lunes, 29 de diciembre de 2014

Borrón

Ascendemos lentamente las rampas de la carretera que conduce al cerro. Vivimos en una pequeña ciudad levantada a sus pies. Llegar hasta la explanada de su cima con nuestros coches y furgonetas apenas nos lleva diez minutos. Hace calor en esta noche de finales de agosto. Somos unas cincuenta personas. Todos, familia y amigos. Traemos guantes, cizallas, cortacables, tenazas, sierras, y, por si acaso, el juego de llaves maestras de siempre y el instrumental habitual.

La carretera hace curva a la derecha y entramos en la urbanización abandonada. Hace unos años, un promotor de la capital llegó a nuestra ciudad para disfrutar de unas vacaciones. Dos meses después, supimos que se había reunido con el alcalde para negociar en secreto la construcción de unos chalets en lo alto del cerro. Para lograr sus fines, sobornó a todo el que se interpuso en su camino. El cerro entero fue recalificado: dejó de ser suelo rústico y se convirtió en suelo urbano. De nada sirvieron nuestras numerosas movilizaciones. Tampoco las alegaciones. Ni las denuncias. El ayuntamiento aprobó la licencia de construcción. Con el paso de las semanas, los prados fueron excavados, nivelados y parcelados. Se levantaron aceras y se asfaltaron caminos rurales, comunales de toda la vida, para facilitar la circulación de caros todoterrenos privados. Y pronto llegó el alumbrado. No habían levantado ni una sola casa cuando encendieron el centenar largo de modernas luminarias LED, supuestamente ecológicas. Las encendían durante toda la noche aunque allí no viviera nadie. Para evitar robos, según decían. Aquel siniestro y frío resplandor blancuzco, que podíamos ver con facilidad desde nuestras casas, nos recordaba constantemente quiénes ostentaban el poder y el lugar que ocupábamos nosotros.

El alcalde creía que el dinero fluiría para siempre y acometió muchos proyectos. Incluso, contra el criterio técnico, externalizó la gestión del alumbrado público. Naturalmente, el concurso estaba amañado para que lo ganara el mismo promotor que estaba erigiendo los chalets del cerro. Cuando éste se hizo con el contrato, cambió todas las luminarias e instaló el mismo alumbrado LED que en la urbanización.

La crisis provocada inicialmente por la burbuja inmobiliaria se llevó por delante los sueños de muchos. Los que se llenaron los bolsillos estafando a ciudades enteras, en cambio, desaparecieron del mapa. Ni qué decir tiene que tanto el promotor como el alcalde pusieron tierra de por medio. Se formó un consejo ciudadano para gobernar la ciudad. Entre otras decisiones, con el poco dinero disponible, se trazó un plan de emergencia. En un par de años y con algunos sacrificios, saldremos a flote.

Y aquí estamos, en la urbanización abandonada. Mientras unos descargan el material y los niños juegan despreocupados, el resto vamos hasta el cuadro eléctrico principal. Bien provistos de cizallas, alicates, guantes gruesos y linterna, empezamos a cortar todos los cables. ¿Para qué mantener encendidas esas farolas inútiles? ¿Para alumbrar el monte? Es ridículo. Cortamos el último y se hizo la oscuridad.

Aunque no puedo ver las caras de mis compañeros, por sus risas y sus palabras deduzco que sonríen, que están satisfechos y felices con lo que acabamos de hacer. Que una sentencia judicial favorable a nuestra ciudad por fin declarara ilegal toda esta urbanización y que una excavadora fuera a derribar lo poco que se había construido, no iba a privarnos de cortar nosotros mismos los cables que mantenían con vida el corazón de este monstruo.

Esta noche la meteorología nos acompaña. Mis compañeros han terminado de descargar y montar los instrumentos que hemos subido a la explanada: varios telescopios y prismáticos de diferentes tipos y aberturas. Hasta hoy, el brillo del oropel nos ha estado robando la salud y las estrellas. Casi sin darnos cuenta. Unos días atrás, terminamos de sustituir todo el contaminante alumbrado LED blanco y lo reemplazamos por luminarias más ecológicas y tenues. Sólo quedaba el cerro.

Poco a poco, la vista se va adaptando a la oscuridad reinante.


- ¿Qué ves? - le pregunto a un niño de diez años que por primera vez observa a través de un telescopio.

- ¡Parece una bola de algodón! – me contesta entusiasmado.

- Ese borrón que ves es una galaxia que está muy lejos, muy lejos, muy lejos, muy lejos.

- ¡Hala!


Que no nos deslumbren.

No hay comentarios: