jueves, 17 de diciembre de 2015

Aviones

Encontré el primero al despertar la mañana del cinco de agosto. Nunca lo olvidaré. Dejaba la ventana abierta todo el día para aliviar el calor estival. No era extraño que entrasen mosquitos, arañas, hojas secas, ronquidos y esos aviones de papel que casi siempre aterrizaban en la mesilla de noche. Cada dos o tres días, un folio plegado aerodinámico entraba por mi ventana. Esas incursiones me producían una mezcla de curiosidad y excitación. Los estudié hasta aprendérmelos de memoria: cómo el autor realizaba cada pliego, el tamaño, el gramaje y cómo los iba perfeccionando cada vez más. Pensaba que podría reconocer a su creador sólo por su obra. Había suspendido los exámenes y esas hojas dobladas para volar eran mis vacaciones.

El 31 de agosto me desperté de la siesta cuando un avión se estrelló contra mi cara. Me levanté de la cama y salí al jardín para jugar con él aunque ya no era un crío. Empezaba a anochecer y el cielo nublado amenazaba con desbordarse. Lo lancé con fuerza. Trazó una pirueta en el aire y chocó contra la casa. Se le deformó la punta. Lo deshice con cuidado para intentar arreglarlo y vi la nota. Con letra diminuta y clara, el texto formaba un cuadrado perfecto en mitad de la cara:

Te espero en los jardines del manco, a las siete bajo el roble sobre la colina. Ven, por favor. Me gustas mucho. 

Firmaba la nota con una R. Eran las ocho de la noche y comenzaba a llover. Subí a mi habitación, saqué del cajón de mi escritorio todos sus aviones y los deshice con ávido cuidado:

Me gustas. 

Ven a jugar conmigo. Te espero en las dunas. 

El otro día te vi en la playa. ¡Qué serio! 

No apareciste. Qué lástima. ¿No lees mis notas? 

Si no haces caso a mis aviones, tendré que hacer zarpar mis barcos. 

¿Por qué eres así? 

¿Eres de los románticos que nunca deshace un avión de papel? 

¡Venga! Te reto. Quedamos a la noche en los columpios de detrás del colegio. Nos divertiremos contando meteoros. 

Te esperé durante horas en los columpios. Mañana iré al cine. A la sesión de las cinco. Seguro que me reconocerás por mi camiseta. No seas soso y ven.

¿El cielo aquí siempre es así de triste? 

Mañana vuelvo a casa. Te espero a las siete bajo el roble de la colina. No faltes, por favor.

Podía llegar a los jardines en dos minutos. La tormenta de verano me empapaba la ropa. Corrí sin preocuparme de charcos o personas del camino hasta llegar al roble. No encontré a nadie. Me interné sin éxito en el bosque por si aún estaba cerca. Volví al gran árbol a resguardarme. Imaginé lo que debió sentir. Y entonces, a mis pies y un poco mojado, encontré un avión de papel. El último. Lo desdoblé con cuidado:

Esperaba que pudiéramos vernos en mi último día de vacaciones. Me marcho esta noche. Una pena. Quería enseñarte a hacer los mejores aviones de papel del universo. Me habría encantado besarte bajo este roble inmenso. Quizá el año que viene. Quizás.

Desde entonces, sigo esperando.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Azul oscuro

Los niños necesitan mochilas para cargar sus libros de texto. Anton creía necesitar una. La que había utilizado durante todo el curso pasado se estaba cayendo a pedazos. En los grandes almacenes, esos lugares donde se ofrece respuesta para todo, los padres del niño encontraron lo que buscaban: un vendedor. Este ser les aseguró que las bolsas con forma de saco estaban de moda, que los chavales las pedían a gritos, que se peleaban por ellas incluso. Y sólo le quedaban tres.

Los padres de Anton escogieron un modelo azul oscuro fabricado en masa en Vietnam con asa y tiras de color blanco. También le regalaron algo de olvidable literatura juvenil y unos cuantos juegos para su Playstation 4. Cuando a la mañana siguiente, sacó los cuadernos de su nuevo macuto, le faltaba el de matemáticas. Había que entregar un trabajo y no aparecía por ningún lado. Era muy popular entre maestros y alumnos, por lo que no le costó demasiado convencer a su profesor de que se lo había dejado en casa. Cuando volvió, rebuscó en el fondo de su armario. Es allí donde terminan las cosas, como la mala literatura obligatoria o la mochila vieja del cole. No estaba allí. ¿Dónde podría estar? Volcó el contenido del saco. No es que hubiera un espacio infinito donde podría perderse de vista un cuaderno grande de doscientas páginas. Tampoco es que su nueva mochila tuviera cientos de bolsillos. Y, sin embargo, ahí estuvo todo el tiempo. Por eso el macuto seguía pesando lo mismo, ¿no?

Al menos, no tendría que volver a hacer el trabajo para la clase de matemáticas, pensó. Algún compañero se lo habrá birlado y vuelto a meter en el saco cuando no miraba. Revisándolo, encontró una nota a lápiz. La horrenda caligrafía señalaba:

'Te he cogido prestado el cuaderno. Tengo mucho que aprender y poco tiempo'.

Al día siguiente, desapareció de su mochila el compás, la calculadora y el libro de texto de lengua. Empezaba a estar harto de bromas. En casa, vació el contenido de su mochila sobre la cama. Como por arte de magia, los objetos desaparecidos estaban allí otra vez junto con otra nota a lápiz:

'Perdóname de nuevo. Tus cosas son objetos muy interesantes. He aprendido mucho'.

El libro de sociales desapareció durante el mediodía del jueves. Su compañero de pupitre tuvo que compartir el suyo con Anton. Por supuesto que no hay dos sin tres y el libro recuperado también vino con otra nota manuscrita en su última página:

'Gracias'.

Esta vez, le respondió:

'Detesto que cojan mis cosas sin permiso'.

Encontró la contestación durante la clase de música al sacar de su macuto un cuaderno que necesitaba:

'El tiempo corre. Hay tanto que hacer'.

Los libros dejaron de desaparecer de su mochila. Sin embargo, Anton encontraba de vez en cuando notas escritas a lápiz en sus cuadernos. La letra continuaba siendo difícil aunque cada vez más legible. El ladrón le preguntaba acerca de las clases o de asuntos más mundanos, como por ejemplo, por qué el cielo era azul y no rojo o cómo de grande es el planeta Tierra. Inquietudes de niños de nueve años. El chico pensó que aquellas notas las escribía la chica tímida que se sentaba al fondo del todo. Demasiado cohibida para abordar al niño en persona y con las manos muy largas. Las notas continuaron apareciendo incluso cuando no perdía de vista sus cosas.

Se acercaba la víspera del 1 de noviembre. Esa noche, drogados por una cultura ajena y hostil, los niños se disfrazan para pedir caramelos. La familia de Anton no vivía en un chalet a las afueras de la ciudad. Al contrario, la vivienda familiar ocupaba el último piso de una moderna torre de oficinas y viviendas que se cimbrea los días de viento. Si Anton usaba el ascensor esa noche, llenar su zurrón de caramelos sería pan comido. Sin embargo, ¿de qué se disfrazaría esta vez? ¿De hombre lobo? ¿La momia? Todo muy visto. ¿Y si se lo pregunto a la ladrona?, pensó. Escribió la nota en su cuaderno de matemáticas, lo guardó en la mochila y se fue al recreo. Al volver, la respuesta estaba dentro como siempre:

'¿Por qué no te vistes de espantapájaros? Ropa vieja y rota, unos guantes y como máscara puedes ponerte la mochila en la cabeza'.

Cuando apareció por los pisos de sus vecinos, a nadie le pareció un disfraz cutre. Incluso la voz de Anton sonaba extraña y muerta dentro del saco. A ninguno le extrañó tampoco que pudiera ver a través de aquel macuto que no tenía huecos abiertos para los ojos. A medianoche, se cansó de ir de piso en piso y decidió que era hora de disfrutar del botín. Sus padres seguían dormidos delante del televisor. Se metió en su habitación e intentó quitarse el saco de la cabeza. No consiguió encontrar la cuerda de ajuste. Intentó meter los dedos por el borde de la abertura, pero por mucho que buscó alrededor del cuello, no logró dar con ella. Corrió hasta el baño para mirarse al espejo: toda la piel de su cuerpo se había vuelto azul oscuro. ¿Dónde empezaba la mochila y dónde terminaba Anton? Quiso llamar a sus padres, pero no pudo porque la mochila no tenía orificio para la boca.

–¿Cómo es que antes sí podía hablar? ¿Qué me está pasando?

Y una voz dentro de la cabeza de Anton le respondió:

'¿No te dije que quedaba poco tiempo?'.

martes, 8 de septiembre de 2015

La metamorfosis*

¿Dónde coño están mis gafas? Ah, aquí están. ¡Cojonudo! Una peluca roja horrible, una nariz enorme a juego, la cara pintada de blanco con unas gruesas cejas negras enarcadas, los morros de color rojo putón, un buzo de lentejuelas con botones gigantes azules y zapatos del noventa. ¡Hasta me han dado el cambiazo con estas gafas de notas musicales! ¿Quién habrá sido el hijo puta que me ha vestido de payaso mientras dormía? ¡Con lo que los odio! ¡Mierda! El maquillaje no se va. ¡Venga, joder, que hoy por fin me caso! No hay forma de quitarse el jodido traje. Se ha roto la manga. ¡No puede ser! ¿Otro traje idéntico debajo? Y debajo de ese, ¡otro! ¡Y otro! ¡Y otro, y otro, y otro! ¡Hasta me han pegado los zapatos a los pies! ¡Qué cabrones! ¡No me puedo casar así! ¡Ja ja ja! ¡Tiene gracia! Pero, ¿qué me pasa? ¿Y por qué tengo tantas ganas de irme de fiesta ahora? Perdóname, Almudena.


*Relato publicado originalmente el 1 de septiembre de 2015 en Palabra Obligada.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Conveniencia*

Hoy en la oficina, Miren le ha pedido la mano en matrimonio a Néstor. Esos dos, que siempre se saludan tan tímidamente y sólo hablan del tiempo. ¡¿Quién lo habría dicho?! ¿Desde cuándo la meteorología enamora? Es lo único que tiene en común esta pareja de pragmáticos administrativos. Ella siempre ha querido casarse con un buen meteorólogo. Y él, toda su vida ha deseado encontrar a alguien que comparta con él su amor por los paraguas, los días de lluvia y el canto. ¡Increíble! ¡Otra boda más!

*Historia publicada originalmente el 9 de marzo de 2015 en Palabra Obligada.

miércoles, 28 de enero de 2015

Cheshire es un mico*

Nicodemo Prometeo arroja un guante al lector al poner a prueba la paciencia de éste con una novela desafiante que explora, desde una perspectiva muy original, una historia de amor de imprevisibles consecuencias para la raza humana. El escritor sale vivo del lance gracias a su demostrada habilidad para jugar con los puntos de vista. Crear folletines a partir de la nada más absoluta está sólo al alcance de los dioses. Sin duda, Prometeo lo es pues consigue que no podamos dejar de leer sus desvaríos. En esta ocasión, el autor emplea 1714 páginas en narrar el viaje alucinógeno que sufre una pareja de monos recién casados tras ingerir una tortilla de boletus en mal estado mientras servían de conejillos de indias en las pruebas del nuevo programa de realidad virtual que facilitará el trabajo, en un futuro no muy lejano, al gremio de la carpintería metálica. Un más difícil todavía para este experto en simios con fobia a los argumentos triviales.



*Publicado originalmente en Palabra Obligada el 27 de enero de 2015.