martes, 30 de diciembre de 2014

Destino

Cuando Y-17 despertó aquella mañana, ignoraba que los acontecimientos de las próximas horas transformarían su existencia por completo. X-83 abrió sus ojos una hora después. Había tomado la decisión de declararse hoy mismo a Y-17, antes de que él y X-29 se conocieran.

Unos meses atrás, X-83 estaba enamorada de Y-113. Pasaban demasiado tiempo juntos. Sobre todo, manteniendo relaciones sexuales sin fines reproductivos. A pesar de nuestros denodados esfuerzos, esa relación continuaba funcionando. En este punto del informe, debemos indicar que, como solución final a nuestro experimento, queríamos que los humanos Y-17 y X-83 acabaran juntos. Para alcanzar dicho objetivo, primero había que romper el binomio X-83/Y-113. Y, para ello, ideamos complicadas estrategias, empleamos máquinas multiplexoras dimensionales, hormonas de todo tipo y multitud de sustancias químicas sin precisar, manipuladores de estructuras a nivel subatómico, rectificadores de espacio-tiempo y varias impresoras mentales para modificar y falsear recuerdos. No sin esfuerzo, logramos que X-83 abandonara a Y-113, y éste, por fin, pudo emprender una carrera triunfal en el mundo del espionaje industrial, tal y como teníamos previsto.

Tras la ruptura, comenzamos el proceso de reconstrucción de la psique de X-83. Cuando decidimos que el momento oportuno había llegado, sembramos en sus mentes una afición común (la obra de un escritor de culto). Después, escogimos una fecha en el calendario y programamos un evento al que ambos pudieran acudir. A continuación, diseñamos un bonito día de mayo. El cielo azul claro y sin nubes. Los rayos de nuestro sol acariciaban con calidez los orgánulos receptores. Naturalmente, los dos acudieron a la firma de libros que su autor preferido “había organizado”. X-83 llegó primero y aguardó su turno en la fila. Manipulamos la ley de la gravedad para hacer que su cartera se cayera del bolso justo en el instante en el que Y-17 llegaba. Éste la recogió y se la entregó. La sonrisa simétrica y despistada del sujeto masculino conquistó al sujeto femenino. Eso no fue difícil: para provocar un flechazo al instante, basta conocer el funcionamiento del subconsciente y saber cómo actuar sobre ciertas glándulas.

X-83 se enamoró sin remedio. Pero, ¿e Y-17? Este humano siempre nos ha resultado bastante esquivo. De recién nacido, su afán por descifrar las razones ocultas tras el drástico cambio de escenario en el que se hallaba envuelto le abstraía por completo. Estaba tan concentrado que no se percató ni de su propio nacimiento hasta años después. Hoy en día sigue siendo el mismo a pesar de nuestros esfuerzos en la modulación de su conducta mediante compuestos químicos e ingeniería cuántica.

Por mucho que nos esforzáramos con la planificación, ni el precioso lunar de la mejilla izquierda de X-83, ni sus ojos verde esmeralda producto de un cuidado cruce entre sujetos diseñados específicamente con esa y otras cualidades muy deseables para la especie, ni su franca e intensa sonrisa llamaron la atención de Y-17 en el grado deseado. Sin embargo, aquel encuentro “fortuito” sí fue lo suficientemente agradable para la pareja como para que intercambiaran sus números de teléfono. A la semana siguiente, se citaron en un local de comidas de alta calidad. Durante la ingesta de nutrientes, monitorizamos e intervinimos sus procesos cerebrales para conseguir un binomio X-83/Y-17, es decir, un recíproco enamoramiento. Contra todo pronóstico, fallamos. Aun así, sin intervención por nuestra parte, los sujetos decidieron quedar periódicamente. Al fin y al cabo, estar juntos les generaba un incremento irresistible de endorfinas.

Con la bonanza de las condiciones meteorológicas, los sujetos incrementaron la frecuencia y duración de sus encuentros en función de las horas de luz disponibles. Tanto X-83 como Y-17 habilitaron más tiempo para sus aficiones comunes. Asistieron a conciertos, conferencias y representaciones teatrales. Día sí y día también, disfrutaron de piscina, montaña y playa. Sabemos que para X-83 fue una dura prueba el tener tan cerca a Y-17, puesto que su enamoramiento por él se incrementaba a cada minuto que pasaba en su compañía. Una noche, al salir de la filmoteca, Y-17 le habló por primera vez de X-29. Como efecto secundario de nuestra ingeniería de caminos neuronales, el sujeto masculino había decidido crearse un perfil en una web para conocer yunta. Así fue como Y-17 y X-29 entraron en contacto.

Nosotros podemos alterar nuestra posición respecto a la flecha del tiempo. Experimentamos absolutamente todo en un mismo y único instante. X-83 e Y-17 no pueden. El resto de la humanidad, tampoco. Si pudieran, sus destinos tomarían otras rutas y no malgastarían su tiempo.

Al término de sus respectivas jornadas laborales, los sujetos X-83 e Y-17 regresaron a sus casas. Después de nutrirse abundante y saludablemente, indujimos en ellos un estado de profundo letargo. Durante la fase REM, realizamos una serie de pruebas de diagnóstico y les introdujimos pequeñas modificaciones a nivel celular. Al recuperar la consciencia, ambos se sintieron en forma. Se ducharon y se vistieron. El sujeto femenino invertía, en condiciones normales, unos cinco minutos en llegar a la casa de Y-17. Y éste tardaría diez minutos en llegar al lugar de su cita con X-29. Dado que la primera vivía tan cerca, diseñamos una carrera de obstáculos para retrasar su marcha: teletransportadores dopantes ocultos para hacerle recorrer el mismo trecho las veces que hiciera falta sin que se percatara de nada, familias con guapos bebés saliéndole al paso, y manifestaciones por causas diversas.

Entre tanto, Y-17 cogió el ascensor en lugar de las escaleras. Programamos al humano para que sintiera una querencia por el ejercicio físico y un desprecio por los espacios reducidos. No obstante, las posibles consecuencias indeseadas de acudir sudoroso y maloliente al encuentro con X-29 le obligaron a reconsiderar aquel hábito tan fuertemente arraigado. Al pulsar el botón de la planta baja, Y-17 activó el mecanismo que convertía aquella cabina en una improvisada máquina del tiempo temporal. Durante el descenso, contempló proyectados en las paredes diversos momentos vividos en compañía de X-83. También la mostraba a solas o con su familia y amigos. Pusimos a disposición de Y-17 aspectos inéditos de X-83 que siempre habían permanecido fuera de su alcance. Con brusquedad, el ascensor se detuvo en la planta baja. El sujeto no podría recordar de manera consciente toda aquella nueva información. Sin embargo, le dejaría una huella indeleble en su subconsciente que surtiría efecto en cuanto X-83 se le declarase. Pensativo, salió del ascensor. Caminaba hacia la escalera que conducía al portal cuando su móvil vibró. Era X-29.

Como suelen decir en la Tierra, la vida es un juego de azar. Nosotros ni tenemos todas las cartas ni nos guardamos ases en la manga. En este experimento, controlamos únicamente los destinos de X-83 e Y-17. La vida de X-29 la dirigen otros. Ellos condicionaron a su sujeto para que llegara con una hora de antelación al lugar de la cita y dispusiera de tiempo para leer la novela que ese mes llevaba siempre consigo. Se sentó en un sofá junto a la ventana y, justo en el instante en que iba a retomar la lectura, apareció Y-31. Le preguntó si pensaba a quedarse mucho tiempo en el sofá. Ella le contestó que todo el tiempo que hiciera falta e iniciaron un inofensivo combate dialéctico. Cuando ambos se aburrieron, se presentaron. Y-31 le preguntó por el libro que X-29 tenía sobre sus piernas. Con entusiasmo, le contestó que se trataba de una novela sobre androides y ovejas eléctricas. Y-31, que conocía muy bien aquella obra, se sentó a su lado y comenzó a hablarle acerca de su autor y su lisérgica biografía. En cuestión de minutos, X-29 se olvidó de Y-17. A veces es así de fácil. Les deseó lo mejor y colgó el teléfono.

Hace tiempo que modulamos a nuestro sujeto masculino para utilizar el humor como mecanismo de defensa. Mientras bajaba las escaleras, trajimos a su memoria todas las ocasiones en las que sus relaciones con otros sujetos femeninos terminaron de forma similar. En una centésima de segundo, decidió olvidarse de todas las cromosomas X del mundo y salir a dar un paseo. Como aún tenía el teléfono en la mano, pensó en llamar a X-83 y dar una vuelta con ella. Salía por la puerta buscando su número cuando chocó con alguien. Cuando Y-17 recuperó la compostura, reconoció de inmediato al sujeto femenino y, por primera vez, la vio con otros ojos. Con el tiempo, ellos lo llamaron destino. Nosotros, con sorna, libre albedrío.

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