. Si al final te apuntas, haz el favor de pasártelo bien para que nadie te quite lo “bailao”.

Si no has encontrado a nadie aún es porque tu “método” apesta. Estar receptivo y disponible no es la panacea. Eres encantador, pero tu actitud habla mal de ti. De acuerdo, todos tenemos malas experiencias. No te lo conté, pero creí haber conocido a un chico interesante hace unas semanas y resultó ser un celoso de mucho cuidado. ¡Ya ves! En todas partes cuecen habas.

Cambiando de tema, ¿nos apuntamos a tirarnos en paracaídas el mes que viene? Seguro que con un buen salto, te relajas del todo. ¡Venga! Será divertido. Ya me dirás.

¡Buen fin de año!


Un beso.

martes, 30 de diciembre de 2014

Destino

Cuando Y-17 despertó aquella mañana, ignoraba que los acontecimientos de las próximas horas transformarían su existencia por completo. X-83 abrió sus ojos una hora después. Había tomado la decisión de declararse hoy mismo a Y-17, antes de que él y X-29 se conocieran.

Unos meses atrás, X-83 estaba enamorada de Y-113. Pasaban demasiado tiempo juntos. Sobre todo, manteniendo relaciones sexuales sin fines reproductivos. A pesar de nuestros denodados esfuerzos, esa relación continuaba funcionando. En este punto del informe, debemos indicar que, como solución final a nuestro experimento, queríamos que los humanos Y-17 y X-83 acabaran juntos. Para alcanzar dicho objetivo, primero había que romper el binomio X-83/Y-113. Y, para ello, ideamos complicadas estrategias, empleamos máquinas multiplexoras dimensionales, hormonas de todo tipo y multitud de sustancias químicas sin precisar, manipuladores de estructuras a nivel subatómico, rectificadores de espacio-tiempo y varias impresoras mentales para modificar y falsear recuerdos. No sin esfuerzo, logramos que X-83 abandonara a Y-113, y éste, por fin, pudo emprender una carrera triunfal en el mundo del espionaje industrial, tal y como teníamos previsto.

Tras la ruptura, comenzamos el proceso de reconstrucción de la psique de X-83. Cuando decidimos que el momento oportuno había llegado, sembramos en sus mentes una afición común (la obra de un escritor de culto). Después, escogimos una fecha en el calendario y programamos un evento al que ambos pudieran acudir. A continuación, diseñamos un bonito día de mayo. El cielo azul claro y sin nubes. Los rayos de nuestro sol acariciaban con calidez los orgánulos receptores. Naturalmente, los dos acudieron a la firma de libros que su autor preferido “había organizado”. X-83 llegó primero y aguardó su turno en la fila. Manipulamos la ley de la gravedad para hacer que su cartera se cayera del bolso justo en el instante en el que Y-17 llegaba. Éste la recogió y se la entregó. La sonrisa simétrica y despistada del sujeto masculino conquistó al sujeto femenino. Eso no fue difícil: para provocar un flechazo al instante, basta conocer el funcionamiento del subconsciente y saber cómo actuar sobre ciertas glándulas.

X-83 se enamoró sin remedio. Pero, ¿e Y-17? Este humano siempre nos ha resultado bastante esquivo. De recién nacido, su afán por descifrar las razones ocultas tras el drástico cambio de escenario en el que se hallaba envuelto le abstraía por completo. Estaba tan concentrado que no se percató ni de su propio nacimiento hasta años después. Hoy en día sigue siendo el mismo a pesar de nuestros esfuerzos en la modulación de su conducta mediante compuestos químicos e ingeniería cuántica.

Por mucho que nos esforzáramos con la planificación, ni el precioso lunar de la mejilla izquierda de X-83, ni sus ojos verde esmeralda producto de un cuidado cruce entre sujetos diseñados específicamente con esa y otras cualidades muy deseables para la especie, ni su franca e intensa sonrisa llamaron la atención de Y-17 en el grado deseado. Sin embargo, aquel encuentro “fortuito” sí fue lo suficientemente agradable para la pareja como para que intercambiaran sus números de teléfono. A la semana siguiente, se citaron en un local de comidas de alta calidad. Durante la ingesta de nutrientes, monitorizamos e intervinimos sus procesos cerebrales para conseguir un binomio X-83/Y-17, es decir, un recíproco enamoramiento. Contra todo pronóstico, fallamos. Aun así, sin intervención por nuestra parte, los sujetos decidieron quedar periódicamente. Al fin y al cabo, estar juntos les generaba un incremento irresistible de endorfinas.

Con la bonanza de las condiciones meteorológicas, los sujetos incrementaron la frecuencia y duración de sus encuentros en función de las horas de luz disponibles. Tanto X-83 como Y-17 habilitaron más tiempo para sus aficiones comunes. Asistieron a conciertos, conferencias y representaciones teatrales. Día sí y día también, disfrutaron de piscina, montaña y playa. Sabemos que para X-83 fue una dura prueba el tener tan cerca a Y-17, puesto que su enamoramiento por él se incrementaba a cada minuto que pasaba en su compañía. Una noche, al salir de la filmoteca, Y-17 le habló por primera vez de X-29. Como efecto secundario de nuestra ingeniería de caminos neuronales, el sujeto masculino había decidido crearse un perfil en una web para conocer yunta. Así fue como Y-17 y X-29 entraron en contacto.

Nosotros podemos alterar nuestra posición respecto a la flecha del tiempo. Experimentamos absolutamente todo en un mismo y único instante. X-83 e Y-17 no pueden. El resto de la humanidad, tampoco. Si pudieran, sus destinos tomarían otras rutas y no malgastarían su tiempo.

Al término de sus respectivas jornadas laborales, los sujetos X-83 e Y-17 regresaron a sus casas. Después de nutrirse abundante y saludablemente, indujimos en ellos un estado de profundo letargo. Durante la fase REM, realizamos una serie de pruebas de diagnóstico y les introdujimos pequeñas modificaciones a nivel celular. Al recuperar la consciencia, ambos se sintieron en forma. Se ducharon y se vistieron. El sujeto femenino invertía, en condiciones normales, unos cinco minutos en llegar a la casa de Y-17. Y éste tardaría diez minutos en llegar al lugar de su cita con X-29. Dado que la primera vivía tan cerca, diseñamos una carrera de obstáculos para retrasar su marcha: teletransportadores dopantes ocultos para hacerle recorrer el mismo trecho las veces que hiciera falta sin que se percatara de nada, familias con guapos bebés saliéndole al paso, y manifestaciones por causas diversas.

Entre tanto, Y-17 cogió el ascensor en lugar de las escaleras. Programamos al humano para que sintiera una querencia por el ejercicio físico y un desprecio por los espacios reducidos. No obstante, las posibles consecuencias indeseadas de acudir sudoroso y maloliente al encuentro con X-29 le obligaron a reconsiderar aquel hábito tan fuertemente arraigado. Al pulsar el botón de la planta baja, Y-17 activó el mecanismo que convertía aquella cabina en una improvisada máquina del tiempo temporal. Durante el descenso, contempló proyectados en las paredes diversos momentos vividos en compañía de X-83. También la mostraba a solas o con su familia y amigos. Pusimos a disposición de Y-17 aspectos inéditos de X-83 que siempre habían permanecido fuera de su alcance. Con brusquedad, el ascensor se detuvo en la planta baja. El sujeto no podría recordar de manera consciente toda aquella nueva información. Sin embargo, le dejaría una huella indeleble en su subconsciente que surtiría efecto en cuanto X-83 se le declarase. Pensativo, salió del ascensor. Caminaba hacia la escalera que conducía al portal cuando su móvil vibró. Era X-29.

Como suelen decir en la Tierra, la vida es un juego de azar. Nosotros ni tenemos todas las cartas ni nos guardamos ases en la manga. En este experimento, controlamos únicamente los destinos de X-83 e Y-17. La vida de X-29 la dirigen otros. Ellos condicionaron a su sujeto para que llegara con una hora de antelación al lugar de la cita y dispusiera de tiempo para leer la novela que ese mes llevaba siempre consigo. Se sentó en un sofá junto a la ventana y, justo en el instante en que iba a retomar la lectura, apareció Y-31. Le preguntó si pensaba a quedarse mucho tiempo en el sofá. Ella le contestó que todo el tiempo que hiciera falta e iniciaron un inofensivo combate dialéctico. Cuando ambos se aburrieron, se presentaron. Y-31 le preguntó por el libro que X-29 tenía sobre sus piernas. Con entusiasmo, le contestó que se trataba de una novela sobre androides y ovejas eléctricas. Y-31, que conocía muy bien aquella obra, se sentó a su lado y comenzó a hablarle acerca de su autor y su lisérgica biografía. En cuestión de minutos, X-29 se olvidó de Y-17. A veces es así de fácil. Les deseó lo mejor y colgó el teléfono.

Hace tiempo que modulamos a nuestro sujeto masculino para utilizar el humor como mecanismo de defensa. Mientras bajaba las escaleras, trajimos a su memoria todas las ocasiones en las que sus relaciones con otros sujetos femeninos terminaron de forma similar. En una centésima de segundo, decidió olvidarse de todas las cromosomas X del mundo y salir a dar un paseo. Como aún tenía el teléfono en la mano, pensó en llamar a X-83 y dar una vuelta con ella. Salía por la puerta buscando su número cuando chocó con alguien. Cuando Y-17 recuperó la compostura, reconoció de inmediato al sujeto femenino y, por primera vez, la vio con otros ojos. Con el tiempo, ellos lo llamaron destino. Nosotros, con sorna, libre albedrío.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Borrón

Ascendemos lentamente las rampas de la carretera que conduce al cerro. Vivimos en una pequeña ciudad levantada a sus pies. Llegar hasta la explanada de su cima con nuestros coches y furgonetas apenas nos lleva diez minutos. Hace calor en esta noche de finales de agosto. Somos unas cincuenta personas. Todos, familia y amigos. Traemos guantes, cizallas, cortacables, tenazas, sierras, y, por si acaso, el juego de llaves maestras de siempre y el instrumental habitual.

La carretera hace curva a la derecha y entramos en la urbanización abandonada. Hace unos años, un promotor de la capital llegó a nuestra ciudad para disfrutar de unas vacaciones. Dos meses después, supimos que se había reunido con el alcalde para negociar en secreto la construcción de unos chalets en lo alto del cerro. Para lograr sus fines, sobornó a todo el que se interpuso en su camino. El cerro entero fue recalificado: dejó de ser suelo rústico y se convirtió en suelo urbano. De nada sirvieron nuestras numerosas movilizaciones. Tampoco las alegaciones. Ni las denuncias. El ayuntamiento aprobó la licencia de construcción. Con el paso de las semanas, los prados fueron excavados, nivelados y parcelados. Se levantaron aceras y se asfaltaron caminos rurales, comunales de toda la vida, para facilitar la circulación de caros todoterrenos privados. Y pronto llegó el alumbrado. No habían levantado ni una sola casa cuando encendieron el centenar largo de modernas luminarias LED, supuestamente ecológicas. Las encendían durante toda la noche aunque allí no viviera nadie. Para evitar robos, según decían. Aquel siniestro y frío resplandor blancuzco, que podíamos ver con facilidad desde nuestras casas, nos recordaba constantemente quiénes ostentaban el poder y el lugar que ocupábamos nosotros.

El alcalde creía que el dinero fluiría para siempre y acometió muchos proyectos. Incluso, contra el criterio técnico, externalizó la gestión del alumbrado público. Naturalmente, el concurso estaba amañado para que lo ganara el mismo promotor que estaba erigiendo los chalets del cerro. Cuando éste se hizo con el contrato, cambió todas las luminarias e instaló el mismo alumbrado LED que en la urbanización.

La crisis provocada inicialmente por la burbuja inmobiliaria se llevó por delante los sueños de muchos. Los que se llenaron los bolsillos estafando a ciudades enteras, en cambio, desaparecieron del mapa. Ni qué decir tiene que tanto el promotor como el alcalde pusieron tierra de por medio. Se formó un consejo ciudadano para gobernar la ciudad. Entre otras decisiones, con el poco dinero disponible, se trazó un plan de emergencia. En un par de años y con algunos sacrificios, saldremos a flote.

Y aquí estamos, en la urbanización abandonada. Mientras unos descargan el material y los niños juegan despreocupados, el resto vamos hasta el cuadro eléctrico principal. Bien provistos de cizallas, alicates, guantes gruesos y linterna, empezamos a cortar todos los cables. ¿Para qué mantener encendidas esas farolas inútiles? ¿Para alumbrar el monte? Es ridículo. Cortamos el último y se hizo la oscuridad.

Aunque no puedo ver las caras de mis compañeros, por sus risas y sus palabras deduzco que sonríen, que están satisfechos y felices con lo que acabamos de hacer. Que una sentencia judicial favorable a nuestra ciudad por fin declarara ilegal toda esta urbanización y que una excavadora fuera a derribar lo poco que se había construido, no iba a privarnos de cortar nosotros mismos los cables que mantenían con vida el corazón de este monstruo.

Esta noche la meteorología nos acompaña. Mis compañeros han terminado de descargar y montar los instrumentos que hemos subido a la explanada: varios telescopios y prismáticos de diferentes tipos y aberturas. Hasta hoy, el brillo del oropel nos ha estado robando la salud y las estrellas. Casi sin darnos cuenta. Unos días atrás, terminamos de sustituir todo el contaminante alumbrado LED blanco y lo reemplazamos por luminarias más ecológicas y tenues. Sólo quedaba el cerro.

Poco a poco, la vista se va adaptando a la oscuridad reinante.


- ¿Qué ves? - le pregunto a un niño de diez años que por primera vez observa a través de un telescopio.

- ¡Parece una bola de algodón! – me contesta entusiasmado.

- Ese borrón que ves es una galaxia que está muy lejos, muy lejos, muy lejos, muy lejos.

- ¡Hala!


Que no nos deslumbren.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Negro

Aquella tarde se presentaba la última novela del escritor José Rojo. Después de diez años publicando con gran éxito la serie de libros protagonizada por una astrofísica metida a detective privado, Rojo había decidido abandonar su personaje estrella y crear otro que lo mantuviera en el candelero unas cuantas décadas más.

Aunque llovía, hacía calor para ser noviembre. La Librería Cámara, el lugar escogido para la presentación, era un establecimiento muy conocido y frecuentado por una selecta clientela. Aunque había vivido días mejores, este negocio se mantenía en pie organizando eventos como éste para atraer savia nueva. Los dueños habían transformado el antiguo escaparate en un rincón muy coqueto ideal para presentaciones de libros. El autor invitado se podía sentar en un cómodo sofá y atender a los periodistas y a los fans. Cuando llegué, el conocido escritor ya había empezado a presentar su nueva criatura al mundo.

En honor a la verdad, entre las rendidas admiradoras, unos cuantos periodistas y algún curioso, apenas una veintena de personas asistimos al evento. Las últimas novelas protagonizadas por Alba Blanco recibieron bastantes críticas desfavorables. La obra conservaba su popularidad entre los lectores aunque las historias ya no engancharan tanto. A pesar de ello, todos los libros de la Saga Troyana se seguían vendiendo tan bien como la primera: “Un cuásar en la morgue”. En ella, Rojo narraba los inicios de la astrofísica como detective privado. Al poco de terminar su formación en criminología, la sección secreta de la policía especializada en la resolución de casos particularmente truculentos y extraños solicita la ayuda de Blanco para que colabore en la detención del asesino de la singularidad. La aplicación del método científico y su particular sexto sentido la ayudarán a atrapar a los criminales a tiempo para observar algún fenómeno astronómico.

Sin embargo, Alba Blanco ya es historia. Un José Rojo sonriente posaba con su nueva criatura: “Una travesura sin color”. Con aquel trabajo, Rojo pretendía dar un golpe de efecto a su carrera. Para ello, escogió la historia de un comisario cincuentón, alcohólico y recién enviudado que se enfrenta al rompecabezas de su vida: resolver un crimen que aparentemente no lo es y un robo que tampoco es lo que parece. En un más difícil todavía, el autor decidió comenzar a contar la historia por el final. Todo un ejercicio de estilo del que José Rojo salió bien parado y que le reconcilió con la crítica más reacia.

Al término de la presentación, se celebró una fiesta en la cafetería de la Alhóndiga. Se retiraron las mesas y las sillas para dejar espacio a los numerosos invitados. Desde el escenario, un dj mezclaba sus creaciones sin que sus decibelios enmascararan las pequeñas conversaciones que surgían aquí y allá. Risas, miradas y susurros acompañaban a nuestro anfitrión mientras saludaba y charlaba con todos los presentes. Los camareros iban y venían con sus bandejas bien cargadas de bebidas alcohólicas de todos los colores. Decidí acercarme al mostrador para pedir un café. Mientras lo esperaba, se me acercó un José Rojo exultante:

- ¡Hola! No está permitida la entrada a blogueros. Pero contigo, haré una excepción.

- ¡Vete a tomar culo! 

- ¡Jajaja! ¿Qué tal va la web? ¿Te va tan de puta madre como dicen?

- La verdad es que sí - contesté con modestia -. Cuatro millones de visitas individuales al mes colocan mi sitio como el más visitado y el tercero en volumen de negocio. No puedo quejarme. Gano más que suficiente para mis caprichos. "Una travesura sin color" es jodidamente buena, por cierto.

- ¡Gracias! La semana que viene, cuando me entrevistes, te lo firmo durante la sesión de fotos. Ya sabes que estoy encantado de atender a todos mis admiradores. ¿Sabes? - comenzó a hablar mirando a la multitud -. En fiestas como ésta, se me ocurren la mayor parte de mis historias de crímenes.

- Muy apropiado - contesté socarrón y sarcástico.

- Sabes que me cuesta mucho desconectar. Rodeado de políticos, banqueros, periodistas, cutres blogueros, modelos y fans, no puedo evitar pensar que cualquiera de ellos podría ser un asesino en serie. 

- Para ser un capullo, has salido muy bien parado sin Alba.

- Como otros muchos hombres y mujeres de ciencia de este país, ha tenido que emigrar para proseguir sus estudios y labrarse un futuro mejor. Me la imagino en Mauna Kea combatiendo los síntomas del mal de altura mientras investiga las galaxias más lejanas. Puedo hacerla volver a la criminología cuando quiera... Te confesaré algo: mi editor me montó un pollo después de leer “Los asterismos ubicuos”, la última de Alba. ¡Incluso me amenazó con ir a juicio si no escribía una nueva entrega de la Saga Troyana! Cambió de idea en cuanto leyó los primeros capítulos de “Una travesura sin color”.


Mientras me contaba con todo lujo de detalles los pormenores de la gestación de su última novela, lo intrincada y dura que fue la investigación de campo y, sobre todo, lo mucho que agradecía a sus fans incondicionales que siguieran comprando sus obras y productos relacionados, no apartó la mirada del escenario. Se interrumpió de repente y sonrió:

- Veo a la musa de mi próxima historia, campeón. ¡Nos vemos! – y salió al encuentro de una rendida fan de veinticuatro años dispuesta a hacer lo que fuera por su autor favorito.


Por fin llegó mi taza de café. Con mucho cuidado, logré sortear todos los obstáculos y acercarme al escenario sin verter ni una sola gota. El dj seguía pinchando su música sin que, aparentemente, nadie le prestara atención. Cerca de su posición, la editorial había dispuesto, en una larga mesa, numerosos ejemplares de la Saga Troyana y de "Una travesura sin color". Siempre me ha fascinado la facilidad con que Rojo escoge el título adecuado para sus obras y su habilidad para diseñar él mismo las portadas de sus novelas. Estaba a punto de dar el primer sorbo al café, cuando alguien me dio un toque en el hombro. Me giré. Era un hombre alto, delgado, de unos cuarenta y tantos años, con gafas de pasta negra y traje oscuro. Tras los saludos de rigor, se presentó como Joaquín Negro. Su nombre no me sonaba de nada. Conozco a toda la profesión y aquel tipo me era completamente desconocido. Me invitó a que lo acompañara a un rincón donde podríamos charlar tranquilamente.

- Parece que se ha congraciado de nuevo con la crítica - dije para romper el hielo.

- Rojo vendería a su madre con tal de seguir ganando pasta.

- ¿Se conocen o simplemente detesta que haya dado carpetazo a la Saga Troyana?

- No me cae bien.

- Soy todo oídos - contesté fingiendo curiosidad.

Me miró expectante unos segundos, y continuó:

- Soy el autor de todas las novelas de José Rojo - sentenció.

- ¿Que el autor de “Los juncos marrones” y “Albedo azul” contrata a un negro para que escriba sus obras? ¡Ja!

- Los fans sois unos putos incrédulos. Rojo y yo nos conocimos hace algunos años en un encuentro para escritores en ciernes muy cerca de aquí. Nos presentaron y nos caímos bien. Hablamos de nuestros escritores favoritos, las obras que nos gustaban y lo mal que nos caía Roberto Beige: ambos detestábamos sus novelas negras y su falta de talento. Nos hicimos amigos. Unos meses después, quedamos en un café no muy diferente a éste para ojear nuestras obras antes de enviarlas a una editorial. Reconozco que hasta entonces, no había leído nada suyo. No estaba preparado para algo tan...

- ¿Bueno? - dije seco.

- Todo lo contrario. Sus personajes eran planos y no había historia. Se la rechazarían sin contemplaciones. Él, en cambio, se deshizo en elogios hacia mi trabajo. Para él, mi “Basalto” era una obra revolucionaria. Me auguró un futuro prometedor. Nos convencimos mutuamente para acudir en persona a la editorial y entregar nuestros manuscritos. Fue en ese momento, cuando intercambió las obras. Al cabo de un mes, recibí una carta en la que me notificaban que habían rechazado mi novela. Llamé por teléfono a Rojo para contarle las malas noticias y quedar con él en la cafetería de siempre. Llegó exultante.

- ¿Cómo te diste cuenta del cambiazo?

- Cuando abrí un ejemplar autografiado de “Un cuásar en la morgue”. Así supe que su ópera prima era mi “Basalto”.

- ¿Por qué no lo denunciaste?

- Conservaba en mi poder todos los borradores de mi trabajo y podía demostrar fehacientemente quién era el autor de la primera novela de José Rojo. Para evitar un escándalo, la editorial me ofreció un trato.

- ¡No me lo creo! ¿Por qué me cuentas todo esto?

- Por diversión, supongo. He escrito todas las novelas de José Rojo. Él quería que siguiera escribiendo más crímenes del asesino de la singularidad. Para tocar los cojones, decidí crear al Inspector Bruno. ¿No te parece que todos hemos salido ganando? Ahora usted, don bloguero importante, también es cómplice de nuestra pequeña trama. Si cantas, la editorial no dudará. - Se levantó del sillón y buscó a Rojo con la mirada. - Son muy buenos protegiendo sus secretos.


Me quedé allí sentado con mi café helado mirando cómo Negro se dirigía al encuentro de Rojo. Intercambiaron saludos corteses, unas risotadas, un largo abrazo y una conversación susurrada al oído. Ambos me miraron y me dedicaron un guiño de confianza.

Ciego

Ignoro los cantos de sirena. Sólo importa el destino. Por si se desvaneciera bajo mis pies, no pierdo de vista la senda. Hasta que el camino desaparece y yo con él.