domingo, 28 de diciembre de 2014

Negro

Aquella tarde se presentaba la última novela del escritor José Rojo. Después de diez años publicando con gran éxito la serie de libros protagonizada por una astrofísica metida a detective privado, Rojo había decidido abandonar su personaje estrella y crear otro que lo mantuviera en el candelero unas cuantas décadas más.

Aunque llovía, hacía calor para ser noviembre. La Librería Cámara, el lugar escogido para la presentación, era un establecimiento muy conocido y frecuentado por una selecta clientela. Aunque había vivido días mejores, este negocio se mantenía en pie organizando eventos como éste para atraer savia nueva. Los dueños habían transformado el antiguo escaparate en un rincón muy coqueto ideal para presentaciones de libros. El autor invitado se podía sentar en un cómodo sofá y atender a los periodistas y a los fans. Cuando llegué, el conocido escritor ya había empezado a presentar su nueva criatura al mundo.

En honor a la verdad, entre las rendidas admiradoras, unos cuantos periodistas y algún curioso, apenas una veintena de personas asistimos al evento. Las últimas novelas protagonizadas por Alba Blanco recibieron bastantes críticas desfavorables. La obra conservaba su popularidad entre los lectores aunque las historias ya no engancharan tanto. A pesar de ello, todos los libros de la Saga Troyana se seguían vendiendo tan bien como la primera: “Un cuásar en la morgue”. En ella, Rojo narraba los inicios de la astrofísica como detective privado. Al poco de terminar su formación en criminología, la sección secreta de la policía especializada en la resolución de casos particularmente truculentos y extraños solicita la ayuda de Blanco para que colabore en la detención del asesino de la singularidad. La aplicación del método científico y su particular sexto sentido la ayudarán a atrapar a los criminales a tiempo para observar algún fenómeno astronómico.

Sin embargo, Alba Blanco ya es historia. Un José Rojo sonriente posaba con su nueva criatura: “Una travesura sin color”. Con aquel trabajo, Rojo pretendía dar un golpe de efecto a su carrera. Para ello, escogió la historia de un comisario cincuentón, alcohólico y recién enviudado que se enfrenta al rompecabezas de su vida: resolver un crimen que aparentemente no lo es y un robo que tampoco es lo que parece. En un más difícil todavía, el autor decidió comenzar a contar la historia por el final. Todo un ejercicio de estilo del que José Rojo salió bien parado y que le reconcilió con la crítica más reacia.

Al término de la presentación, se celebró una fiesta en la cafetería de la Alhóndiga. Se retiraron las mesas y las sillas para dejar espacio a los numerosos invitados. Desde el escenario, un dj mezclaba sus creaciones sin que sus decibelios enmascararan las pequeñas conversaciones que surgían aquí y allá. Risas, miradas y susurros acompañaban a nuestro anfitrión mientras saludaba y charlaba con todos los presentes. Los camareros iban y venían con sus bandejas bien cargadas de bebidas alcohólicas de todos los colores. Decidí acercarme al mostrador para pedir un café. Mientras lo esperaba, se me acercó un José Rojo exultante:

- ¡Hola! No está permitida la entrada a blogueros. Pero contigo, haré una excepción.

- ¡Vete a tomar culo! 

- ¡Jajaja! ¿Qué tal va la web? ¿Te va tan de puta madre como dicen?

- La verdad es que sí - contesté con modestia -. Cuatro millones de visitas individuales al mes colocan mi sitio como el más visitado y el tercero en volumen de negocio. No puedo quejarme. Gano más que suficiente para mis caprichos. "Una travesura sin color" es jodidamente buena, por cierto.

- ¡Gracias! La semana que viene, cuando me entrevistes, te lo firmo durante la sesión de fotos. Ya sabes que estoy encantado de atender a todos mis admiradores. ¿Sabes? - comenzó a hablar mirando a la multitud -. En fiestas como ésta, se me ocurren la mayor parte de mis historias de crímenes.

- Muy apropiado - contesté socarrón y sarcástico.

- Sabes que me cuesta mucho desconectar. Rodeado de políticos, banqueros, periodistas, cutres blogueros, modelos y fans, no puedo evitar pensar que cualquiera de ellos podría ser un asesino en serie. 

- Para ser un capullo, has salido muy bien parado sin Alba.

- Como otros muchos hombres y mujeres de ciencia de este país, ha tenido que emigrar para proseguir sus estudios y labrarse un futuro mejor. Me la imagino en Mauna Kea combatiendo los síntomas del mal de altura mientras investiga las galaxias más lejanas. Puedo hacerla volver a la criminología cuando quiera... Te confesaré algo: mi editor me montó un pollo después de leer “Los asterismos ubicuos”, la última de Alba. ¡Incluso me amenazó con ir a juicio si no escribía una nueva entrega de la Saga Troyana! Cambió de idea en cuanto leyó los primeros capítulos de “Una travesura sin color”.


Mientras me contaba con todo lujo de detalles los pormenores de la gestación de su última novela, lo intrincada y dura que fue la investigación de campo y, sobre todo, lo mucho que agradecía a sus fans incondicionales que siguieran comprando sus obras y productos relacionados, no apartó la mirada del escenario. Se interrumpió de repente y sonrió:

- Veo a la musa de mi próxima historia, campeón. ¡Nos vemos! – y salió al encuentro de una rendida fan de veinticuatro años dispuesta a hacer lo que fuera por su autor favorito.


Por fin llegó mi taza de café. Con mucho cuidado, logré sortear todos los obstáculos y acercarme al escenario sin verter ni una sola gota. El dj seguía pinchando su música sin que, aparentemente, nadie le prestara atención. Cerca de su posición, la editorial había dispuesto, en una larga mesa, numerosos ejemplares de la Saga Troyana y de "Una travesura sin color". Siempre me ha fascinado la facilidad con que Rojo escoge el título adecuado para sus obras y su habilidad para diseñar él mismo las portadas de sus novelas. Estaba a punto de dar el primer sorbo al café, cuando alguien me dio un toque en el hombro. Me giré. Era un hombre alto, delgado, de unos cuarenta y tantos años, con gafas de pasta negra y traje oscuro. Tras los saludos de rigor, se presentó como Joaquín Negro. Su nombre no me sonaba de nada. Conozco a toda la profesión y aquel tipo me era completamente desconocido. Me invitó a que lo acompañara a un rincón donde podríamos charlar tranquilamente.

- Parece que se ha congraciado de nuevo con la crítica - dije para romper el hielo.

- Rojo vendería a su madre con tal de seguir ganando pasta.

- ¿Se conocen o simplemente detesta que haya dado carpetazo a la Saga Troyana?

- No me cae bien.

- Soy todo oídos - contesté fingiendo curiosidad.

Me miró expectante unos segundos, y continuó:

- Soy el autor de todas las novelas de José Rojo - sentenció.

- ¿Que el autor de “Los juncos marrones” y “Albedo azul” contrata a un negro para que escriba sus obras? ¡Ja!

- Los fans sois unos putos incrédulos. Rojo y yo nos conocimos hace algunos años en un encuentro para escritores en ciernes muy cerca de aquí. Nos presentaron y nos caímos bien. Hablamos de nuestros escritores favoritos, las obras que nos gustaban y lo mal que nos caía Roberto Beige: ambos detestábamos sus novelas negras y su falta de talento. Nos hicimos amigos. Unos meses después, quedamos en un café no muy diferente a éste para ojear nuestras obras antes de enviarlas a una editorial. Reconozco que hasta entonces, no había leído nada suyo. No estaba preparado para algo tan...

- ¿Bueno? - dije seco.

- Todo lo contrario. Sus personajes eran planos y no había historia. Se la rechazarían sin contemplaciones. Él, en cambio, se deshizo en elogios hacia mi trabajo. Para él, mi “Basalto” era una obra revolucionaria. Me auguró un futuro prometedor. Nos convencimos mutuamente para acudir en persona a la editorial y entregar nuestros manuscritos. Fue en ese momento, cuando intercambió las obras. Al cabo de un mes, recibí una carta en la que me notificaban que habían rechazado mi novela. Llamé por teléfono a Rojo para contarle las malas noticias y quedar con él en la cafetería de siempre. Llegó exultante.

- ¿Cómo te diste cuenta del cambiazo?

- Cuando abrí un ejemplar autografiado de “Un cuásar en la morgue”. Así supe que su ópera prima era mi “Basalto”.

- ¿Por qué no lo denunciaste?

- Conservaba en mi poder todos los borradores de mi trabajo y podía demostrar fehacientemente quién era el autor de la primera novela de José Rojo. Para evitar un escándalo, la editorial me ofreció un trato.

- ¡No me lo creo! ¿Por qué me cuentas todo esto?

- Por diversión, supongo. He escrito todas las novelas de José Rojo. Él quería que siguiera escribiendo más crímenes del asesino de la singularidad. Para tocar los cojones, decidí crear al Inspector Bruno. ¿No te parece que todos hemos salido ganando? Ahora usted, don bloguero importante, también es cómplice de nuestra pequeña trama. Si cantas, la editorial no dudará. - Se levantó del sillón y buscó a Rojo con la mirada. - Son muy buenos protegiendo sus secretos.


Me quedé allí sentado con mi café helado mirando cómo Negro se dirigía al encuentro de Rojo. Intercambiaron saludos corteses, unas risotadas, un largo abrazo y una conversación susurrada al oído. Ambos me miraron y me dedicaron un guiño de confianza.

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