domingo, 8 de noviembre de 2015

Azul oscuro

Los niños necesitan mochilas para cargar sus libros de texto. Anton creía necesitar una. La que había utilizado durante todo el curso pasado se estaba cayendo a pedazos. En los grandes almacenes, esos lugares donde se ofrece respuesta para todo, los padres del niño encontraron lo que buscaban: un vendedor. Este ser les aseguró que las bolsas con forma de saco estaban de moda, que los chavales las pedían a gritos, que se peleaban por ellas incluso. Y sólo le quedaban tres.

Los padres de Anton escogieron un modelo azul oscuro fabricado en masa en Vietnam con asa y tiras de color blanco. También le regalaron algo de olvidable literatura juvenil y unos cuantos juegos para su Playstation 4. Cuando a la mañana siguiente, sacó los cuadernos de su nuevo macuto, le faltaba el de matemáticas. Había que entregar un trabajo y no aparecía por ningún lado. Era muy popular entre maestros y alumnos, por lo que no le costó demasiado convencer a su profesor de que se lo había dejado en casa. Cuando volvió, rebuscó en el fondo de su armario. Es allí donde terminan las cosas, como la mala literatura obligatoria o la mochila vieja del cole. No estaba allí. ¿Dónde podría estar? Volcó el contenido del saco. No es que hubiera un espacio infinito donde podría perderse de vista un cuaderno grande de doscientas páginas. Tampoco es que su nueva mochila tuviera cientos de bolsillos. Y, sin embargo, ahí estuvo todo el tiempo. Por eso el macuto seguía pesando lo mismo, ¿no?

Al menos, no tendría que volver a hacer el trabajo para la clase de matemáticas, pensó. Algún compañero se lo habrá birlado y vuelto a meter en el saco cuando no miraba. Revisándolo, encontró una nota a lápiz. La horrenda caligrafía señalaba:

'Te he cogido prestado el cuaderno. Tengo mucho que aprender y poco tiempo'.

Al día siguiente, desapareció de su mochila el compás, la calculadora y el libro de texto de lengua. Empezaba a estar harto de bromas. En casa, vació el contenido de su mochila sobre la cama. Como por arte de magia, los objetos desaparecidos estaban allí otra vez junto con otra nota a lápiz:

'Perdóname de nuevo. Tus cosas son objetos muy interesantes. He aprendido mucho'.

El libro de sociales desapareció durante el mediodía del jueves. Su compañero de pupitre tuvo que compartir el suyo con Anton. Por supuesto que no hay dos sin tres y el libro recuperado también vino con otra nota manuscrita en su última página:

'Gracias'.

Esta vez, le respondió:

'Detesto que cojan mis cosas sin permiso'.

Encontró la contestación durante la clase de música al sacar de su macuto un cuaderno que necesitaba:

'El tiempo corre. Hay tanto que hacer'.

Los libros dejaron de desaparecer de su mochila. Sin embargo, Anton encontraba de vez en cuando notas escritas a lápiz en sus cuadernos. La letra continuaba siendo difícil aunque cada vez más legible. El ladrón le preguntaba acerca de las clases o de asuntos más mundanos, como por ejemplo, por qué el cielo era azul y no rojo o cómo de grande es el planeta Tierra. Inquietudes de niños de nueve años. El chico pensó que aquellas notas las escribía la chica tímida que se sentaba al fondo del todo. Demasiado cohibida para abordar al niño en persona y con las manos muy largas. Las notas continuaron apareciendo incluso cuando no perdía de vista sus cosas.

Se acercaba la víspera del 1 de noviembre. Esa noche, drogados por una cultura ajena y hostil, los niños se disfrazan para pedir caramelos. La familia de Anton no vivía en un chalet a las afueras de la ciudad. Al contrario, la vivienda familiar ocupaba el último piso de una moderna torre de oficinas y viviendas que se cimbrea los días de viento. Si Anton usaba el ascensor esa noche, llenar su zurrón de caramelos sería pan comido. Sin embargo, ¿de qué se disfrazaría esta vez? ¿De hombre lobo? ¿La momia? Todo muy visto. ¿Y si se lo pregunto a la ladrona?, pensó. Escribió la nota en su cuaderno de matemáticas, lo guardó en la mochila y se fue al recreo. Al volver, la respuesta estaba dentro como siempre:

'¿Por qué no te vistes de espantapájaros? Ropa vieja y rota, unos guantes y como máscara puedes ponerte la mochila en la cabeza'.

Cuando apareció por los pisos de sus vecinos, a nadie le pareció un disfraz cutre. Incluso la voz de Anton sonaba extraña y muerta dentro del saco. A ninguno le extrañó tampoco que pudiera ver a través de aquel macuto que no tenía huecos abiertos para los ojos. A medianoche, se cansó de ir de piso en piso y decidió que era hora de disfrutar del botín. Sus padres seguían dormidos delante del televisor. Se metió en su habitación e intentó quitarse el saco de la cabeza. No consiguió encontrar la cuerda de ajuste. Intentó meter los dedos por el borde de la abertura, pero por mucho que buscó alrededor del cuello, no logró dar con ella. Corrió hasta el baño para mirarse al espejo: toda la piel de su cuerpo se había vuelto azul oscuro. ¿Dónde empezaba la mochila y dónde terminaba Anton? Quiso llamar a sus padres, pero no pudo porque la mochila no tenía orificio para la boca.

–¿Cómo es que antes sí podía hablar? ¿Qué me está pasando?

Y una voz dentro de la cabeza de Anton le respondió:

'¿No te dije que quedaba poco tiempo?'.

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